Capítulo 6 #2
—¿Y te corres de verdad? —le solté, con la voz completamente quebrada, incapaz de disimular la excitación.
—Claro que me corro, cariño. Me gusta demasiado todo este rollo y saber que me miran me pone muy cachonda. Si encima me pagan, imagínate cómo me gotea el coño…
No la dejé terminar. Con las manos temblorosas, abrí la aplicación del banco y le hice una transferencia inmediata bastante generosa. En cuanto el dinero cambió de bando, la videollamada se activó.
La chica que había visto en las fotos apareció en su cuarto, sentada en mitad de una cama revuelta con sábanas rosas.
Vestía una camiseta de tirantes negra, sumamente fina, sin sujetador debajo, y unos shorts vaqueros completamente desabrochados que dejaban el inicio de su coño asomando por la tela.
—Hola, Juan. ¿Te gusta lo que ves? —me retó.
Se agarró los pechos con ambas manos, apretándolos con fuerza hacia el objetivo mientras sacaba la lengua, húmeda, casi lamiendo la pantalla.
El impacto visual me destrozó las pocas defensas que me quedaban. Me desabroché el cinturón y me saqué la polla allí mismo. Empecé a pajearme con una furia desesperada, sintiendo el miembro al rojo vivo.
—¿Quieres verme la polla? —le pregunté, jadeando ya como un animal—. Me la has puesto dura, Rebeca.
Ella sonrió, entornando los ojos con malicia antes de responder.
—Claro que quiero vértela. Muéstrame qué tienes ahí, lo estoy deseando.
Giré la cámara y me enfoqué directamente ahí abajo. La mano me subía y bajaba a una velocidad de vértigo.
—Buf… no está nada mal —susurró Rebeca, acercándose a la pantalla—. ¿Cómo quieres que te llame?
—Juan —respondí. No sé por qué le di mi nombre real—. Habla, Rebeca… dime qué me harías —gruñí, apretando los dientes, con los ojos fuera de las órbitas.
—Te dejaría la cara empapada de mi jugo, Juan. Me sentaría encima de tu boca y te obligaría a lamerlo todo, a tragarte mi coño mientras mi novio nos graba para subirlo a mis seguidores. Pero mírame a los ojos… ¿Cuál es tu fantasía?
La pregunta me abrió en canal. Necesitaba escupir el demonio que me devoraba por dentro. No pude más.
—¡Ni mayor fantasía es mi hija, joder…! —confesé en un estallido de voz sorda, acelerando el ritmo de la paja—. ¡Me la imagino a ella cuando te veo!
—Mmm… qué cerdo, qué puto enfermo… eso me pone un montón, Juan —gimió Rebeca, restregándose las manos por los muslos—. Cuéntame cómo es la zorrita. Háblame de ella.
—Es rubia… tiene más o menos tu edad —solté entre jadeos, con la saliva espesa—.
Pelo corto, ojos verdes… Muy guapa, joder.
Es preciosa. Más aún que su madre —Dije, haciendo una pausa para coger aire—.
El otro día la escuché por casualidad en el baño de una discoteca…
Dos tíos la estaban reventando contra el váter y yo estaba al otro lado de la puerta…
¡Me corrí en los pantalones escuchando cómo se la follaban y cómo gemía!
Rebeca no se asustó lo más mínimo; la confesión pareció encenderla aún más. Se echó hacia atrás en la cama, se bajó los shorts de un tirón y abrió sus piernas potentes y anchas, dejando a la vista un coño completamente depilado, con los labios mayores ya hinchados y relucientes de puro flujo.
—Menuda hija más guarra tienes, Juan. ¿Cómo se llama la puta de tu niña?
—Se llama… Se llama Ana —bramé, con el pecho subiendo y bajando—. Siempre ha sido muy buena, muy cariñosa conmigo y con su madre. Solo la tenemos a ella…
La confesión me desgarró la garganta, pero el contraste entre su perfección y mi depravación solo sirvió para alimentar el fuego.
—Es una estudiante ejemplar, la mejor de su clase, joder.
Quiere ser abogada como mi esposa —continué en un sollozo ahogado, mientras mi mano se movía a una velocidad suicida—.
