El Sabor del Tabú Capítulo 2
4%

Capítulo 2

Me deslicé bajo las sábanas con movimientos torpes, tratando de no romper el silencio sepulcral de la casa.

Carmen estaba dormida; sentí cómo su cuerpo, por puro instinto, se acurrucaba buscando mi calor.

La miré en la penumbra. Anita era la viva imagen de su madre: la misma piel blanca que parecía brillar en la oscuridad, los mismos ojos claros y ese pelo rubio que Carmen ahora llevaba corto, igual que nuestra hija.

Llevamos veinte años casados. Cuando la conocí, estudiaba en la universidad y estaba embarazada de tres meses. Nunca quiso hablarme de quien había sido el hombre que la había dejado preñada, y yo lo respeté.

Conocer a Carmen y no enamorarse de ella era, simplemente, un imposible.

Lo nuestro fue un flechazo absoluto, uno de esos amores fulminantes a primera vista que te desarman por completo.

El destino llevaba prisa: a los quince días ya estábamos compartiendo el mismo techo y, apenas dos meses después, nos casamos.

Por lo tanto, nadie de nuestro entorno sabe que yo no soy el padre biológico de Anita. Ni siquiera ella.

Cuando nació, la arropé en mis brazos y supe que mi vida le pertenecía. Le di mis apellidos sin dudarlo un segundo y, desde el primer latido, la consideré mi hija con todas las letras y todas las consecuencias. Carmen y yo no tuvimos más hijos, y Anita se convirtió en nuestro tesoro.

Abracé por la espalda a mi mujer y traté de dormir, pero no pude pegar ojo.

Los gritos de Anita en aquel baño público se volvían cada vez más nítidos, más reales.

Comencé a hacerme preguntas: «¿Cómo no me había dado cuenta de que era su voz?

Quizá sonaba más rota, más grave, cargada de una urgencia animal que nunca le escuché emplear en casa».

Sentí una náusea física. «¿Qué habría hecho si lo hubiese sabido antes de correrme como un puto pervertido?

Sin duda la habría sacado de allí a rastras, a golpes si hubiera hecho falta».

Estuve a punto de despertar a Carmen y escupirle toda la verdad, pero la vergüenza me cosía la boca. ¿Cómo decirle que su marido se había masturbado escuchando a su propia hija ser sometida por dos hombres?

Un rato después, el sonido de la puerta principal me detuvo el corazón. Oí sus pasos amortiguados por la escalera; caminaba de puntillas, seguramente con los zapatos en la mano para no despertarnos. Escuché la puerta de su dormitorio cerrarse. Estaba a salvo en casa.

En ese momento, mi mente se convirtió en mi peor enemiga. Me la imaginé desnudándose, dejando caer la minifalda blanca.

Llegué a la conclusión de que Anita era tan guapa como su madre, quizá más. Sus facciones eran más dulces y delicadas. Imaginé cómo se le ceñirían al culo esos pequeños tangas que yo a veces veía tendidos con la ropa recién lavada.

Antes de que pudiera procesar el asco hacia mí mismo, ya tenía la mano sobre mi polla, de nuevo erecta, palpitando con una fuerza furiosa.

Abracé a Carmen con desesperación, buscando refugio en su calor. Froté mi erección contra sus nalgas y empecé a besarle la espalda con una urgencia que rozaba la violencia.

—¿Ya estás aquí, cariño? —preguntó, dándose la vuelta, con la voz ralentizada por el sueño—. ¿Qué tal lo habéis pasado, mi amor?

La normalidad de su voz me desconcertó durante unos segundos.

—Muy bien, pero estaba deseando llegar a casa. Te echaba de menos —respondí, pegándome a ella como si quisiera fundirme con su piel.

Carmen movió sus caderas contra mi dureza, reconociendo mi estado, y soltó una risa suave.

—Ya lo noto… ¡Qué animado vienes! Te sienta bien salir a cenar con tu socio.

Metí mis manos por debajo del camisón de seda, buscando el contacto de su carne.

Al apoderarme de sus pechos, mi mente terminó de fracturarse.

