Capítulo 11
Rebeca me dio la dirección de su casa, un bloque de pisos desconchado en un barrio obrero que nada tenía que ver con mi urbanización de lujo.
Se mantenía con las piernas muy juntas, apretando las rodillas como si ese gesto tardío pudiera devolverle la integridad que habíamos dejado desparramada sobre el cuero del asiento trasero.
Por primera vez esa noche, el cinismo de la chica de las videollamadas se había quebrado por completo.
Ya no era la mujer fatal de píxeles y luz de neón que me desafiaba tras la pantalla; ahora solo era una chica demasiado joven en un coche demasiado caro, dándose cuenta de que su mundo era mucho más pequeño y frágil de lo que creía.
—Jony no tendría que haberme pedido que hiciera esto —soltó de pronto. Su voz era un hilo fino, desprovisto de la altanería de antes—. Una cosa es que me vea un desconocido a través de una pantalla y que me pida guarradas... pero esto...
Noté el peso del arrepentimiento en su voz. Era la fragilidad de quien se da cuenta de que su héroe es, en realidad, su carcelero. Me sentí extrañamente generoso, o quizá era solo la autocomplacencia del depredador que ya está saciado.
—No seas tan dura con él, ni contigo misma —le dije, bajando el tono, intentando sonar como el hombre maduro y protector que fingía ser—.
Eres una chica muy especial, Rebeca. Si a veces intento humillarte, si soy soez, es solo para acallar mis propios demonios.
No tiene que ver contigo, sino con lo que despiertas en mí.
Ella se giró a mirarme. La luz de las farolas entraba rítmicamente en el habitáculo, iluminando sus facciones.
—Yo tampoco pienso que seas un viejo verde —dijo con una sinceridad que me desarmó por un segundo—. Aunque sientas eso por tu hija… en parte la envidio. Ana tiene a alguien que la adora, que daría lo que fuera por ella. Yo solo tengo a alguien que me pone precio.
Esa confesión me golpeó. El juego de espejos entre ella y Anita se volvía cada vez más complejo.
—Antes me dijiste algo… —prosiguió, buscándome la mirada—. Dijiste que si yo te lo pidiera, me cuidarías como si fuera tu propia hija. ¿A qué te referías exactamente, Juan?
Frené el coche frente al portal de su edificio. Un bloque rojo de ladrillo visto. Me quedé mirándola fijamente, saboreando el poder de la oferta que estaba a punto de lanzarle.
—Me refería a que si un día dejas a Jony, si te cansas de esa vida, yo cuidaría de ti. Cubriría todas tus necesidades. No tendrías que volver a desnudarte para nadie más, si no te apetece. Solo tendrías que dejarte querer… de la forma en que yo sé querer.
Rebeca guardó silencio. No hubo un «no» rotundo, ni un gesto de desprecio. Solo una duda suspendida en el aire, una semilla que yo sabía que terminaría germinando tarde o temprano.
—Jony a veces es un irresponsable, pero sé que me quiere, y yo también a él… No obstante, gracias por la oferta.
Sonreí como si aceptara mi derrota.
—Espero que lo que ha pasado esta noche no haya sido tan horrible para ti.
—No te preocupes, me han hecho hacer cosas peores por teléfono. A veces me piden cosas demasiado íntimas por privado.
Los dos echamos una carcajada.
—Supongo que entre todos tus clientes yo no soy el peor. Algo es algo.
Se inclinó hacia mí. Yo esperaba que saliera del coche sin mirar atrás, pero se acercó a mi rostro. No hubo dinero de por medio; no era parte del contrato. Me dio un beso en los labios, largo y suave, un beso que sabía a una rendición voluntaria y a una promesa silenciosa.
—Buenas noches, Juan —dijo antes de abrir la puerta.
La vi entrar en el portal y desaparecer tras la puerta de hierro. Mientras me alejaba, sentí el tacto de su boca todavía en la mía.
Cuando llegué a casa, aparqué el Mercedes en el garaje, toqué la guantera donde guardaba el tanga de encaje negro y entré en casa. Subí las escaleras evitando que los peldaños crujieran. Al pasar frente a la puerta de Anita, me detuve. Apoyé la frente en la madera y cerré los ojos.
Podía oler a Rebeca en mis manos, pero en mi mente, ya no tenía el rostro de la chica de provincias. Tenía el pelo rubio y la sonrisa de la joven que dormía al otro lado de esa puerta. Me fui a la cama a dormir junto a mi esposa.