Inteligente, educada, la hija que cualquier padre soñaría tener.
Ha crecido entre algodones, protegida del mundo, y verla ahora convertida en esta diosa insaciable…
saber que esa mente brillante y limpia se transforma por las noches en puro instinto…
me vuela la cabeza. Es perfecta en todo lo que hace.
Demasiado perfecta para este mundo asqueroso.
—Ana… —repitió ella con voz lánguida, metiéndose dos dedos en la ranura y moviéndolos de arriba abajo con un chapoteo húmedo que el micrófono del móvil captó a la perfección—. ¿Te molesta que llame guarra a tu pequeña Ana?
—No… no me molesta… ¡Me encanta que lo digas, dímelo más!
Rebeca soltó una carcajada sucia, disfrutando del control absoluto de mi demencia.
—Pues piensa que soy ella, viejo verde. Imagina que la zorra de tu niña se está abriendo así para ti en su cama. ¡Dime qué le harías a tu preciosa universitaria!
—¡Le comería el coño hasta dejárselo seco! —grité a la pantalla, perdiendo los papeles por completo, con la polla hinchada a punto de reventar—. ¡Le obligaría a que me la chupara de rodillas mientras la llamo puta por follar con dos tíos en un baño público!
—¡Sí, papi! ¡Métemela hasta la garganta, conviérteme en tu puta! —gimió Rebeca.
Abrió el cajón de la mesilla y sacó un dildo negro, enorme. Se lo plantó en la entrada del coño y, de un solo empujón salvaje, se lo metió entero. Un gemido agudo rasgó el altavoz.
—¡Mira cómo se me abre por ti! ¡Mira cómo me trago este rabo imaginando que eres tú el que me desvirga el alma!
La joven empezó a embestirse contra el falo de plástico con una violencia animal, gimiendo como una posesa, echando la cabeza hacia atrás mientras el dildo entraba y salía con un sonido húmedo.
La saliva le resbalaba por la barbilla. Yo estaba a punto de estallar, con los ojos fijos en Rebeca.
Verla así, tan cruda, tan explícita, dándole carne y voz a mis fantasmas más prohibidos, me hizo perder el juicio por completo.
—¡Me corro, Anita! ¡Me corro por ti, cariño! ¡Toma lo tuyo, puta! —bramé, clavando las uñas en el muslo, con los dientes apretados hasta casi partirlos.
El semen salió disparado con una fuerza brutal, en chorros espesos e interminables que mancharon la madera de la mesa, el teclado, la pantalla y el informe trimestral que tenía abierto.
Fue una descarga agónica, que me vació las entrañas y me dejó temblando, con el corazón golpeando el pecho como si fuera a salirse.
Al otro lado, Rebeca se detuvo, respirando entrecortadamente. Sacó el plástico negro con un crujido húmedo y miró a la cámara con una sonrisa de suficiencia.
—Menuda corrida te acabas de pegar, viejo pervertido —dijo, jadeando, mientras se pasaba la misma camiseta de tirantes por el coño para limpiarse—. Avísame cuando quieras volver a follar a tu «princesita» por videollamada. Ya tienes mi número y mis tarifas. Me ha encantado conocerte, Juan.
La pantalla se quedó en negro. Colgó.
El silencio de la oficina volvió a caer sobre mí como una losa de hormigón.
Me quedé allí sentado, inmóvil, con la polla flácida y chorreando restos pegajosos sobre mis pantalones ejecutivos.
Al levantar la vista, mis ojos se cruzaron con el portafotos de plata que presidía mi escritorio: la mirada limpia y sonriente de Carmen, mi esposa.
Nunca le había sido infiel en veinte años de matrimonio.
Sabía que, aunque esto hubiera sido a través de un cristal virtual, acababa de hundirme en un pozo de mierda irreversible.
Arranqué un pañuelo de papel y comencé a limpiar el semen espeso de las teclas y del informe, sintiéndome el ser más despreciable, miserable y asqueroso del planeta.
Pero mientras restregaba el papel, contemplando el rastro blanquecino de mi traición, sentí cómo el corazón, enfermo de adicción, ya estaba empezando a pedir la siguiente dosis de esa droga prohibida.