Epílogo
Durante las semanas siguientes, mientras el otoño entraba con fuerza en Madrid, el laberinto de secretos terminó por devorarnos a todos. Mi existencia quedó fragmentada en dos mundos paralelos, dos abismos de depravación que se alimentaban mutuamente.
Por un lado estaban Carmen y Anita; una madre y una hija unidas por el secreto sucio de un yerno que se creía el rey absoluto del harén, y una hija que me citaba cada tarde, con una puntualidad militar, en la penumbra de su dormitorio.
Allí me transformaba en su siervo, en un perro faldero a cambio de permitirme lamer y adorar la tersura de su anatomía.
Nuestros encuentros diarios escalaron hacia una perversión inimaginable, un pozo sin fondo de juegos humillantes donde el mundo exterior se disolvía en el olor a su sexo y a mi propia sumisión.
Anita era una maestra de la tortura psicológica; sabía perfectamente qué hilos tensar, cuándo abrirse de piernas para mostrarme el destello húmedo de su coño y cuándo cerrarlas de golpe para dejarme de rodillas, suplicando un roce con los labios secos.
Ella es mi debilidad como hombre, mi kryptonita más oscura.
Es la carne prohibida que busco desesperadamente en los cuerpos de otras y que nadie, absolutamente nadie, logra eclipsar.
Ni la madurez entregada de Carmen, ni la juventud ingenua de Adriana, ni la frescura dócil de Rebeca.
Estoy enfermo de ella, irremediablemente perdido por su risa cruel, por esa voz arrastrada que me escupe órdenes en la sombra y por su forma de caminar descalza sobre la alfombra, sabiéndose la dueña absoluta de mi dignidad y de mis erecciones.
Bajo sus reglas no existe la libertad. Me corro cuando ella quiere, donde ella dicta y como a ella le place.
Estira mi agonía, jugando con mi miembro erecto e inflamado hasta el límite del dolor, decidiendo el segundo exacto de mi liberación con una frialdad matemática.
Y sin embargo, con nadie obtengo el mismo placer.
Ningún orgasmo en mi vida ha sido tan salvaje, puro y adictivo como el que alcanzo sometido a los pies de mi propia hija, tragándome su desprecio mezclado con su jugo ardiente.
Mientras tanto, Carmen seguía fingiendo ser la abogada perfecta y la esposa devota, ignorando que el semen de su yerno ya no era el único secreto que escondían las paredes de nuestra casa, y que su propia hija me dominaba con la misma crueldad con la que Borja la cabalgaba a ella.
Y por otro lado estaba Rebeca. Mi joven y limpia amante, instalada en el corazón de la Castellana gracias al flujo de mi dinero, entregada a la promesa de una nueva vida a mi costa.
Ella se ha convertido en el vertedero de mi conciencia, la única persona en el mundo que conoce toda mi podredumbre, con la que consigo desahogarme tanto emocional como físicamente hasta el punto de transformarse en mi oasis de cordura dentro de este infierno.
Y, por supuesto, Adriana. Una niñata a la que nunca he soportado, pero cuyo cuerpo tierno me fascina manchar con mi propia perversión.
De ella ha brotado el insano y febril deseo de acostarme también con la zorra de su madre, una conquista que tengo prácticamente al alcance de la mano tras haber comenzado a seducirla a través en las redes sociales.
Necesito culminar esa profanación para sentirme, al fin, a la altura de Borja; quiero experimentar ese mismo éxtasis de poder al comparar la fogosidad de una madre y una hija en la misma cama.
Quiero mi propia cuota de soberanía absoluta sobre los cuerpos de una estirpe entera, y voy a conseguirlo a costa de lo que sea.
Fin