Capítulo 8
Pasaron dos semanas y mi vida se dividió en dos realidades paralelas.
Por un lado, estaba el Juan de siempre, el marido atento que cenaba con Carmen y el padre protector que preguntaba a Anita por sus exámenes.
Pero detrás estaba el hombre que habitaba las sombras de su propia casa, un depredador doméstico que aprovechaba cada resquicio de soledad para alimentar su perversión.
Dos o tres veces por semana, a media mañana, avisaba a mi secretaria de que anulara algunas citas y suspendiera algunas reuniones, y me marchaba a casa.
Era una coreografía ensayada: cogía el maletín, salía con paso firme y, en cuanto doblaba la esquina, conducía como un poseso hacia mi casa, asegurándome de que el coche de Carmen no estuviera en el garaje.
Entrar en el dormitorio de Anita se convirtió en mi ritual sagrado.
El olor de su cuarto, esa mezcla de vainilla, laca de pelo y juventud, me ponía los sentidos en carne viva nada más cruzar el umbral.
Iba directo a sus cajones. Manoseaba sus bragas de encaje, sus tangas de hilo, sintiendo la suavidad de la tela contra mis dedos. Pero no me bastaba con tocar.
Me desnudaba y me tumbaba en su cama, hundiéndome en sus sábanas, rodeado de sus peluches y sus libros. Desde allí, llamaba a Rebeca. El morbo era tan intenso que me costaba hasta respirar.
—Ya estoy aquí, Rebeca. Desnudo en su cama. ¿Quieres ver su ropa? ¿Ver cómo es su habitación? —susurraba por el manos libres, mientras envolvía mi polla con uno de los tangas de Anita, sintiendo cómo el tejido fino me apretaba la carne—. Cuéntame qué me vas a hacer hoy.
Rebeca, al otro lado de la pantalla, se había convertido en mi confesionario sucio. No sentía el más mínimo rechazo por mi fantasía enfermiza; al contrario, alimentaba mi degradación.
Le hablaba de Anita sin filtros, le decía las cosas que me gustaría hacerle, cómo me imaginaba arrancándole la ropa y poniéndola de rodillas. Le conté lo de la víbora tatuada en su pubis, describiéndole cada detalle de cómo la cabeza del reptil se hundía en su apetitoso chochito.
—Me encanta lo cerdo que eres, Juan —me decía ella mientras se acariciaba los pechos frente a la cámara—. Con toda la ropa y los caprichos caros que le compras a tu princesa —susurraba con admiración y envidia—. Tendría que meterse en tu cama y despertarte cada mañana con una buena mamada.
Nos masturbábamos así, viéndonos a través de los píxeles, yo eyaculando sobre las sábanas de mi hija y ella gimiendo y llamándome papá, por supuesto siempre a cambio del pago de sus servicios. Era una droga y ya no podía vivir sin ella.
Sin embargo, llegó un punto en que la pantalla se me quedó pequeña. Necesitaba tocarla, olerla, comprobar si esa piel morena y esos muslos potentes eran reales o solo una ilusión digital. Un día, cuando terminamos una sesión especialmente intensa, se lo solté:
—Rebeca, quiero verte en persona.
El silencio al otro lado fue cortante.
—Ni de coña, Juan. No soy una puta. Yo vendo contenido, no mi cuerpo. Ni yo quiero ni mi novio permitiría nunca que yo quedara con un hombre.
Me puse furioso. La rabia me nubló el juicio. Era un empresario que estaba acostumbrado a que no me llevaran la contraria.
—¿Qué no eres una puta? —me reí—. ¿Y cómo llamas a lo que haces, Rebeca? Te desnudas y haces todo, cualquier cosa que te digan a cambio de dinero. ¡No me vengas con moralismos de mierda!
Me colgó. Estuvimos dos días en un silencio absoluto que me carcomió las entrañas. La echaba de menos mucho más de lo que me imaginaba. Estaba desesperado, con el síndrome de abstinencia golpeándome las sienes. Hasta que el jueves por la tarde, mi móvil vibró. Era un mensaje suyo:
«¿Cuánto estás dispuesto a pagar por una cita?»
Sentí un triunfo amargo. Todo tiene un precio, incluso la dignidad de una chica de veintiún años. La llamé y pactamos las condiciones tras un regateo que me hizo sentir aún más miserable. Para mí ese dinero no era importante. Simplemente me gustaba verla arrastrarse por haberse negado a la primera.
Sería una cita «blanca»: una cena en un restaurante donde no nos conociera nadie, unas copas después, algo de conversación, besos y caricias. Nada de sexo. Solo contacto humano.
—¿Se lo has dicho a tu novio? —le pregunté.
—¿¡A ti qué te importa!? —inquirió molesta—. Dejaré que me toquetees y que me beses… Tú me pagas lo acordado y punto… Lo demás no te concierne.
Gruñí.
—Mal empezamos, Rebeca. Sabes que para mí los detalles son más importantes que tocarte las tetas. Quizás no seas lo que estoy buscando. Hay muchas zorras jóvenes y bonitas como tú, que se dejen tocar a cambio de dinero.
Ella hizo un gesto casi doloroso, por lo que intuí la respuesta.
—Está bien, perdóname —dijo mirándome directamente a través de la pantalla—. Ha sido Jony el que me ha convencido para que te llamara.
Asentí conforme con su respuesta y quedamos para el viernes por la noche. En casa, tuve que improvisar una nueva mentira.
—Carmen, cariño, no me esperes para cenar —dije aquella mañana, mientras me anudaba la corbata frente al espejo, tratando de que no me temblaran las manos—. Tengo una cena con unos clientes nuevos. Unos alemanes que quieren abrir una delegación aquí. Es una cuenta importante.
—No te preocupes, Juan —respondió ella, dándome un beso distraído—. Aprovecharé para ver esa serie que no te gusta con Anita. Ya me contarás cómo sale la cosa.
Salí de casa sintiéndome un extraño, un impostor que se dirigía al encuentro de una fantasía pagada.
Iba a conocer a la mujer que ponía voz a mis deseos más oscuros hacia mi hija.
Iba a ponerle manos y labios a la voz que me había acompañado en mis mañanas de soledad y perversión.
Mientras conducía hacia la oficina, deseando que llegara la hora de la cita, solo podía pensar en una cosa: si era capaz de pagar por besar a Rebeca, ¿qué sería capaz de hacer para conseguir lo mismo de Anita?
El abismo se abría bajo mis pies y, por primera vez, no tenía ninguna intención de frenar la caída.