El Sabor del Tabú Capítulo 10
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Capítulo 10

Rebeca estaba de pie junto a mí, bajo la luz mortecina de una farola que parpadeaba. El silencio tras colgar con su novio fue tenso y doloroso para ella.

—Me ha dicho Jony que pagues por adelantado. Que no me mueva hasta que vea que el dinero nos ha llegado —soltó ella, con una voz que intentaba sonar firme, pero que terminaba quebrándose en las últimas sílabas.

No me sorprendió. Ese chaval no era tonto; sabía que en este negocio, una vez que la mercancía se ha usado, el valor cae en picado.

Saqué el móvil con una parsimonia deliberada, disfrutando de cada segundo de su humillación. Entré en la aplicación del banco. Mis dedos volaron sobre la pantalla táctil, confirmando la transferencia de esa cifra que para ellos era un mundo y para mí, el precio de un capricho barato.

—Ya está —dije, mostrándole la pantalla.

Ella sacó su propio teléfono del bolso. Esperamos.

El sonido de un mensaje de confirmación rompió el silencio.

Rebeca suspiró, cerró los ojos un instante y guardó el móvil.

Ya no había vuelta atrás. El contrato estaba firmado y sellado.

Tuve la sensación de que ella no deseaba que se confirmara el pago. Sin duda, aquello la superaba.

La agarré por la cintura con fuerza, enterrando mis dedos en la carne firme de su costado, y la empujé suavemente en dirección a mi coche. La notaba rígida, como una tabla. Su piel estaba fría, pero desprendía un calor interno que me llegaba a través de la ropa.

Mientras caminábamos, me fijé en su perfil; tenía la mirada perdida en el asfalto. Había una decepción profunda en sus ojos, el tipo de herida que deja descubrir que el hombre al que amas te ha puesto precio.

—Entra —le ordené, abriéndole la puerta del copiloto del Mercedes.

Subió en silencio. Rodeé el coche, me senté al volante y arranqué. El motor rugió suavemente. Salimos del parking del restaurante y enfilamos una avenida.

—¿A dónde vamos? —preguntó ella, jugueteando nerviosa con la correa de su bolso. Sus rodillas chocaban entre sí.

—Buscaré un lugar apartado. No vamos a ponernos a hacerlo en plena calle a la vista de todo el mundo… Terminaríamos la noche en el calabozo por escándalo público, ¿no crees?

Ella no respondió. Se quedó mirando por la ventanilla cómo las luces de la ciudad se desvanecían.

—Dime una cosa —insistí, mientras ponía mi mano derecha sobre su muslo, apretando la tela gris del vestido—. ¿Qué se siente al saber que Jony te ha vendido por unos miserables euros?

Rebeca tragó saliva. Vi cómo su garganta se movía.

—Él… él no me ha vendido —balbuceó, intentando convencerse más a sí misma que a mí—. Jony siempre quiere lo mejor para los dos. Sabe que estamos apurados, que el alquiler no se paga solo. Lo hace por nuestro futuro. Él confía en mí, sabe que soy fuerte.

—No me vengas con cuentos de hadas, Rebeca —reí, mientras mi mano empezaba a subir por su muslo, arrastrando el vestido hacia arriba—. Eres demasiado barata para él. No lo maquilles.

Mi mano llegó al nacimiento de su cadera. Podía sentir el calor de su piel a través de la fina ropa interior. Mis dedos buscaron el borde del encaje de sus braguitas. Ella no se apartó, pero soltó un gemido que era mitad sobresalto, mitad resignación.

Me dirigí hacia un viejo polígono industrial, casi abandonado.

Un santuario perfecto para los que tenemos algo que ocultar.

Aparqué en una calle sin salida, flanqueada por dos naves con los cristales rotos y las paredes cubiertas de grafitis.

Apagué las luces. La oscuridad nos envolvió como una manta sucia.

—Sabes para qué estamos aquí, ¿verdad? —pregunté sonriendo.

