Capítulo 3
Me levanté tarde, muy tarde. Sentía la resaca pesada de quien ya no está acostumbrado a castigar el cuerpo con alcohol, un embotamiento que me hacía sentir como si tuviera la cabeza llena de algodón.
Estaba en la cocina, con la mirada perdida en la pantalla del móvil repasando los resultados de fútbol del sábado, mientras el café negro me quemaba la garganta.
Carmen hablaba sin parar. Me decía que podíamos ir a comer a un restaurante nuevo que habían abierto en el sur de Madrid; según sus compañeros del bufete, era excelente. Yo tenía el estómago cerrado, un nudo de nervios y bilis me impedía pensar en comida, pero me limité a asentir mecánicamente.
En ese momento, la puerta se abrió y Anita entró en la cocina.
—Buenos días, dormilona —dijo Carmen.
Anita sonrió con esa claridad cristalina que siempre me había desarmado y le dio un beso a su madre en la mejilla.
—Jo… qué sueño tengo… —murmuró.
Vestía una camiseta de algodón fino y unos pantalones de deporte excesivamente cortos.
Al estirarse, la camiseta se tensó y mis ojos, traidores, se clavaron en sus pechos.
Vi perfectamente cómo sus pezones se marcaban a través de la tela, duros y desafiantes, tal y como los había imaginado horas antes sobre el cuerpo de su madre.
Se acercó para besarme la mejilla y, al sentir el contacto de sus labios sobre mi piel, el embotamiento de la resaca desapareció de golpe, sustituido por una descarga eléctrica.
Busqué instintivamente su aroma de siempre, el perfume frutal y limpio de mi niña, pero me olió diferente.
Ya no era la fragancia de la inocencia; era el olor de una mujer que volvía del abismo.
—¿Viniste muy tarde anoche? —preguntó Carmen mientras limpiaba la encimera—. No te escuché llegar.
—Sobre las cinco —respondió Anita con una voz limpia que no tembló lo más mínimo.
Carmen, ajena a la forma en que yo devoraba a nuestra hija con la mirada, siguió a lo suyo.
—Le estaba diciendo a tu padre que podríamos ir a comer a un restaurante nuevo que me han recomendado —continuó Carmen.
Anita se encogió de hombros y sonrió.
—Genial. Me muero de hambre —dijo ella, sentándose frente a mí.
Al cruzar las piernas, sus pantalones de deporte se acortaron aún más, dejando al descubierto la curva de sus muslos. Me sostuvo la mirada fijamente, un desafío silencioso que me obligó a clavar los dedos en mi taza de café para que no me temblara el pulso.
—He quedado con Borja para esta tarde —añadió—. Queremos ir al cine a ver la última de no sé qué director francés, que dice que le encanta.
Escuchar el nombre de Borja en sus labios me provocó una mezcla de rabia y morbo al recordar que ese hijo de puta compartía a mi hija con su mejor amigo.
Borja. El chico de buena familia que todos adorábamos.
El novio oficial de Anita, el estudiante ejemplar, el educado, el tipo impecable que pedía permiso para todo.
—¿Qué tal, Borja? ¿Aprobó el examen? —preguntó Carmen con ese tono de suegra orgullosa.
Yo ya no sabía de qué hablaban. Las palabras me llegaban como ecos lejanos.
—Hasta el martes no le da la nota. El pobre está de los nervios —respondió Anita.
Se levantó para coger unas galletas del armario. Al estirar el brazo, sus pantalones cortos, ajustados al extremo, dibujaron la curva perfecta de sus nalgas, introduciéndose ligeramente entre ellas. El corazón me dio un vuelco.
—Seguro que aprobará —sentenció Carmen—. Borja es un chico brillante.
Anita sonrió mientras se servía café de la jarra. Estuve a punto de soltar una carcajada histérica. Gritarle a Carmen lo equivocada que estaba.
Miré a mi esposa, que seguía hablando de platos y reservas, y sentí una compasión amarga. ¿Qué pensaría si supiera que nuestra dulce princesita, que ahora bebía café con cara de ángel, era una zorra que gemía pidiendo que la reventaran?
Los ojos verdes de Anita estaban limpios, sin rastro de culpa, altivos pese a su apariencia inocente.
Pero lo peor de todo no era su secreto. Lo peor de todo era el mío: la erección encerrada dentro de mis pantalones al observar cómo su cuerpo se movía bajo esa ropa ligera, la punzada de deseo prohibido que me subía por las entrañas al recordar cómo unas horas antes la había escuchado gemir.
Apreté los dientes, forzándome a mantener los brazos cruzados sobre la mesa para ocultar mi traición física. Carmen seguía hablando al fondo, un zumbido blanco sobre el restaurante del sur de Madrid y los planes del domingo.
Frente a mí, Anita terminó de desayunar. Al dejar el vaso sobre la mesa, la camiseta de algodón volvió a tensarse sobre sus pechos firmes. El café negro, ya frío, terminó de pudrirse en mi estómago como un veneno. Estaba perdido, completamente entregado a un deseo que no debería estar ahí.