Capítulo 5
Me quedé mirando el fondo del vaso de cerveza, viendo cómo las burbujas desaparecían, igual que mi paciencia. Carmen seguía con la mirada fija en la puerta por la que acababan de salir Borja y Anita.
—Hacen una pareja preciosa, ¿verdad? —dijo con un suspiro de satisfacción—. Me encanta verlos así. Se nota que Borja la cuida, que es un caballero.
Sentí una punzada de rabia en el estómago. A Carmen se le caía la baba cada vez que lo veía; sentía un orgullo ciego, la tranquilidad de creer que nuestra hija estaba en manos de un chico «maravilloso».
—Pues a mí hay algo en ese chico que no me termina de gustar —solté, sin poder contener el veneno.
Carmen soltó una carcajada limpia, despreocupada.
—Pero si tú mismo siempre has dicho que parece un chico formal y con un gran futuro. ¿A qué viene eso ahora?
Me puse serio, clavando los ojos en los suyos.
—No lo sé, Carmen. Noto que no es como aparenta ser. Pero tú no puedes notarlo, porque cada vez que lo miras parece que se te caen las bragas.
No sé por qué lo dije, pero me salió de lo más hondo, una mezcla de celos y frustración. Carmen borró la sonrisa de golpe y me miró con una mezcla de sorpresa y enfado.
—¿Te estás escuchando? ¿Qué coño te pasa hoy, Juan? Estás insoportable. Solo dices tonterías.
Intenté relajarme, dándome cuenta de que estaba bordeando un precipicio.
—¿Es una tontería que me preocupe la niña? Es como si ese chico se estuviera aprovechando de ella. ¿No te has dado cuenta de cómo la agarraba cuando han salido del bar? Joder, Carmen, parecía que se la llevaba para devorarla.
Ella volvió a reírse, aunque esta vez lo hizo con incredulidad, como si me hubieran salido dos cabezas.
—Es su novia y están enamorados. ¿Cómo quieres que la agarre? ¿A distancia?
—¿Y no te preocupa pensar qué harán cuando están solos? —insistí, sintiendo cómo la sangre me subía a la cara—. Lo mismo algún día se queda embarazada… Solo digo que son demasiado jóvenes.
—Tranquilo, mi amor. A ella no le pasará lo que me ocurrió a mí. Anita toma la píldora anticonceptiva —soltó ella con total naturalidad—. Yo misma la acompañé al ginecólogo hace meses. Se cuida, Juan. Es una chica responsable.
Me quedé mudo. La imagen de Carmen acompañando a nuestra hija para que pudiera follar sin consecuencias con Borja y con tipos como su amigo me revolvió las tripas.
—Creo que eres demasiado moderna —masqué las palabras—. Tú misma la incentivas para que se acueste con él... es como si te diera igual que sea una…
—¡Juan! —me cortó ella, elevando la voz—.
Creo que te ha sentado mal la cena o la última copa que tomaste anoche, porque nunca te había escuchado hablar de una forma tan retrógrada.
Anita tiene diecinueve años. ¿Es que ya no te acuerdas de lo que hacíamos nosotros a su edad? ¿O es que tú eras un santo?
Miré a mi esposa. No, no era un santo. Precisamente porque sabía de lo que era capaz un hombre, me estaba volviendo loco. Pero yo no podía decirle: «La escuché anoche en un baño con dos hombres». Me obligué a respirar hondo, a bajar las pulsaciones.
—Ya... pero Anita es mi hija y me preocupa que le hagan daño.
Carmen se ablandó al escuchar mi supuesta «sobreprotección de padre que no acepta que su hija crezca», debió de pensar. Me sonrió con ternura y me cogió la mano por encima de la mesa, apretándola con cariño.
—Entiendo que te cueste aceptar que tu princesita se haya transformado en toda una mujer —dijo con voz suave—. Pero tienes que dejarla vivir, Juan. Borja es un buen chico y ella es feliz. No busques fantasmas donde no los hay. Tenemos mucha suerte con Anita…
Le devolví el apretón, sintiendo que la mano me quemaba.
Si ella hubiera sospechado que los fantasmas no estaban en mi imaginación, sino delante de sus propios ojos, se le hubiera caído el mundo encima.
Pero la venda de Carmen era demasiado gruesa, y yo estaba demasiado hundido en mi propia mierda para intentar quitársela.