—Sí, para que te hagas una puta paja —respondió con cierto desprecio.

—Pues entonces ya te estás pasando al asiento de atrás.

Rebeca bajó del coche y entró por la puerta trasera. Yo hice lo mismo y cerré con el cierre centralizado. Era consciente de que no era el lugar más seguro del mundo.

—Desnúdate. Quítatelo todo.

Ella se puso de rodillas sobre el asiento, un ángulo que hacía que su culo resaltara bajo el vestido.

Se cruzó de brazos y empezó a tirar de la tela del vestido hacia arriba.

Fue un proceso lento. Primero aparecieron sus piernas potentes, luego ese vientre redondeado y suave que tanto me gustaba imaginar, y finalmente sus pechos, que saltaron libres.

Se quedó solo con el tanga. Era una pieza de encaje negro, minúscula, que se perdía en la raja de su culo y apenas cubría los frondosos labios de su coño. Me acerqué y, sin decir palabra, le metí la mano en la entrepierna y se lo arranqué de un tirón seco.

—El tanga me lo quedo —dije, doblando el trozo de tela húmedo y metiéndolo en la guantera trasera—. Quiero este recuerdo tuyo. Es que soy todo un sentimental.

Su piel morena brillaba débilmente con la poca luz que entraba por los cristales tintados. Mis manos empezaron a recorrerla sin ningún tipo de delicadeza.

—Mírate —le ordené, obligándola a enderezar la espalda mientras yo retrocedía apenas unos centímetros para devorarla con los ojos—. Mira qué espectáculo de carne me ha vendido el cabrón de tu novio.

Sus pechos eran, sencillamente, perfectos. No eran las típicas tetas grandes, como las de mi esposa, ligeramente caídas por la fuerza de la gravedad y la pesadez de la carne. Las de Rebeca tenían esa consistencia poderosa de la juventud. Eran firmes y macizas.

—Están a punto de estallar, Rebeca —mascullé, pasando mis pulgares por la base de sus pechos, sintiendo el calor que irradiaban—. Qué buenas estás… Si tú quisieras, yo podría cuidar de ti, casi como si fueras mi propia hija. Como si fueras Anita. Conmigo nunca te faltaría de nada.

—No soy tu hija… Córrete y vámonos de aquí.

Sus pezones eran gruesos, de una aureola oscura y ancha que contrastaba violentamente con la piel un poco más clara del resto del pecho.

Con el frío del aire acondicionado del Mercedes y el miedo que la recorría, se habían puesto terriblemente duros, como dos perdigones de plomo, erguidos y desafiantes.

Tenían una textura rugosa, casi granulada, que raspaba mis yemas cuando los rozaba.

—Están tan tiesos que parecen piedras —dije, bajando la cabeza hasta que mi aliento rozó la punta de uno de ellos—.

¿Ves cómo reaccionan? Tu cuerpo es mucho más sincero que tu boca.

Tu boca dice que no eres una puta, pero tus pezones están gritando que quieres que te muerda hasta que dejes de temblar.

Me acerqué y los rodeé con los labios, sin llegar a morder, solo sintiendo su dureza contra mi lengua. Estaban tan turgentes que podía notar el latido de su corazón justo debajo de la aureola.

—Jony es un imbécil; si yo tuviera esto en casa, no te dejaría salir a la calle sin un candado.

Ella soltó un quejido ronco y cerró los puños contra el asiento de cuero. Sus tetas se movían rítmicamente con su respiración agitada. Nunca había tocado nada tan real, tan sólido y, al mismo tiempo, tan peligrosamente prohibido.

Bajé por su vientre, recorriendo con la lengua el camino hacia su ombligo, saboreando el rastro de su sudor y su perfume. Cuando llegué a su sexo, me detuve un segundo para admirarlo. Tenía un coño carnoso, rosado, perfectamente depilado y empapado de un flujo espeso y dulce.

