El Sabor del Tabú Capítulo 9
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Capítulo 9

El encuentro con la realidad física de Rebeca fue como un choque frontal.

Estaba esperando a la puerta del restaurante cuando un Seat León blanco, tuneado y con los cristales tintados, frenó en seco frente a mí.

El estruendo de la música urbana que salía del coche hacía vibrar el asfalto.

Vi a Rebeca en el asiento del copiloto. Antes de bajar, se inclinó hacia el conductor —un chico joven, con el cuello devorado por tatuajes de tinta negra y una gorra hacia atrás— y le plantó un beso húmedo y largo en la boca.

Fue un beso posesivo, de los que marcan territorio.

Cuando Rebeca bajó del coche, me sentí nervioso como una adolescente en su primera cita.

Era más bajita de lo que imaginaba, pero mucho más voluptuosa.

Vestía un vestido de punto gris, ajustadísimo, que marcaba cada curva de su cuerpo: sus caderas anchas, su vientre redondeado y unos pechos pesados que se balanceaban con cada paso.

Llevaba unas botas militares que le daban un aire duro, de barrio.

Se acercó a mí y me saludó con dos besos en la cara.

Olía a un perfume dulzón, mezclado con el rastro del tabaco de su novio.

—Hola, Juan —dijo, esquivando mi mirada al principio, mostrándose más tímida que por la cámara—. ¿Decepcionado al verme?

—Para nada, todo lo contrario. Te veo exquisita. ¿Estás nerviosa? —pregunté, recorriendo cada centímetro de su cuerpo con una mirada lenta, descarada, de depredador. Me divertía notarla turbada y tan vulnerable.

Arqueó las cejas, soltó un suspiro pesado y luego se encogió de hombros, intentando mantener una fachada de profesionalidad que se le desmoronaba por momentos.

—Un poco… Me siento rara. Siempre dijimos que nunca daríamos este paso —dijo, usando ese plural que me encendió la sangre.

—¿Este paso? —pregunté con voz suave, casi arrastrada, disfrutando de su vacilación.

—Me refiero a Tony y a mí —respondió con cierto desencanto—. Desde que comencé a desnudarme por teléfono, él y yo nos prometimos que nunca llegaría a quedar con un cliente.

No la dejé terminar. Di un paso al frente y la agarré de la cintura con fuerza, pegando su cuerpo al mío con un tirón seco.

Quería marcar territorio desde el primer segundo, recordarle con el calor de mi mano que yo había pagado para tener ese derecho absoluto sobre su piel.

Sentí cómo se tensaba contra mi pecho, conteniendo la respiración.

—No te preocupes por Tony —le susurré al oído, rozando sus labios con mi aliento—.

Aunque supongo que preferirías estar de fiesta con tu chico en uno de esos garitos oscuros de música electrónica que me has contado que os gustan.

Pero hoy tu tiempo me pertenece. Y te aseguro que voy a hacer que esta cita valga cada maldito céntimo.

La cena en el restaurante que yo había elegido empezó con una torpeza asfixiante.

Sin el filtro de la pantalla del móvil, sin la luz tenue de su cuarto ni los gemidos virtuales, Rebeca parecía una niña perdida.

La fiera del directo de Telegram se había evaporado, dejando en su lugar a una chica incómoda que no sabía qué hacer con las manos ni de qué hablar.

Yo, sin embargo, estaba obsesionado con comprender cómo una joven así había acabado en ese fango, y supe tirar del hilo con una frialdad meticulosa.

Ella, desarmada por el vino y por la timidez de tener delante a un hombre maduro que pagaba sus tarifas, empezó a desnudarse, pero esta vez de palabra.

Me contó que su padre era militar, sargento del ejército de tierra, un tipo recto y severo, y su madre, dependienta en una tienda de ropa de barrio. Venía de una pequeña localidad del norte de España, uno de esos pueblos asfixiantes donde todo el mundo se conocía y se juzgaba.

Se había escapado a la capital con la excusa de estudiar Fotografía Editorial. Ni siquiera me molesté en preguntarle qué demonios era eso. Lo único que me interesaba era la grieta por la que se había colado su perversión.

En un momento de la cena, con una inocencia que me pareció casi grotesca dada nuestra naturaleza, desbloqueó el móvil y me enseñó fotos de su familia.

Deslicé el dedo por la pantalla viendo a gente normal, trabajadora, sonriente en bodas de pueblo y bautizos soleados.

El sargento posaba rígido, con el uniforme impecable y cara de pocos amigos, abrazando a una Rebeca sonriente.

Sentí un escalofrío helado recorriéndome la espina dorsal.

Pensé en ese hombre, en el orgullo con el que enviaría dinero a su hija a la gran ciudad.

Sentí un morbo asqueroso al imaginar lo que sentiría ese sargento si supiera que, mientras él dormía tranquilo creyendo que su hija editaba retratos, la realidad era que Rebeca le vendía su intimidad, sus jugos y sus gemidos a hombres que le doblaban y triplicaban la edad.

Tipejos como yo, que ahora la miraban por encima de una copa de vino, cotizando el precio de su cuerpo para la próxima cita.

