Capítulo 4
Me metí en la ducha con la polla tiesa. Comencé a masturbarme, con el ruido de Carmen vistiéndose en la habitación. Me corrí deprisa, con los ojos cerrados y la mente fija en cómo los pantalones cortos de Anita quedaban atrapados entre sus nalgas.
Diez minutos más tarde me estaba terminando de abotonar la camisa mientras Carmen me hablaba de un juicio de divorcio complicado que tenía el lunes.
Yo asentía sin escuchar una palabra. En ese momento, Anita llamó a la puerta y abrió sin esperar.
Llevaba un albornoz blanco de algodón que, todavía húmedo de la ducha, se pegaba a su cuerpo, marcando la línea de sus muslos y la curva de su cadera.
—¿Todavía estás así, hija? —le recriminó su madre mientras terminaba de perfilarse los labios frente al espejo.
—No tardo, lo prometo —respondió Anita con esa voz despreocupada—. ¿Me dejas la espuma del pelo? La mía se ha terminado.
Carmen entró en el baño a buscarla. Me quedé a solas con el reflejo de mi hija a través del espejo del tocador.
Sentí un impulso violento, una urgencia enferma de arrancarle el albornoz allí mismo y tirarla contra la cama.
Quería follarla con rabia, gritándole al oído que era una puta por dejarse follar por dos hombres en un váter mugriento.
Ella sostuvo mi mirada en el espejo un segundo, con una calma que me abrasaba.
Carmen salió, le dio el bote, Anita dio las gracias y cerró la puerta.
Un rato después, esperaba en el salón, inquieto, deseoso de verla aparecer.
Siempre me había metido con su ropa; que si esa falda era demasiado corta, que si el vestido era muy ajustado…
Carmen siempre me regañaba: «Es joven, Juan, las chicas ahora visten así, es lo normal».
Pero como padre me dolía que la miraran con la misma obscenidad con la que yo miraba a otras chicas jóvenes cuando me las encontraba por la calle.
Sin embargo, hoy era distinto. Hoy deseaba que Anita me regalara carne.
Deseaba que saliera provocativa, que confirmara la zorra que llevaba dentro.
Cuando por fin apareció, llevaba una minifalda vaquera deshilachada y una camiseta blanca de tirantes que dejaba poco a la imaginación sobre la forma de sus tetas.
Lamenté que llevara unas zapatillas blancas.
Me hubiera gustado verla con los mismos taconazos que llevaba la noche anterior.
La comida fue un ejercicio de disimulo. El restaurante era elegante, lleno de luz blanca, un contraste asqueroso con la oscuridad que yo llevaba dentro.
—Juan, te noto ausente —me dijo Carmen, poniendo una mano sobre la mía—. ¿Te ocurre algo?
—Tengo la cabeza embotada, nada más —mentí, apartando la mirada de las dos—. No estoy acostumbrado a trasnochar tanto.
—Papá está mayor —bromeó Anita, pinchando un trozo de ensalada.
Carmen y ella se enredaron en una conversación sobre el cine, sobre planes de futuro y ropa. Yo solo podía mirar cómo Anita movía los labios que nunca podría probar.
Después, nos acercamos al centro a tomar algo en un pub irlandés.
Allí apareció Borja a buscar a Anita. Se acercó a la mesa con esa sonrisa de chico bueno que ahora me parecía una máscara de cinismo.
Me dio un apretón de manos firme y a Carmen le dio dos besos con una educación impecable.
Mi mujer sonreía, casi babeando, encantada con el «yerno ideal».
—Portaos bien —dijo Carmen cuando terminaron su cerveza para ir al cine.
Se marcharon cogidos de la mano, caminando bajo el sol de la tarde como la pareja perfecta.
Me quedé allí sentado con mi esposa, pidiendo otra ronda, viendo cómo el chico que corrompía a mi hija se la llevaba ante mis propios ojos.
Carmen suspiró, satisfecha de nuestra vida, mientras yo sentía que el aire del pub se volvía irrespirable, deseando que el tiempo pasara rápido para volver a estar a solas con mis fantasmas.