El Sabor del Tabú Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Le agarré los dos brazos, fijándolos contra el frigorífico por encima de su cabeza, y sin darle tiempo a asimilar la negativa, me encajé entre sus muslos. Me apoyé con todo mi peso y, de un solo impulso firme y brutal, me hundí en ella hasta el fondo.

Adriana soltó un grito ahogado, un gemido agudo que cortó el silencio de la cocina y que ahogué de inmediato estampando mi boca contra la suya.

Estaba estrecha, ardiente, envolviéndome por completo en una presión asfixiante que casi me hace correrme en el primer envite.

Su cuerpo experimentó un espasmo violento; sus uñas intentaron arañar el metal de la nevera, atrapada entre el dolor de la penetración en seco y la descarga de placer prohibido que la sacudió por completo.

No hubo espacio para la delicadeza. Comencé a follarla con un ritmo salvaje, implacable, haciendo que sus nalgas golpearan una y otra vez contra la puerta del electrodoméstico en un ajetreo sordo y rítmico.

Cada embestida la obligaba a arquear la espalda, con la camiseta blanca arrugada a la altura de las axilas y sus pechos firmes botando salvajemente ante mis ojos.

—Juan… joder… No te corras dentro, cabrón…

—balbuceó entre mis labios, con las lágrimas asomando en sus ojos por la intensidad del acto, pero enredando de manera contradictoria sus piernas alrededor de mi cintura, entregándose al castigo físico con el mismo vicio que siempre había intuido en su madre.

—Tranquila cariño, la sacaré a tiempo —le gruñí al oído, incrementando la velocidad, completamente ciego por el placer de profanar a la amiga de mi hija en mi propio hogar—. Tienes el coño más estrecho que me he follado jamás. Me vas a reventar la polla.

La cocina se convirtió en un territorio de sombras, gemidos sofocados y el roce constante de la piel sudorosa. Carmen y Anita dormían plácidamente en el piso de arriba, ajenas por completo a la brutalidad que se estaba consumando sobre el suelo de la cocina.

De repente, su cuerpo se puso rígido como la cuerda de un arco. Las paredes de su intimidad empezaron a contraerse en una serie de espasmos violentos e incontrolables que me atraparon como una mordaza ardiente.

—¡Me corro, Juan! ¡Joder, me estoy corriendo! —chilló en un susurro desesperado, clavando las uñas en mi espalda con una fuerza felina—. ¡Lléname de leche el coño como si fuera tu puta!

La guarrada me golpeó directo en el cerebro.

Sentí el amago de mi propia descarga y, recordando el peligro en el último segundo, la agarré de las caderas y me salí de golpe.

El sonido húmedo del desenganche resonó en la cocina.

Adriana se quedó temblando, escurriéndose un poco hacia abajo, con las piernas aún entreabiertas y la respiración rota.

Me la sujeté con firmeza, dándole dos sacudidas rápidas mientras la miraba fijamente a los ojos, sosteniéndole una mirada cargada de posesión y descaro.

No aparté los ojos de los suyos ni un solo segundo mientras el espasmo me recorría el cuerpo.

La primera ráfaga de mi eyaculación salió disparada con fuerza, impactando de lleno contra la piel lisa de su vientre desnudo.

Chorros espesos y calientes comenzaron a resbalar por su abdomen, manchando el borde inferior de su camiseta blanca.

Ella miraba la escena hipnotizada, jadeando, con los labios entreabiertos.

Cuando terminé, me subí el bañador y arranqué un par de trozos de papel de cocina. Me limpié rápido y le tendí el resto para que hiciera lo mismo. La atmósfera, antes cargada de calor, empezó a enfriarse rápidamente.

—Tienes que ser discreta, Adriana —le dije, bajando la voz—. Ni una palabra a Anita, ni a nadie. ¿Queda claro?

Ella se limpiaba el vientre con movimientos torpes, asimilando apenas lo que acababa de pasar. Se subió las bragas despacio y se estiró la camiseta. Por un momento, al mirarse las manos temblorosas, pareció arrepentida; la sombra de la culpa le cruzó el rostro.

—Sí, claro… —murmuró, esquivando mi mirada por primera vez—. Joder, además tengo novio… Si se entera, me manda a la mierda. Y Anita… no sé en qué estaba pensando.

—Tranquila, ya está hecho —la corté, agarrándola suavemente de la barbilla para obligarla a mirarme—. Hablaremos con calma de lo que ha pasado. El lunes te iré a recoger cuando salgas de clase. Dame tu número de teléfono.

Adriana dudó un segundo, sopesando el abismo al que seguía asomándose, pero el morbo residual pudo más que el remordimiento. Me dictó el número en un susurro y yo lo apunté rápido en el móvil.

—Nos vemos el lunes, entonces —dijo ella, con una chispa del descaro anterior volviendo a sus ojos.

Se acercó y me dio un beso rápido, un roce húmedo y todavía cálido en los labios, antes de darse la vuelta y desaparecer por el pasillo de puntillas, perdiéndose escaleras arriba hacia el dormitorio de Anita.

Me quedé solo en la cocina. Eché el papel sucio a la basura, me pasé la mano por la cara para despejarme y caminé de vuelta al salón.

El televisor seguía encendido con el volumen al mínimo.

Me dejé caer en el sofá, apoyando la cabeza en el respaldo, y fijé la vista en la pantalla para terminar de ver el partido de tenis.