El Sabor del Tabú
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Capítulo 1
Me llamo Juan y tengo cuarenta y cinco años. Mi vida es, en apariencia, exitosa: soy un importante empresario y dirijo un negocio junto a Pedro, mi socio, el mismo con el que monté el negocio desde la nada hace ya veinte años.
Hoy en día la empresa ha crecido tanto que tenemos decenas de personas a nuestro cargo, pero cada Navidad organizamos una «cena de empresa» solo para los dos.
No es más que una disculpa para escaparnos, para juntarnos a solas como cuando fundamos todo esto y éramos los únicos empleados, intentando recordar, entre copa y copa, que aún seguimos siendo jóvenes.
Para Pedro, yo sigo siendo el Juan de siempre: el tiburón de los negocios, el tipo sensato, el padre de familia que vuelve a casa con Carmen. Él me habla de balances y de planes de expansión, sin sospechar que el hombre poderoso que tiene enfrente es solo un cascarón.
Pedro no sabe que, mientras brindamos por el pequeño imperio que hemos construido, yo todavía conservo en los labios el sabor salvaje y clandestino de Anita. No sabe que la chica a la que crié como a una hija me ha convertido en su perro faldero a base de caprichos y sumisión.
Frente a mi socio y mis empleados soy un líder ejemplar; frente a mi realidad, soy el rehén voluntario de mi propia anatomía del tabú.
Todo empezó en una de esas cenas de Navidad con mi socio.
Eran cerca de las cuatro de la mañana. El alcohol ya había hecho su trabajo, relajando la moral y enturbiando la mirada.
Estábamos en una discoteca a punto de rendirnos y marcharnos para casa.
Cada año nos retirábamos antes, sintiendo el peso de la edad.
Pedro venía del baño y se acercó a mi oreja para no tener que gritar sobre el estruendo de los bafles. Traía los ojos encendidos por el alcohol y una sonrisa que mezclaba sorpresa y morbo a partes iguales.
—Menudo polvo le están echando a una guarra en el servicio, tenías que oír cómo la están poniendo entre dos tíos. Menuda loba tiene que ser… esa nos pilla por banda a ti y a mí y nos destroza —me soltó, todavía procesando lo que había escuchado.
—Joder, pues va a ser que están más animados los baños que la pista de baile. ¿Los has visto follando? —pregunté, sintiendo un primer chispazo de curiosidad morbosa.
—No —respondió, negando con la cabeza—. Estaban encerrados en uno de los cubículos, pero se les escuchaba perfectamente. Y había al menos dos tíos con ella dándole caña.
Esa imagen se me instaló en la cabeza como un virus. La idea de la entrega absoluta de una mujer, del desenfreno en un lugar tan sucio y público, despertó en mí un interés inmediato. Sin pensarlo mucho, me separé de la barra y caminé hacia los baños.
El ruido de la discoteca quedó ahogado al otro lado de la puerta, devorado por el eco húmedo y maloliente del pasillo de los servicios. Y fue entonces cuando los escuché.
Era el sonido de un polvo salvaje. Unos jadeos roncos, rápidos, de esos que se te escapan de la garganta cuando te falta el aire. Escuché la voz de un hombre:
—Dale más fuerte. A ella le gusta que la revientes… ¿verdad, golfa?
—¡Sí…! —escuché la voz de una mujer joven; no supe si fue una afirmación o un bramido—. Sí, ahí, joder, metérmela los dos…
Después llegó un gemido agudo que se cortó en seco, tapado por un guantazo en el culo o una mano en la boca.
Me quedé paralizado frente al urinario de la pared, con la polla golpeando contra el pantalón.
Se me puso dura de inmediato, una erección dolorosa y pulsante.
Tuve que sacármela, fingiendo que meaba, pero solo podía apretar los dientes mientras escuchaba cómo ella se deshacía al otro lado del tabique.
Nunca había escuchado disfrutar así a una mujer.
Tardé menos de un minuto en correrme contra el urinario. Después me la guardé en el pantalón, cerré la bragueta y me largué de allí a toda prisa. No quería que me pillaran como a un puto mirón, pero tampoco era capaz de marcharme.