—Hueles a gloria bendita… —susurré antes de encajar mi cara entre sus piernas.

Me cebé con ella. Le comí el coño con una furia que me hizo olvidar quién era y dónde estaba.

Mi lengua buscaba su clítoris con precisión mientras mis dedos se hundían en ella, explorando su profundidad.

Rebeca arqueó la espalda, agarrándose a los reposacabezas, soltando gemidos que rebotaban en los cristales del coche.

Sabía a hembra joven, a deseo prohibido, a una mezcla de adrenalina y sumisión que me volvía loco.

—¡Oh, Dios, Juan...! —gritaba ella, perdiendo el control—. ¡Sigue, no pares!

Mientras la devoraba, me abrí la bragueta. Mi polla saltó fuera, rígida y palpitante, exigiendo su parte del trato. Empecé a masturbarme con una mano mientras con la otra la mantenía abierta de piernas, obligándola a recibir cada lametón, cada embestida de mi lengua.

—Te gusta, ¿verdad? —le decía entre jadeos, sacando la cara de su entrepierna un segundo—. ¡Dime que te gusta más que cuando te lo hace tu novio! ¡Dime que este viejo te está volviendo loca!

—¡Sí…! ¡Me gusta! —aullaba ella, con los ojos en blanco.

Sentí que el clímax me subía desde los pies.

Era una marea imparable. La agarré por el cuello suavemente y la obligué a sentarse sobre mis rodillas, de cara a mí, con sus tetas a la altura de mi boca.

Seguí machacándomela, imaginando que ella era Anita, que el Mercedes era el cuarto de mi hija y que el mundo se acababa en ese preciso instante.

—Eres mi puta —bramé—. Túmbate, voy a correrme en tus tetas.

La chica obedeció. Se dejó caer hacia atrás en el asiento de cuero, arqueando el cuerpo en el espacio limitado del coche. Sus piernas quedaron abiertas, colgando hacia el suelo del vehículo, y su pecho se proyectó hacia arriba, ofreciéndose.

Me coloqué de rodillas entre sus piernas, cerniéndome sobre ella. Mi muñeca se movía con una energía endiablada.

—¿Sabes en qué pienso, Rebeca? —le dije, jadeando, mientras el clímax empezaba a subirme por la columna—. Pienso en Anita. Pienso en que estas tetas que voy a manchar son las de ella. Pienso en que tú solo eres su sustituta…

Rebeca soltó un gemido roto, agarrándose a las costuras del cuero, viendo cómo mi mano se movía justo encima de su cara. Su pecho subía y bajaba violentamente, esas masas de carne firme y pesada bailando ante mis ojos.

—¡Aquí tienes, zorra! —rugí.

El espasmo me sacudió con una violencia que me hizo perder el equilibrio.

Sentí una punzada de placer tan aguda que fue casi dolorosa.

La primera descarga salió disparada con la fuerza de un proyectil, impactando de lleno en la base de su cuello y resbalando por el canalillo.

Las siguientes ráfagas, espesas y abundantes, llovieron sobre sus tetas, salpicando los pezones oscuros y cubriendo esa piel morena con el rastro blanco de mi excitación.

Me quedé allí, temblando, con la polla aún latiendo entre los dedos, viendo cómo mi rastro se deslizaba por la curva de sus pechos.

Ella no se movió. Se quedó allí, con el pecho manchado, mirando al techo del coche con una expresión de vacío absoluto, mientras el olor a semen inundaba el habitáculo cerrado.

—Mira qué bonita estás así —susurré, recuperando el aliento, mientras estiraba un dedo para repartir la viscosidad por su pezón derecho.

Me quedé mirando mis restos sobre su cuerpo.

Me sentía el rey del mundo y, al mismo tiempo, el ser más miserable sobre la faz de la tierra.

Pero mientras se limpiaba con un pañuelo de papel, supe que esto era solo el principio.

Había probado la carne real, y ya no iba a conformarme con píxeles nunca más.