Capítulo 9 #2
—Yo soy todo lo contrario —continuó—. Soy bajita, morena, tengo estas curvas que parecen un mapa de carreteras secundarias y seguro que soy más ordinaria hablando.
Ella es el escaparate de una tienda de lujo y yo soy el callejón de atrás.
¿Por qué yo, Juan? ¿Por qué pagas por estar con alguien como yo?
Me acerqué aún más, tanto que pude oler el aroma del vino en su aliento.
—Porque a pesar de que los ojos de Anita son verdes y los tuyos marrones, tienes un brillo igual que los de mi hija. Reís con ellos y expresáis la misma carga de inocencia. Cuando en realidad sois dos putas con caras de niñas buenas.
Rebeca se limitó a sostener la mirada, asimilando el golpe de mis palabras sin pestañear. Lejos de escandalizarse o levantarse de la mesa, una sonrisa cínica y pausada comenzó a dibujarse en las comisuras de sus labios.
A partir de ahí, la conversación se volvió un fango de morbosidad.
Le hablé de lo que sentía al ver a Anita, del tatuaje de la serpiente.
Después de la cena fuimos a tomar una copa a un pub oscuro, con sillones de terciopelo.
Allí, en un rincón donde las sombras nos envolvían, la atraje hacia mí y la besé por primera vez.
Rebeca estaba temblando. Sus labios estaban fríos y simplemente se limitó a abrir la boca para dejarse besar. Sentir su miedo, su duda por estar traspasando una línea física, me puso la polla como una piedra. Empecé a tocarla por encima del vestido, apretando sus muslos.
—Me gustan tus tetas… —dije vulgarmente, sobándolas por encima de la ropa.
Rebeca no se apartó. Al contrario, echó los hombros hacia atrás y arqueó el pecho, ofreciéndose, dejando que mis manos apretaran esa carne joven y firme que se sentía pesada bajo el punto.
—Están duras… —mascullé, ignorando el resto del pub, sintiendo cómo el calor me subía por el cuello—. Te las mordería ahora mismo hasta que gritaras.
Ella soltó un suspiro entrecortado, una mezcla de sorpresa por mi brusquedad y una sumisión que me encendió todavía más. Sus pezones se marcaban como dos perdigones contra la tela, buscando el roce de mis dedos.
—Has pagado por hacer con ellas todo lo que quieras —miró el reloj de su muñeca—. Todavía nos queda un rato hasta que Jony venga a recogerme.
—¿Nunca llevas sujetador?
Ella soltó una carcajada.
—Odio los sujetadores. Son tan incómodos…
—¿Cuánto me cobras por irnos a mi coche y dejar que te coma entera en el asiento de atrás? —le solté al oído, mientras mis manos pellizcaban sus pezones por encima de la tela.
—Eso no puede ser, Juan... —murmuró, intentando apartarse—. Jony me mataría. Habíamos dicho solo besos y caricias. Podemos hablar de tu hija si quieres mientras me besas. Imagina que soy ella.
—Todo tiene un precio en esta vida, Rebeca, y yo estoy dispuesto a pagar el tuyo —le solté, fijando mis ojos en los suyos con una frialdad absoluta.
Dije una cantidad que sabía que la tentaría. Vi cómo tragaba saliva, cómo calculaba mentalmente el alivio que eso supondría para sus gastos.
—Imagínate el fin de semana que podrías pasar…
—sonreí—. Ni siquiera tendrás que tocarme.
Solo desnúdarte en el asiento de atrás de mi coche y dejar que te coma de pies a cabeza mientras yo me masturbo.
Ya sabes por la videollamada que no tardo mucho en correrme.
Es dinero fácil, Rebeca. Dinero rápido por hacer lo mismo que le haces a la cámara, pero esta vez en vivo y en directo.
Ella dudó. Sus ojos reflejaban una lucha interna entre la codicia y el miedo.
—No puede ser… No soy una prostituta.
—Vamos, Rebeca. Al menos piénsalo. ¿Por qué no lo hablas con Jony? Seguro que él no dudaría en venderme un rato tu cuerpo. Si ya aceptó que quedaras conmigo a solas, supongo que por un poco más de dinero aceptará que te desnudes en mi coche.
Ella me apartó las manos de sus tetas. Se puso rígida.
—No te confundas, Juan. Lo que pasa es que Jony tiene muy mala suerte con los trabajos y lo han vuelto a despedir esta semana.
Por eso acepté lo de la cena contigo. Pero esto…
esto es distinto. Él es muy celoso, ¿sabes?
Está loco por mí, me cuida un montón —añadió, y en su tono de voz asomó un destello de orgullo patético, una necesidad absurda de defender al tipo que la esperaba en casa mientras ella negociaba su cuerpo.
La escuché sin parpadear, disfrutando del espectáculo de su justificación. Me importaba un bledo Jony, sus celos y sus deudas.
—Seguro que tienes razón y es un buen chico —le dije, mirándola con una fijeza depredadora—.
