Capítulo 13
Aquel domingo me desperté tarde. El sol de media mañana ya se filtraba con fuerza por las rendijas de la persiana, calentando la habitación.
Carmen se estaba duchando. Desde la cama llegaba el sonido amortiguado del agua cayendo contra el plato de ducha.
Seguramente acababa de regresar de su carrera matutina por las calles tranquilas de la urbanización.
Tardé unos segundos en reaccionar, pero en cuanto abrí los ojos del todo, la realidad de la noche anterior me golpeó el pecho como un mazo.
Las imágenes de Adriana contra el frigorífico, su respiración rota, las guarradas que le había soltado al oído y la crudeza de haberla tomado allí mismo regresaron no como un recuerdo, sino con la nitidez de una película porno.
No sentí arrepentimiento por engañar a mi esposa, pero tuve miedo por lo que había hecho.
Adriana era una cría. Por mucho que fuera de lista y tuviera la sangre caliente de su madre, seguía siendo una universitaria de la misma edad que Anita.
A la mínima que se descuidase, se le escaparía una mirada, un comentario o un gesto extraño que Carmen cazaría al vuelo.
Mi esposa tenía un instinto letal para esas cosas. Tenía que sacarla de casa.
En ese momento, el ruido del agua cesó en el baño y escuché el chasquido magnético de la mampara de la ducha al abrirse.
—¿Qué te parecería si fuéramos a comer a la sierra? —grité desde la cama, forzando una voz enérgica y despreocupada para tapar los nervios.
—¿Hoy? —me llegó su voz, amortiguada por el eco del baño—. ¡Pero si siempre dices que te gusta pasar los domingos tranquilo en casa!
—Venga, arréglate, que luego siempre te quejas de que no hacemos cosas juntos —dije, saltando de la cama de un tirón.
Me planté en el baño en tres zancadas. Carmen estaba de pie frente al espejo del lavabo, completamente desnuda, cepillándose los dientes con parsimonia mientras el vapor del agua caliente aún flotaba en el aire, empañando las esquinas del cristal.
Al verla así, no pude evitar compararla mentalmente, de forma automática y cruel, con el cuerpo que había tenido entre las manos unas horas antes. Carmen ya estaba en los cuarenta y cinco, y su anatomía era el mapa de una madurez bien llevada, pero madurez al fin y al cabo.
Tenía el cuerpo de una mujer hecha y derecha que había pasado por un embarazo. Su piel, de un tono pálido que contrastaba con el bronceado reciente que Adriana lucía en los muslos, se veía suave, tersa en algunas zonas, pero con esa inevitable pérdida de elasticidad que trae el tiempo.
Sus pechos, aunque todavía conservaban cierta firmeza gracias al ejercicio, tenían una caída natural, mucho más pesada y blanda que las tetas turgentes y desafiantes de la amiga de mi hija.
Sus pezones eran más oscuros, grandes, cargados de la experiencia de los años.
Al girarse un poco hacia mí, el movimiento hizo oscilar su vientre; Carmen no estaba gorda en absoluto, de hecho tenía las piernas y los brazos tonificados, pero en su abdomen se adivinaba esa pequeña capa de grasa blanda, esa sutil flacidez que el deporte ya no alcanzaba a estirar del todo.
Sus caderas eran anchas, maternales, y al mirarla desde atrás mientras se enjuagaba la boca, contemplé su culo.
Era un trasero maduro, de carne más suelta, donde la gravedad empezaba a reclamar su parte y donde se dibujaban las primeras y tenues líneas de celulitis en la base de los muslos, muy lejos de la firmeza pétrea y la piel impecable que había acariciado la pasada madrugada.
Se pasó la mano por el pelo corto y húmedo, retirándose los mechones de la cara, y me miró a través del espejo con una mezcla de sorpresa y sospecha.
—¿A la sierra? —repitió, limpiándose la espuma de la comisura de los labios con el dorso de la mano—. ¿Y eso? Odias la sierra.
Carmen era una mujer de bandera. El problema no era ella.
El problema eran los más de veinte años de matrimonio, la rutina implacable que lo anestesia todo y, sobre todo, el recuerdo abrasador de la carne firme de Rebeca y de Adriana que aún me quemaba en las manos.
Sentirme incapaz de desear a mi esposa con esa misma urgencia salvaje de la noche anterior me hizo sentir miserable, como un extraño en mi propia vida.
Para acallar los demonios y demostrarme a mí mismo que aún podía ser el marido que ella creía, me acerqué por detrás.
Pasé las manos por su cintura y la sujeté firmemente por las caderas, rozando mi pelvis contra sus nalgas.
Incliné la cabeza y besé su espalda húmeda, subiendo por la columna hasta la nuca, respirando su olor a gel de baño.
—Me apetece pasar el día contigo por ahí, a solas… No tengo culpa de estar loco por mi esposa —le susurré al oído, mientras sentía cómo mi cuerpo empezaba a reaccionar, espoleado más por el morbo de la traición que por la propia escena.
Carmen soltó una pequeña risa, sorprendida pero halagada, y apoyó las palmas de las manos en el mármol del lavabo, dejándose llevar por mi cercanía.
