El Sabor del Tabú Capítulo 6
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Capítulo 6

El lunes en el despacho fue un descenso a los infiernos. No podía concentrarme. Tenía la imagen de Anita grabada en las retinas, ese albornoz blanco pegado a su piel húmeda y el eco de sus gemidos en el baño de la discoteca.

Le dije a la secretaria de dirección que no quería que nadie me molestara. Cerré la puerta de mi oficina con pestillo y me senté frente al ordenador, sintiendo que el sudor frío de la culpa me empapaba la camisa.

Sabía que buscar imágenes de Anita en sus redes sociales desde mi perfil real era arriesgado; un solo «me gusta» por error o el mero rastro de mis visitas arruinaría el juego.

Así que creé una cuenta falsa. Inventé un nombre anodino, busqué la foto de un paisaje cualquiera para el perfil y configuré una identidad fantasma.

Cuando por fin salté el muro de su privacidad y entré en su perfil, el aire se me congeló en los pulmones.

Encontré fotos de ella en bikini, tumbada al sol de las Islas Canarias.

Eran imágenes recientes, de un fin de semana que se había ido con Borja a Tenerife.

Fotos que cualquier padre vería como las típicas vacaciones, de una chica de su edad con su novio, pero que para mí, con los ojos corrompidos por lo que sabía, eran pura provocación.

En una de ellas, aparecía sobre una toalla en una cala apartada; el bikini de hilo negro apenas cubría nada.

Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta y unas gotitas de agua de mar brillándole sobre el abdomen plano, como si se ofreciera al sol…

o a cualquiera que supiera mirarla. Creé una carpeta que llamé «Activos descartados» y descargué allí las fotos.

Pero lo que de verdad me retorció las entrañas fueron las fotos de las historias destacadas, tituladas simplemente con un emoji de un corazón negro.

Allí estaba el verdadero abismo. Fotos borrosas de noches de fiesta, tomadas desde abajo, donde Anita bailaba en reservados oscuros vistiendo tops de encaje transparentes que desafiaban la censura de la red.

En una de las imágenes, Borja la abrazaba por la espalda, con las manos posesivas hundidas en sus muslos, mientras el mejor amigo de este aparecía al fondo, reflejado accidentalmente en un espejo, sosteniendo la mirada de Anita a través del objetivo de la cámara.

La complicidad del trío estaba impresa en cada píxel.

En otra instantánea, Anita posaba en un baño, con el carmín corrido y la camiseta sutilmente rota en el tirante, dedicándole a la cámara una sonrisa insinuante.

Cada fotografía era un puñal de morbo que me destrozaba el cerebro. Estaba espiando a mi propia hija a través de una máscara virtual, devorando su intimidad como un voyeur desbocado, incapaz de apartar los ojos de la pantalla.

En los comentarios había de todo. Desde los halagos babosos e inocentes de compañeros de la universidad hasta los de algunas de sus amigas, que la alaban diciéndole lo maravillosa que era.

Borja, con una insistencia que ya me parecía patética, escribía «Mía» en casi todas sus fotos, a lo que ella respondía mecánicamente con un corazón para mantener la fachada ante el mundo.

Pero el que verdaderamente me llamó la atención fue uno de un tal @SugarMadrid56, al que Anita solo había respondido con una sonrisa y un emoticón de carita sonrojada. Un juego de complicidad que me revolvió el estómago. El tipo no se andaba con rodeos:

«Estás tremenda… Me encantaría que me mandaras fotos. Por supuesto te daría una buena propina. Si te interesa, ábreme un privado».

Aquel hombre le estaba ofreciendo dinero a mi hija a cambio de su intimidad, y ella le había sonreído.

Pinché en el perfil de aquel sujeto, saliendo momentáneamente del de Anita.

Solo tenía una foto de perfil: un hombre de unos sesenta años, de mirada turbia y aspecto pulcro. Un viejo verde buscando carne fresca.

No sé exactamente qué resorte se activó en mi cabeza, qué impulso enfermo me dominó, pero comencé a seguirlo desde mi cuenta falsa y le mandé un mensaje privado.

Adjunté el enlace al perfil de Anita y le escribí con una naturalidad que me asustó a mí mismo, como si fuéramos colegas de alcantarilla compartiendo la misma perversión:

«A mí también me encanta esta chica. Quería saber si te ha respondido a lo de vender fotos, porque yo también estoy interesado en el tema».

El desconocido me respondió al instante, ansioso por compartir su frustración con otro cómplice.

«La rubita nunca me respondió. Es una lástima porque está buenísima, pero supongo que no le hará falta la pasta».

Al leerlo, solté una bocanada de aire y respiré aliviado.

Mi hija no se vendía por dinero en las redes.

Sin embargo, en el rincón más oscuro de mi mente, sentí una extraña y retorcida especie de decepción; una parte de mí, totalmente corrompida por el morbo, habría querido poder comprar sus fotos más íntimas.

Antes de que pudiera cerrar la ventana del chat, la pantalla parpadeó con un segundo mensaje del viejo.

«Si buscas material del bueno, de las que sí se lo montan bien, mira esta».

Debajo de la frase, me envió el enlace a un perfil: @Soy_RBK_21.