Pero podemos ponerlo a prueba y así saldremos de duda, ¿no crees?
Si tan seguras estás de tu chico, déjame que hable con él un segundo.
Te prometo que si dice que no, daré la cita por terminada ahora mismo y dejaré que te vayas antes de lo acordado.
—Estás completamente pirado —dijo dándome su teléfono con la llamada ya iniciada.
Me puse el móvil en la oreja mientras la miraba a los ojos, sintiendo una excitación enfermiza.
—Dime, gordi —escuché su voz cargada de esa chulería barata de quien se cree dueño de la calle—. ¿Ya has terminado con el viejo pervertido?
Me quedé callado un par de segundos, dejando que el insulto flotara en el aire, saboreándolo como un vino rancio.
No me molestó; al contrario, me dio una erección instantánea.
Ser un «viejo pervertido» me otorgaba un papel, una licencia para ser el monstruo que ya habitaba en mis entrañas.
Rebeca me miraba con los ojos muy abiertos.
Aterrada y fascinada al ver que yo seguía sosteniendo el terminal.
—Soy el viejo pervertido —respondí con una calma gélida, casi riéndome.
Hubo un vacío absoluto al otro lado. Jony se quedó mudo, procesando que el tipo que pagaba sus fiestas a cambio de estar con su novia acababa de escuchar su desprecio. Cuando volvió a hablar, su tono subió, buscando refugio en la agresividad defensiva.
—¿Qué cojones pasa? —ladró—. ¿Dónde está Rebeca? ¡Pásame con ella ahora mismo!
—Tranquilo, chaval, está aquí a mi lado tomando una copa —dije, recreándome en el poder que me daba la situación—. No te pongas nervioso. Solo te llamaba porque quería proponerte un negocio… algo fuera de lo pactado.
—¿Qué negocio ni qué mierdas? Pásame a Rebeca.
Su voz era altiva, pero detecté la grieta. Esa pequeña vacilación del que sabe que el tipo que llama tiene la cartera llena y el juicio nublado. Era la grieta de la codicia, el sonido del honor vendiéndose por entregas.
—Le he hecho una oferta a tu novia para alargar un poco más la noche. Quiero tener un contacto más íntimo en la penumbra de mi coche.
En cuanto solté la cantidad que estaba dispuesto a darles, el perro de presa se convirtió en un caniche faldero. El tono de «novio celoso» se evaporó, dejando paso a una voz sedosa, casi servil, bañada en una ambición que me dio asco y placer a la vez.
—¿De verdad estás dispuesto a pagar eso? —preguntó, y juraría que noté el brillo de sus ojos a través del auricular—. Joder... ¿Tanto te gusta mi chica? Está buena, ¿verdad?
—Claro que me gusta. Tu novia es una auténtica preciosidad —dije, sin apartar la vista de Rebeca, que se retorcía incómoda ante mi mirada depredadora—.
Tiene unas tetas que son un escándalo, Jony.
Duras como piedras. Y necesito meterle la lengua en medio de esas nalgas, que tantas veces he deseado por la pantalla del teléfono.
Rebeca hizo un gesto de puro malestar, arrugando la nariz y bajando la vista al suelo. Escuchar a su hombre negociar con su carne delante de ella era la humillación final. Pero Jony se soltó a reír. Una risa corta, seca, como el chasquido de un látigo.
—¿Duras como piedras, eh? —repitió con una complicidad asquerosa—. Ya te digo yo que lo son, viejo. Y naturales, nada de plástico. Esas tetas son pura delicatessen, carne de la buena.
—Por eso quiero disfrutarlas —seguí, bajando el tono, haciendo la conversación aún más sucia—.
Quiero hundir la cara entre ellas, lamerle hasta el último rincón de ese cuerpo moreno mientras ella me mira con esos ojos de gata.
No va a haber penetración, no voy a follarla.
Solo quiero que ella sea mi juguete durante un rato, que se abra para mí en el asiento de atrás de mi coche y se deje devorar.
Por lo que le he ofrecido, creo que puedes permitirte esperar un poco más fumándote un cigarro, ¿no crees?
—¿Solo verla en pelotas y chuparla un rato? —preguntó Jony, asegurándose de que el trato era tan absurdo como lucrativo.
—Eso es, Jony. Dinero fácil. Pero tu novia no está muy convencida.
—Pásame a Rebeca. Déjame que hable con ella.
Le entregué el móvil a la chica. Ella lo cogió como si fuera un trozo de hierro incandescente.
Se incorporó del asiento y se alejó un par de metros, dándome la espalda, y vi cómo sus hombros se tensaban mientras escuchaba a su novio convencerla de que se vendiera un poco más para que ambos pudieran seguir viviendo su mentira de fiesta y lujo barato.
Cuando colgó, se volvió hacia mí con una mirada asustada.
—Vámonos al coche —dijo simplemente, con la voz muerta—. Pero recuerda: nada de follar. Solo lo que has pagado.