El Sabor del Tabú Capítulo 7
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Capítulo 7

Esos dos días fueron un descenso al infierno de mi propia conciencia.

Me sentía una basura, un despojo. Había traicionado a Carmen, la mujer que me había dado todo, pagando a una desconocida, una cría de veintiún años, por una videollamada.

Pero, al mismo tiempo, el veneno ya estaba en mi sangre.

El sentimiento de culpa, en lugar de apagar el fuego, lo alimentaba con una morbosidad que me hacía estar siempre excitado, cada vez que escuchaba a Anita moverse por la casa.

El miércoles no pude más. A media mañana, en mi despacho, sentí que las paredes se me echaban encima.

Le dije a mi secretaria que me estallaba la cabeza, que me iba a casa a tumbar en la cama a oscuras.

Mentira. Estaba más despierto que nunca.

Sabía que Carmen estaría en el juzgado toda la mañana y que Anita no salía de la facultad hasta las dos. Tenía la casa para mí solo.

Entré como un ladrón, cerré la puerta con doble vuelta y fui directo a su habitación. El olor de Anita —ese perfume dulce mezclado con el aroma de su piel joven— me golpeó en la cara nada más cruzar el umbral.

Me dirigí al armario con las manos temblorosas y abrí el cajón de su ropa interior.

Cogí un tanga de color rojo, tan pequeño que cabía en la palma de mi mano.

Lo acerqué a mi cara y aspiré con fuerza, buscando su rastro más íntimo.

Me imaginé ese trozo de tela rozando los pliegues de su chochito mientras bailaba en la discoteca.

—Hija de puta, qué bonita eres… —susurré, sintiendo cómo mi polla se ponía dura al instante, golpeando contra el pantalón—. Eres mía, me perteneces a mí. Yo te he cuidado siempre y tengo derecho a desearte.

Entonces vi su portátil sobre el escritorio. Mis dedos volaron por las carpetas. Pasé de largo las de los apuntes de la universidad y abrí una que ponía simplemente: «Fotos». Entré. Al principio había imágenes normales con amigas, pero luego encontré una subcarpeta oculta.

Lo que vi me dejó sin respiración.

Eran selfies frente al espejo del baño de su habitación.

En algunas salía solo con una camiseta corta, enseñando la curva inferior de sus pechos; en otras, se bajaba los pantalones hasta las rodillas para mostrar un tatuaje que se había hecho cerca del pubis, dejando a la vista un vello rubio perfectamente recortado.

El tatuaje era reciente, porque estaba enrojecido.

Justo ahí, en el monte de Venus, tenía tatuada una víbora negra de lengua bífida que serpenteaba hacia abajo hasta casi lamerle el clítoris.

La cabeza del bicho terminaba justo donde empezaba la raja de su sexo, como si quisiera meterse dentro de ella, buscando el calor de su flujo.

Era una marca de perra, una señal que gritaba a los cuatro vientos lo caliente que era mi hija.

Miré en las propiedades la fecha de la foto; tenía justo un par de meses.

Al ver esa mierda, me volví loco. Me imaginé a su novio y a su amigo agarrándola de las caderas, clavándole los dedos sobre la tinta de la serpiente mientras le daban por detrás, viendo cómo la cabeza de la víbora se movía con cada embestida que le daban.

—¡Hija de la gran puta! —bramé, mientras me pajeaba con una saña desesperada, imaginando que mi lengua recorría el cuerpo de esa serpiente hasta hundirse en su coño empapado—. ¡Te gusta que te miren, ¿verdad?! ¡Te gusta que vean dónde termina la serpiente!

No pude contenerme. Me bajé los pantalones allí mismo, sentado en su silla de estudio, rodeado de sus libros y sus peluches.

Agarré su tanga rojo con la mano izquierda y me lo puse sobre la boca, intentando imaginar su esencia, mientras con la derecha me pajeaba con una furia animal frente a la pantalla.

—¡Te quiero, Anita! —gruñía entre dientes, imaginando que las fotos cobraban vida, que ella salía de la pantalla para arrodillarse entre mis piernas—. ¡Te voy a reventar! ¡Papá te lo haría mejor que ellos! —gemí, fuera de mí.

El clímax me sacudió con una fuerza que me hizo arquear la espalda.

Me corrí con un grito ahogado, manchando el suelo de su habitación.

Me quedé allí jadeando, con el tanga todavía en la mano y la mirada fija en su foto desnuda.

Me sentía el ser más despreciable del mundo, un monstruo que acechaba en su propio hogar, pero mientras me limpiaba con un pañuelo de papel y cerraba el portátil, una idea clara se instaló en mi mente: ya no había marcha atrás. Había cruzado la última frontera.