—Vaya, qué activo te has levantado… —murmuró, arqueando sutilmente el cuerpo.
No la dejé terminar. La urgencia por tapar mi culpa se transformó en un deseo físico y egoísta.
Con un movimiento rápido, me bajé el calzoncillo.
Me pegué por completo a ella, empujándola hacia delante para que apoyara todo su peso sobre el mueble del lavabo, obligándola a doblar el tronco y a ofrecerse por completo desde atrás.
Nunca le había dado por el culo, y aquel día deseé sentir esa estrechez con todas mis fuerzas.
—Deberíamos animarnos y ser un poco más osados, Carmen.
Divertirnos un poco más —le dije con la voz rota, mientras guiaba mi miembro hacia su intimidad—.
He oído que es bueno que los matrimonios olviden las normas de vez en cuando, que desarrollen fantasías y que experimenten cosas nuevas. ¿No te gustaría probar otras cosas?
—Juan… espera, ¿de verdad quieres follarme de pie en el baño? —alcanzó a decir ella, pero el tono de su voz ya era de sumisión. Estaba acostumbrada a mis arrebatos, aunque este tuviera una intensidad diferente, casi desesperada.
Me sujeté a sus caderas con fuerza y me hundí en ella de un solo empuje. El coño de Carmen no era tan estrecho ni tan húmedo como el de Adriana, pero estaba caliente. Comencé a moverme con ganas.
—Ojalá fueras más puta —le susurré—. Tanto que no pudieras mantener las piernas cerradas.
Empecé a embestirla por detrás con un ritmo firme y constante.
Las nalgas de Carmen golpeaban contra mi pubis con un sonido sordo.
Con cada impacto, sus pechos maduros oscilaban sobre el lavabo, y ella se aferraba con más fuerza a los bordes, soltando gemidos entrecortados que rebotaban en los azulejos del baño.
—Sí... joder, Juan. Me encanta cuando te pones así de cabrón —jadeó ella, entornando los ojos y mirando nuestro reflejo borroso en el espejo empañado.
Aquello me dio alas. Cerré los ojos y apreté los dientes, moviéndome con más fuerza, intentando borrar con el sudor de mi esposa el rastro de la noche anterior, convenciéndome de que este polvo dominguero me devolvía la condición de buen marido.
Carmen se entregaba por completo, disfrutando de esa agresividad inesperada que tanto escaseaba últimamente en nuestra cama, ajena por completo a la tormenta de culpa, morbo y secretos que dictaba cada uno de mis movimientos.
—Eres una hembra de primera —hice una pausa y tomé aire, necesitaba soltarlo—. Seguro que muchos de tus compañeros desearían echarte un buen polvo.
Las palabras salieron de mi boca con una crudeza que nunca antes había usado con ella.
Ella jadeó, rompiendo el ritmo de su respiración, totalmente descolocada.
Jamás le había hablado así en la intimidad; nuestro sexo siempre había sido afectuoso, predecible, casi educado.
Escucharme verbalizar una fantasía tan directa y rozando el descaro la sacudió tanto como la propia penetración.
—Juan... por Dios... ¿Pero qué dices? —consiguió articular, pero el tono de su voz no era de enfado, sino de una agitación profunda, alterada por el morbo de la novedad.
Sus manos se aferraron con más fuerza al borde del lavabo y sus nalgas se tensaron, ofreciendo una resistencia que aumentó de golpe el placer del roce.
Ver cómo sus mejillas se encendían y cómo su cuerpo maduro respondía a esa faceta mía tan sucia y desconocida me dio un subidón de poder.
Estaba usando la misma energía oscura que me había despertado Adriana unas horas antes, pero canalizándola hacia mi esposa, transformando ese deseo en pura potencia física.
—Digo la verdad —le gruñí al oído, incrementando la velocidad de las embestidas, obligándola a cimbrearse contra el mármol—.
Estás tremenda, Carmen. Sé cómo te miran cuando te pones los tacones y esos vaqueros tan ajustados.
Y me pone jodidamente cachondo pensar que te desean y que eres mía.
Dime que quieren follarte. Vamos, nena… dímelo.
Carmen soltó un gemido largo y agudo, rindiéndose por completo al juego.
Dejó caer la cabeza hacia delante, apoyando la frente en el espejo empañado, mientras salía a mi encuentro de forma inconsciente, buscando profundizar cada golpe.
El coño de mi mujer, espoleado por la sorpresa de mis palabras, empezó a segregar un calor mucho más intenso, apretándome con una fuerza que hacía tiempo que no le conocía.
—Claro que quieren follarme, Juan… —jadeó Carmen, apretando los dientes mientras su cuerpo se sacudía con el impacto de cada una de mis embestidas—. A más de uno se le pone dura cuando me ve entrar en el bufete.
Escucharla seguirme el juego, entrando de lleno en esa espiral de morbo que jamás habíamos tocado, me prendió fuego por dentro. La rectitud de la abogada, seria y formal, se estaba desmoronando bajo el efecto de mis palabras y la fuerza de la penetración.