—Mis padres creen que trabajo de camarera los fines de semana —confesó, soltando una risita nerviosa—.

Jony también dice en su casa que es camarero.

Pero lo cierto es que nos gusta mucho salir de fiesta.

Ese es el problema que tenemos. Somos demasiado parecidos y el dinero se nos va en un abrir y cerrar de ojos.

Me incliné sobre la mesa, invadiendo su espacio vital, y deslicé el móvil por el mantel hasta que quedó bajo sus ojos.

En la pantalla, Anita aparecía saliendo de la piscina, con el agua resbalando por su vientre plano y el bikini minúsculo desafiando la gravedad.

Era una foto robada que le había hecho a mi hija en el jardín de nuestra casa, un par de días antes.

—Esta es mi hija —susurré. Mi voz sonó más ronca de lo habitual, cargada de un orgullo que se mezclaba con una lascivia que me quemaba la garganta.

Rebeca cogió el teléfono con sus dedos delicados, de uñas pintadas de un negro brillante, y agrandó la imagen haciendo zoom con un gesto experto. Se quedó mirando la foto varios segundos, recorriendo con la mirada las piernas interminables de Anita.

—Joder, es mucho más guapa de lo que imaginaba —reconoció, y noté un deje de envidia en su tono—. ¿Cuánto mide?

—Un metro setenta y algo —respondí, sintiendo cómo se me hinchaba el pecho—. Es alta como su madre. ¿Entiendes ahora por qué me encantaría follármela?

Rebeca deslizó el dedo por la pantalla con una curiosidad que rayaba en lo morboso. Sus ojos se detuvieron en una imagen de Carmen sentada en la terraza, con un vestido de lino azul y esa elegancia natural que siempre me había hecho sentir que yo jugaba en una liga inferior.

—Esa es Carmen, mi mujer —dije, tratando de que mi voz no delatara la punzada de culpabilidad que, por un segundo, me atravesó el pecho.

La chica arqueó una ceja y soltó un silbido bajo. Se tomó su tiempo para examinar la foto, haciendo de nuevo ese zoom invasivo sobre el rostro de Carmen, analizando sus facciones maduras pero impecablemente conservadas.

—Tu mujer tiene clase. No es solo que sea guapa, tiene algo especial —soltó Rebeca de pronto, dejando la copa de vino sobre la mesa y mirándome a los ojos.

—Sin duda lo tiene… Además, es muy inteligente —no pude evitar alabarla, en un vago y patético intento de salvar mi propio estatus—. Carmen es socia de uno de los bufetes de abogados más prestigiosos de Madrid.

Rebeca arqueó las cejas. Sus ojos, pintados con un rabillo negro demasiado grueso para el local en el que estábamos, parecieron brillar con un interés renovado, casi analítico.

—Siempre me he preguntado cómo son las mujeres de los hombres que pagan por verme desnuda —confesó, apoyando la barbilla en la mano, descarada—. Me imaginaba que están amargadas, o gordas, o que pasan de ellos. Pero luego resulta que están casados con tías así.

—Pues ya lo has visto —le espeté, sosteniéndole la mirada con un cinismo que me brotaba directo de las entrañas—. Mi esposa es guapa, es culta, elegante y folla bien... Pero, aun así, ya ves dónde estoy. Llevo semanas pagando para ver cómo te metes una polla de goma por el coño.

El golpe de honestidad brutal flotó sobre el comedor.

No había romanticismo, no había cortejo; era la radiografía exacta de mi degradación.

Ella no se ofendió; al contrario, una sonrisa lenta y cómplice empezó a dibujarse en sus labios carnosos.

Le excitaba saberse el vicio secreto de un hombre de éxito, saber que su juventud y su carne expuesta valían más en mi escala de deseos que todo el prestigio, el dinero y la clase de la abogada con la que compartía mi cama.

Me devolvió el teléfono como si quemara. Me miró fijamente, con sus ojos pintados de negro y esa cara de quien ha visto demasiada calle para su edad.

—Muy guapas las dos. Tu hija parece una modelo, Juan. Una puta modelo de revista —dijo, apoyando los codos en la mesa—. Lo que no entiendo es por qué te has fijado en mí para cumplir la fantasía que tienes con ella. Somos como el agua y el aceite. No nos parecemos en nada.

Mantuve la sonrisa, disfrutando de su desconcierto. Me gustaba que se sintiera inferior, que se viera a sí misma como la versión «sucia» de la pureza de Anita.

—¿A qué te refieres? —pregunté, aunque sabía perfectamente la respuesta.

—No te hagas el tonto —respondió ella, dándole un sorbo largo a su copa de vino—.

Mírala bien: es alta, ojos verdes, rubia, delgadita, con esa piel que parece que nunca le ha dado el sol de mediodía.

Es la típica niña pija de papá, de las que llevan ropa de marca y que hablan como si te estuvieran perdonando la vida.

Es… —hizo una pausa buscando una palabra que no llegó a expresar.

Hizo un gesto con las manos, señalándose a sí misma, a su cuerpo rotundo, a sus pechos que el vestido de punto apenas lograba contener y a sus caderas anchas que desbordaban la silla.