Me quedé fuera de los baños, apostado junto a una de las barras y oculto detrás de una columna en penumbra, con el corazón golpeándome el pecho a mil por hora y la respiración entrecortada.
Tenía la cabeza hecha un lío, pero el morbo me estaba devorando por completo.
Quería verla salir. Necesitaba ponerle cara y saber cómo era una mujer capaz de complacer a dos tíos a la vez en un baño público.
Me moría por ponerle cara a esos gemidos. Me la imaginaba de mil formas.
El primero en salir fue un chaval. No tendría más de veinte años.
Llevaba una camiseta blanca ajustada, arrugada, y se pasaba la mano por un pelo corto y engominado que ahora estaba deshecho.
Tenía esa mirada de suficiencia, de haber gozado a lo grande.
Se ajustó el cinturón de los vaqueros con un gesto mecánico y, sin mirar atrás, caminó con paso decidido hacia la entrada.
Me sonaba de algo, pero mi cerebro no podía procesar nada más que el rítmico latido de mis sienes.
Pasaron treinta segundos. Entonces, la puerta del baño volvió a abrirse. Salieron de la mano, entrelazando los dedos como una pareja de enamorados que acaba de compartir un romántico paseo por el parque.
Me quedé helado, con la espalda pegada a la columna, deseando que el suelo se tragara. No tuve que acercarme. No necesitaba más luz. Sabía quién era la chica. Era Anita. Mi Anita.
Dieciocho años recién cumplidos. Rubia, con ese corte de pelo moderno, corto, que resaltaba sus facciones finas.
Sus ojos verdes, que siempre me habían mirado con la pureza de quien no conoce el mal, brillaban ahora con un fulgor salvaje.
Tenía esa cara de ángel, la cara de la niña que «nunca había roto un plato» en casa.
Se estaba retocando el carmín con los dedos mientras caminaba.
El mismo carmín que, hacía unos minutos, yo había imaginado corrido por el deseo de una extraña.
La chica que yo había escuchado gemir como una posesa, la que pedía a gritos que la «rompieran en dos», la que se estaba dejando follar por dos tipos en un váter mugriento mientras yo me masturbaba al otro lado de la pared… era mi propia hija.
Mi princesita. La niña de papá.
El chico que iba con ella, otro tipo joven con una camisa oscura, era Borja, su novio. El chico formal que iba a buscarla a casa y cenaba con nosotros algunos fines de semana.
Él le dio un beso rápido en la mejilla y le susurró algo al oído que la hizo reír.
Esa risa que yo escuchaba cada mañana en el desayuno.
Ella se colgó de su brazo, ajustándose la minifalda blanca que se le había subido demasiado, y empezaron a caminar hacia la entrada, reuniéndose con el otro, que ahora recordaba que se llamaba Juan y era el mejor amigo de Borja.
Ya apenas había gente en la discoteca, como máximo una veintena.
Los vi salir por la puerta, seguramente rumbo a otro local más concurrido.
Vi a Pedro, que me hizo una seña con la mano desde el otro lado, y me acerqué arrastrando los pies. Sentía que el suelo se inclinaba.
—¿Qué te pasa? Parece que has visto un fantasma —me preguntó, soltando una carcajada y dándome un golpe en el hombro que me hizo tambalear.
Lo miré a los ojos y sentí un asco profundo, no por él, sino por nosotros.
Él también la había escuchado; él también se había relamido con el relato de lo que pasaba en ese cubículo, sin tener la menor idea de que la «loba» que gemía como un animal herido era mi Anita.
Seguro que también se la había puesto dura escuchándola gemir como una ramera.
—Nada… es que estoy mareado. Me ha sentado fatal la última copa; creo que lo mejor será que nos vayamos ya —acerté a decir, con una voz que no reconocí como mía.
Él lanzó otra carcajada, de esas que retumban en el pecho.
—Estamos viejos, colega… cada año nos recogemos antes. No aguantamos ni un asalto.
Fuimos caminando en silencio hasta la parada de taxis. Allí nos separamos con un abrazo rápido, mecánico.
Durante el trayecto, cada vez que cerraba los ojos, veía su cara, sus ojos verdes, y luego la imagen de su mano entrelazada con la de su novio, el mismo que la había usado y entregado a su mejor amigo.