Físicamente, era lo opuesto a mi hija: morena, de caderas anchas, muslos potentes y unos pechos generosos que amenazaban con reventar el escote de sus tops.

Un torbellino de carne y curvas. Sin embargo, al clavar los ojos en su rostro, descubrí algo que me dio un vuelco al corazón: su mirada tenía esa misma mezcla de inocencia y malicia descarada que tanto me perturbaba en Anita.

Perdí el control. Con el pulso acelerado, empecé a deslizar el dedo por su muro y le di «me gusta» a todo, un bombardeo de likes que era una declaración de intenciones en toda regla. Me detuve en un par de fotos especialmente sugerentes y me atreví a dejarle un anzuelo en los comentarios:

«Tienes una boca preciosa. Seguro que tu sonrisa debe de ser una auténtica locura».

Me eché hacia atrás en la silla del despacho, esperando que mi audacia se perdiera en el ruido de internet. Pero no tardó nada. A los tres minutos exactos, el icono de mensajes privados parpadeó en la esquina de la pantalla.

Abrí el chat con la boca seca.

«Gracias por los likes», escribió ella, directa, sin rodeos. «Me alegro que te guste lo que ves».

Intercambiamos unos cuantos mensajes. La chica me contó que se llamaba Rebeca y que acaba de cumplir los veintiuno. Me soltó sin anestesia que se había gastado el dinero del alquiler en fiestas y que necesitaba pasta urgente.

«¿Te gustaría que te mandara fotos mías desnuda?», preguntó. «O si lo prefieres, podemos hacer una videollamada caliente. Las propinas que tendrías que abonar son las siguientes:

Pack de 10 fotos exclusivas (sin censura): 10 €

Vídeo corto (mencionando tu nombre): 15 €

Videollamada en directo (15 minutos): 20€

El pago es por adelantado. Tú eliges hasta dónde quieres que lleguemos, guapo. Debajo tienes mi enlace para el ingreso».

Miré de nuevo sus fotos: los muslos potentes, los pechos pesados a punto de desbordar la ropa y esa mirada que seguía recordándome, de forma enfermiza, a la de Anita.

Pagar por verla desnuda me parecía una degradación, un paso más hacia el fango de ese viejo verde que me había pasado el contacto.

Pero al mismo tiempo, la posibilidad de tener a esa mujer al otro lado de la cámara, gimiendo para mí en la intimidad de mi oficina, me provocó una punzada eléctrica en la entrepierna.

Mis dedos se quedaron suspendidos sobre el teclado, debatiéndose entre la culpa del padre de familia que acababa de perder el rumbo y el hambre del lobo que empieza a olfatear la sangre.

«¿Andas buscando carne de la buena o eres de los que solo miran fotos, guapo?». La pantalla volvió a parpadear.

Apreté los dientes. La poca cordura que me quedaba en el cerebro intentó frenarme, pero estaba demasiado jodido en mi nueva perversión.

«¿Y cómo sé que eres realmente tú, la chica de las fotos? En internet hay muchos estafadores».

A los pocos segundos, el icono de llamada comenzó a vibrar. La acepté al instante, casi por reflejo, para comprobar que al otro lado había una mujer real.

—Ves, desconfiado… ¿Te das cuenta de que mi voz es el de una tía de verdad? —su tono era ronco, una voz rota, de esas que delatan a quien fuman mucho y gritan en la cama.

—Perdona, Rebeca —dije, sintiendo cómo un goterón de sudor frío me bajaba por la nuca hasta empaparme el cuello de la camisa—. Es que hay mucho perfil falso por aquí.

—No te preocupes, lo entiendo… Espera un momento, por fa… Llaman al timbre de abajo.

Me dejó en silencio durante medio minuto que se me hizo eterno. En la oficina solo se escuchaba el eco lejano de sus pasos sobre el parqué y el ritmo sordo de una música electrónica de fondo. El corazón me iba a mil. Estuve casi a punto de cortar la llamada.

—¿Sigues ahí, cariño? —preguntó, sin darme tiempo a responder—. Era mi novio, que se ha vuelto a dejar las llaves olvidadas —soltó con una naturalidad que me congeló.

—¿Tu novio? —pregunté, tragando saliva—. ¿Sabe él que vendes fotos desnudas por internet?

—Claro, si es él quien me saca las fotos y me graba los vídeos —se rió, y el sonido de su risa tuvo un eco sucio—.

Necesitamos la pasta para pagar el piso y salir de fiesta, pero también nos da un morbo que te mueres saber que tíos como tú pagan solo por verme desnuda y masturbarse conmigo.

Además, también tengo un canal VIP con suscripción mensual.

Lo digo por si te interesa entrar en mi círculo privado.

—¿Un canal de pago? —pregunté, aunque en ese momento estaba convencido de que hablar con ella era el límite de mi perversión.

—Así es. Como las plataformas de series, pero de guarradas —explicó—. Nadie puede hablar en el chat excepto yo, pero puedes escribirme al privado pidiéndome que haga cositas en directo. Cualquier guarrada que se te ocurra.

—Interesante… ¿Y cuánto dura el espectáculo?

—Media hora, tres veces por semana. Aunque también hago pases privados sin límite.