Capítulo 12
Durante aquellos meses, Carmen siguió pensando que yo era el mismo de siempre, el marido perfecto cuyo único vicio era jugar al pádel después del trabajo.
Nunca le había sido infiel a mi esposa y me sorprendía a mí mismo lo bueno que era mintiendo, adaptándome a esa doble vida con la frialdad de un profesional.
La culpa no existía; había sido sustituida por una adrenalina adictiva que me hacía sentir más vivo que nunca.
La mejor amiga de mi hija vino a pasar el fin de semana con Anita a casa.
Las dos pasaron la tarde tomando el sol junto a la piscina, tumbadas sobre las hamacas en biquini, hablando de sus cosas y riendo con esa espontaneidad que da la juventud.
No podían ni imaginar que, mientras yo simulaba estar sentado bajo la sombrilla leyendo plácidamente el móvil, no dejaba de hacerles fotos.
El zoom de la cámara captaba cada detalle: las gotas de sudor resbalando por sus vientres planos, la piel de su espalda, la firmeza de sus glúteos.
Conocía a Adriana desde que ambas coincidieron en la guardería.
Sus padres se habían separado dos años antes en medio de un escándalo.
Según decían las malas lenguas, el pobre desgraciado de Gabriel Arraz pilló a su esposa follando en la cama con el jardinero ecuatoriano que mantenía los chalés de la zona.
No era la primera vez que Eva, la madre de Adriana, le era infiel a su esposo.
Era un secreto a voces que le gustaban demasiado los hombres.
Pensar aquello mientras contemplaba a mi hija y a su amiga en bikini me la puso dura al instante.
Sentí un latigazo en la entrepierna tan violento que tuve que coger el periódico de encima de la mesa y ponérmelo deprisa en el regazo para disimular el bulto que amenazaba con romper la licra de mi bañador.
Eva era una hembra de pies a cabeza. Recordé tiempo atrás, cuando coincidía con ella dos tardes por semana mientras llevábamos a las niñas a los entrenamientos de voleibol.
Siempre me había gustado, con esas minifaldas ajustadas, esos taconazos que hacían retumbar el suelo y esas miradas pícaras que te recorrían de arriba abajo.
Pero entonces yo era otro hombre, un tipo reprimido por la moral.
Si hubiera tenido entonces la mentalidad que tengo ahora, no habría perdido la oportunidad de follármela.
Ahora lamentaba haber perdido la oportunidad.
—¡Al agua! —gritó Anita, sacándome de mis pensamientos.
Las dos se lanzaron a la piscina entre risas.
Para disimular la erección y refrescar el ardor, me tiré tras ellas.
Bajo el agua, el juego se volvió turbio en mi cabeza.
Simulando juegos, bromas y aguadillas, aproveché cada movimiento para rozarme con sus cuerpos jóvenes y tersos.
Las miraba emerger del agua, con el pelo pegado a la cara y los ojos brillantes, preguntándome en silencio si Adriana sería tan zorra como su madre, si llevaría ese mismo gen de perdición en la sangre.
Ese mismo sábado por la noche, la casa quedó en silencio pasadas las doce.
Carmen se había ido a dormir temprano como siempre, y Anita supuestamente estaba en su habitación con su amiga.
Yo me quedé en el salón hasta la madrugada con la luz apagada, viendo la televisión.
Echaban la final de un Open de tenis, y el murmullo del televisor era lo único que rompía la calma.
A eso de las dos de la mañana, me levanté a la cocina a por otra cerveza, y al cruzar el umbral me detuve en seco. La luz interior del frigorífico abierto recortaba una silueta en la penumbra.
Era Adriana.
Estaba descalza, de espaldas a mí, bebiendo agua directamente de la botella.
Llevaba únicamente una camiseta blanca de algodón, que le cubría justo la línea de las bragas.
Con la claridad deslumbrante que salía de la nevera, la tela fina de la camiseta se volvía translúcida, dibujando perfectamente el contorno de su cintura y la curva limpia de su trasero, apenas tapado por el hilo del tanga.
Me apoyé en el marco de la puerta, cruzando los brazos, contemplando la escena en silencio durante unos segundos. El morbo me tensó los músculos. Deseaba empotrarla allí mismo sin contemplaciones.
—Vaya… sí que tienes sed —dije en voz baja.
Adriana dio un respingo, ahogando un pequeño grito, y casi se le cayó la botella de las manos. Se giró rápidamente, intentando instintivamente alargar la camiseta tirando de ella. Al reconocerme, exhaló un suspiro y una sonrisa nerviosa apareció en sus labios. Estaba francamente deliciosa.
—Joder, Juan… qué susto me has dado —susurró, bajando la botella—. Pensaba que todo el mundo estaba durmiendo.
—El tenis me tiene desvelado —respondí, dando un paso lento hacia el interior de la cocina, sin apartar los ojos de sus piernas desnudas—. Pero veo que tú tampoco puedes conciliar el sueño. ¿Tienes calor?
