El Sabor del Tabú Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Fue un asalto brutal, salvaje, un choque de labios que eliminó cualquier rastro de la inocencia que fingía tener.

No hubo delicadeza. Le abrí la boca a la fuerza con la presión de la mía, buscando su lengua con una urgencia desesperada.

Adriana ahogó un gemido en mi garganta, pero lejos de resistirse o intentar apartarme, sus manos subieron por mi espalda con una ansiedad felina, hincando las uñas en mis hombros mientras me devolvía el beso con la misma rabia contenida.

Nuestras lenguas se encontraron en una lucha húmeda, caliente y hambrienta, saboreando el rastro del agua fría que ella acababa de beber, mezclada con la saliva espesa del deseo prohibido.

Le mordí el labio inferior con la fuerza justa para hacerla gemir, sintiendo la textura carnosa y joven de su boca abriéndose por completo para recibirme.

Mientras la devoraba, mi mano libre bajó por su costado, arrastrando la fina tela de la camiseta blanca hacia arriba.

El cuerpo de Adriana era una delicia: la piel de su vientre estaba completamente lisa, tersa y ardiente bajo mi palma, contrayéndose con violencia cada vez que nuestras bocas se sellaban con más fuerza.

Sus pechos, aplastados contra mí, se movían rítmicamente, duros como piedras, delatando que su cuerpo iba mucho más rápido que su mente.

Sentí la vibración de su garganta contra mi lengua cuando soltó otro quejido ronco, arqueando la espalda contra el frío metal del electrodoméstico.

Movió la cadera hacia delante de manera inconsciente, buscando el bulto descomunal de mi entrepierna, que presionaba la licra de mi pantalón directamente contra el encaje de sus bragas.

Separé mi boca de la suya apenas unos milímetros, solo para recuperar el aliento. Un hilo de saliva brillante unía nuestros labios en la oscuridad. Adriana tenía los ojos entornados, vidriosos, y la respiración tan acelerada que su pecho subía y bajaba como si acabara de correr una maratón.

—Me moría por probarte, Adriana. Llevo toda la tarde deseando hacerte esto —le mascullé al oído, mordiéndole el lóbulo de la oreja mientras mi mano seguía subiendo por su muslo desnudo—. Eres una zorrita deliciosa.

Adriana soltó un gemido ahogado cuando mis palabras le rozaron el oído. Lejos de ofenderse por la crudeza de lo que acababa de llamarla, su cuerpo reaccionó con un espasmo de puro placer. Clavó las uñas en mi nuca, tirando de mi pelo para obligarme a volver a sus labios, sedienta de más.

—Cállate y bésame otra vez… —me ordenó en un susurro roto, con la voz ronca por el morbo.

Volví a estampar mi boca contra la suya, atrapándola en un beso aún más profundo, devorándola con la seguridad del que sabe que tiene el control absoluto de la situación. Mi lengua entró con prepotencia, recorriendo el cielo de su boca y enredándose con la suya.

Deslicé la mano por debajo de la camiseta, levantando el algodón hasta el cuello.

Sus tetas quedaron libres en la penumbra, redondas y firmes, con esa elasticidad perfecta de los diecinueve años.

Las llené con mis manos, apretándolas con una insistencia hambrienta, sintiendo cómo sus pezones se tensaban.

—Dios, Adriana… eres una diosa —mascullé entre beso y beso, apartando la boca un segundo para lamerle el cuello, bajando por su garganta hasta clavar los dientes en la base de su clavícula.

Ella sonrió, orgullosa de ver al padre de su mejor amiga. Al respetado y brillante hombre de negocios perdiendo el juicio por ella.

—¿Te gusta lo que ves? —soltó Adriana en un susurro cargado de veneno y excitación, aprovechando el segundo en que separé la boca de su cuello para mirarme a los ojos—. ¿Se te ponía así de dura la polla cuando me mirabas el culo mientras jugaba al voleibol? ¿Pensabas que no me daba cuenta?

—Yo…

Sentí apuro. En esa época era aún más joven.

—Tenía que tocarme al llegar a casa. Me ponía tan cachonda…

La confirmación de que todo este tiempo ella había sabido el efecto que causaba en mí, de que había jugado a provocarme desde la pista sabiéndose observada por el padre de su amiga, me encendió las entrañas.

—Así que lo sabías, zorrita… —mascullé con la voz rota, apretando mis dedos con más fuerza en la carne firme de sus nalgas, levantándola del suelo lo justo para que sintiera toda la presión y el tamaño de mi erección contra su pelvis.

—Claro que lo sabía —gimió—. Intentaba provocarte, tonto.

Con un movimiento rápido, metí la mano por completo dentro de sus bragas, buscando el centro de su calor. Estaba ardiendo, empapada de un flujo denso que me manchó los dedos al instante.

Cuando la toqué, Adriana soltó un quejido ronco que quedó atrapado entre nuestros labios, un gemido de pura sumisión que demostraba que, por mucho que quisiera ir de lista y controlar el juego, su cuerpo joven estaba completamente rendido a mi experiencia.

—Ahora vas a saber lo que es jugar de verdad —le susurré contra los labios, mordiéndole el inferior hasta hacerla temblar, mientras mis dedos empezaban a moverse en su zona más íntima con un ritmo implacable.

La agarré por las caderas con una fuerza que la hizo jadear y, de un tirón seco y violento hacia abajo, le bajé las bragas hasta las rodillas, obligándola a abrir las piernas.

Con la otra mano, me bajé el bañador de golpe, liberando mi erección, que saltó tensa y furiosa en la penumbra de la cocina.

Al sentir el roce directo de mi carne dura contra su intimidad desnuda y mojada, Adriana pareció reaccionar por un instante.

El pánico de la realidad cortó el flujo de su descaro.

Puso las dos palmas de las manos contra mi pecho, intentando empujarme levemente hacia atrás, mientras negaba con la cabeza.

—No, Juan… espera —susurró con la voz temblorosa, asustada de verdad por primera vez esa noche—. A pelo no... Joder, a pelo no, que me puedes dejar preñada. No, Juan, en serio… para.

Pensé que me dejaría con el calentón. Pero sus protestas, lejos de frenarme, actuaron como gasolina sobre el fuego de mi perversión.

Escuchar su miedo mezclado con el morbo de la situación solo me dio más poder.

Yo era el dueño de la casa, el depredador hambriento, y ella era la chica que había bajado a provocar al lobo a las dos de la mañana.

—Solo un poco, Adriana. Tranquila, solo te la voy a meter un poco.

No tengo condones, joder… Pero déjame probar el calor y la tensión de tu chochito.

Seguro que es muy estrecho —le espeté de forma implacable, anulando su resistencia con el peso de mi cuerpo—.

Solo te la meteré un poco y la saco enseguida.

No voy a dejarte preñada. Confía en mí… sé lo que hago.

Mis palabras, cargadas de una urgencia egoísta y febril, terminaron de quebrar la poca resistencia que le quedaba.

Ella dejó caer la cabeza hacia atrás, con los ojos entreabiertos y la respiración rota, completamente sometida al peso de mi cuerpo y a la inevitabilidad de la situación.

El miedo al embarazo seguía flotando en sus ojos vidriosos, pero el morbo y la sumisión la habían paralizado por completo.

—¿No te da morbo que te la meta? —le pregunté al oído con voz ronca—. Sentir mi polla dentro de ti. ¿No notas lo dura que está?

—Sí, joder… claro que me da morbo —gimió ella, perdiendo por completo el control y echando la cabeza hacia atrás.