Por primera vez, mi mente no estaba tocando a mi esposa.

Imaginé que mis manos rodeaban las tetas de Anita y traté de compararlas con las de su madre.

Seguramente tendrían la misma piel suave y blanca, pero las de Anita serían bastante más pequeñas, más desafiantes y seguramente más turgentes.

Le subí el camisón por encima de la cintura, dejándola desnuda y vulnerable bajo la luz amarillenta de las farolas del jardín, que se filtraba por las persianas.

Me hundí entre sus piernas con un hambre que no era para ella.

Al bajarle las bragas, mis dedos rozaron su vello rubio, espeso y húmedo, y mi mente voló de inmediato a la habitación de al lado.

Imaginé a Anita, con su coñito suave y probablemente depilado, con esa piel tersa que nunca conocería.

Carmen soltó un suspiro largo y me agarró del pelo con fuerza, tirando de mi cabeza hacia abajo, guiándome hacia su coño abierto y palpitante.

—Ahí, Juan... cómeme ahí —gimió, arqueando la pelvis.

Hundí la cara en su sexo. La lamí con una saña casi violenta, saboreando sus jugos mientras mi lengua recorría cada pliegue.

Pero el olor de Carmen ya no era el que buscaba; en mi cabeza, estaba lamiendo el rastro de los dos tipos que acababan de follarse a mi hija.

Esa idea, lejos de darme asco, me encendió una hoguera en las tripas.

Carmen empezó a retorcerse; su respiración se volvió agitada.

—¡Los dedos…! ¡Méteme los dedos, joder…! No seas tan suave y hazlo más profundo —chilló en un susurro desesperado para no despertar a la niña.

Le metí tres dedos hasta el fondo, moviéndolos con un ritmo brutal, casi mecánico, mientras succionaba su clítoris con una fuerza que la hacía jadear de dolor y placer a partes iguales.

Carmen empezó a convulsionar. Sus paredes vaginales apretaban mis dedos como si quisiera triturarlos.

De repente, pegó un tirón seco. Su espalda se despegó del colchón y se deshizo en un orgasmo que la dejó bañada en su propio flujo, temblando como un animal herido.

Iba a penetrarla. Quería enterrarme en ella para intentar olvidar, para que el cuerpo de Carmen borrara el asqueroso deseo que esa noche comencé a sentir por mi hija, pero estaba tan jodidamente excitado que no pude ni esperar.

Me quedé de rodillas, con las piernas de mi mujer aún abiertas de par en par frente a mí, y me agarré la polla con una fuerza que casi me hacía daño.

Empecé a masturbarme allí mismo, con la mirada fija en el vientre de Carmen, pero mis ojos no la veían a ella. Veía a Anita. Imaginaba el momento exacto en el que esos dos tipos la tenían rendida.

—¡Juan...! ¿Qué haces? —murmuró Carmen extrañada—. ¿No quieres correrte dentro?

No le contesté. No podía. Mi mano subía y bajaba con un ritmo frenético. En mi mente, yo era el tercer hombre en aquel baño. Me imaginé empujando a Borja a un lado para ocupar su lugar, sintiendo la estrechez de mi hija, escuchando cómo Anita gritaba mi nombre en medio de ese delirio prohibido.

El clímax me golpeó como un mazazo. Tensé los músculos y solté un gruñido ahogado mientras me corría con una violencia salvaje.

El semen saltó con fuerza, una y otra vez, salpicando el vientre blanco de Carmen y las sábanas.

Fue una descarga espesa, caliente, un rastro de mi propia degradación que quedó marcado sobre el cuerpo de mi esposa.

Me desplomé sobre mi lado de la cama, jadeando, con la mano todavía húmeda y el corazón martilleando contra las costillas como si quisiera escapar de mi pecho.

Me quedé allí, a oscuras, sintiendo cómo el sudor se enfriaba en mi frente, mientras en la habitación de al lado el silencio de mi hija me recordaba que, a partir de esta noche, mi casa se había convertido en un infierno del que no podría salir.