—Sí... un poco —dijo ella, dejando la botella sobre la encimera. Se percató de cómo mis ojos recorrían su cuerpo de abajo arriba, pero en lugar de retirarse, se acomodó el pelo hacia un lado, dejando su cuello al descubierto—. Anita ya está dormida hace rato.
—Mi hija es igual que su madre: no hacen más que tocar la almohada con la cabeza y caer rendidas como dos marmotas —traté de bromear.
Ella curvó los labios en una sonrisa que me hizo desear comerle la boca. Me acerqué un poco más, fingiendo buscar mi cerveza en la nevera, pero me quedé a menos de un metro de ella. Podía oler su piel.
—¿Qué tal está tu madre? —le pregunté, acortando la distancia que nos separaba hasta que la punta de mi pie descalzo casi rozaba el suyo—. Hace mucho que no la veo. Es una lástima que ya no juguéis al voleibol.
Dejé escapar un suspiro deliberado, cargado de nostalgia fingida, mirándola fijamente.
—Me encantaba verte jugar, Adriana —le confesé, bajando el tono—. Eras, con diferencia, la mejor zaguera del equipo.
Ella enarcó una ceja, mirándome de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y picardía que me aceleró el pulso. Apoyó la cadera contra la encimera, tensando la tela de la camiseta sobre su pecho.
—¿Ah, sí? —soltó con una media sonrisa—. No sabía que me prestaras tanta atención.
—Era imposible no hacerlo —dije jugándomela del todo, sabiendo que estaba entrando en un terreno muy peligroso, un camino sin retorno en mi propia casa. Si la chica iba con el cuento a Carmen o a mi hija, me metería en problemas.
Adriana no pestañeó. Sostuvo mi mirada con una fijeza que me heló y me encendió la sangre al mismo tiempo. La timidez que se le presupone a una chica de su edad ante el padre de su mejor amiga se había evaporado, sustituida por ese instinto de depredadora que sin duda había aprendido en casa.
—¿Y qué era exactamente lo que tanto le llamaba la atención? Si se puede saber… —murmuró, inclinando la cabeza apenas unos milímetros. El juego de luces de la cocina perfilaba su rostro y destacaba el brillo húmedo de sus labios.
La pregunta era una trampa y una invitación.
Podía sentir el calor de su cuerpo joven desafiando el frío del aire que salía del frigorífico, y la forma en que su camiseta bailaba levemente con su respiración, cada vez más rápida.
El bulto en mi pantalón era ya insoportable, una necesidad física que reclamaba su parte en aquella locura nocturna.
—Tu cuerpo… —contesté en un susurro áspero, acortando el último centímetro de distancia, de modo que mi pecho casi rozaba el suyo—. Como te he dicho, eras la mejor jugadora, pero además, si me lo permites, eres una chica muy guapa. Por suerte, cada día te pareces más a tu madre.
Ella soltó una risita ahogada, un sonido bajo que murió en el espacio que separaba nuestras bocas.
—La conversación se está poniendo cada vez más interesante —dijo Adriana, sosteniéndome la mirada con un descaro que me cortó la respiración—.
Me siento halagada, sigues siendo un hombre muy interesante, Juan.
Esta tarde en la piscina se lo comenté a Anita —añadió entre risas, unas risas flojas, contenidas, que buscaban encenderme aún más.
Sentí un escalofrío de pura adrenalina al oír el nombre de mi hija en sus labios en este contexto.
—A mí también me alegra que hayas bajado a beber agua. El tenis ya me estaba aburriendo —respondí, bajando la vista deliberadamente hacia su pecho.
Miré con descaro sus tetas, apreciando cómo la fina tela de la camiseta blanca dejaba adivinar la turgencia de su carne joven y unos pezones que se resistían al frío de la cocina. Deslicé la mirada de nuevo hacia sus ojos, atrapándola en mi juego.
—¿En serio te parezco interesante? Pensé que a tu edad me mirarías como a un viejo —le pregunté con un hilo de voz áspero.
—De todos los papis de mis amigas eres sin duda el más guapo —soltó Adriana, clavando sus ojos en los míos con una fijeza que me hizo contener el aliento—. Los chicos de mi edad me parecen unos idiotas.
Sentí que la sangre me hervía.
—Veo que eres una chica muy atrevida, eso me gusta… —solté, arrastrando las palabras.
Se inclinó un milímetro más hacia mí, obligándome a oler el aroma a limpio de su pelo.
—¿Y qué vas a hacer? —la pregunta sonó como un reto, y fue el detonante para mí. Ya no hubo más palabras, ni tanteos, ni doble juego. Crucé la línea roja en mi propia cocina con la misma furia ciega con la que me había cobrado a Rebeca en el polígono.
La agarré por la cintura con una mano, clavando los dedos en la carne firme de su costado, y la empujé hacia atrás con brusquedad.
El frigorífico se cerró de golpe y su cuerpo impactó contra la puerta metálica con un golpe seco que hizo tintinear los imanes y las botellas del interior.
Antes de que pudiera asimilar el impacto o soltar un gemido de sorpresa, me cerní sobre ella, acorralándola con todo mi peso, y la besé.