El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 30. El rostro fragmentado
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30. El rostro fragmentado

Franz Pedersen volvió a leer el mensaje de Santiago Millán mientras el humo espeso del puro ascendía lentamente hacia la lámpara del comedor y comenzaba a acumularse debajo de la pantalla amarillenta que proyectaba sobre la habitación una luz fatigada, enfermiza, capaz de volver todavía más decadente el aspecto de aquella casa envejecida donde los muebles oscuros, las vitrinas cargadas de porcelanas inútiles y las alfombras demasiado pesadas parecían pertenecer a un tiempo que llevaba años pudriéndose lentamente sin que nadie hubiera encontrado todavía el valor necesario para retirarlo definitivamente del mundo.

Madrid comprometido.

Contacto Elorza-Cáceres confirmado.

Proceda traslado inmediato de lote prioritario.

Madrid. Inés Elorza. León Cáceres.

Los nombres habían llegado hasta él con una rapidez que no dejaba espacio para interpretaciones tranquilizadoras, porque cuando la red comenzaba a mover información con semejante urgencia significaba que alguien había atravesado un límite que durante décadas permaneció intacto, y mientras sostenía el telegrama entre los dedos, Pedersen entendió con una claridad desagradable que aquello ya no podía resolverse mediante silencios administrativos, pequeños desplazamientos de inventario o desapariciones discretas cuidadosamente organizadas desde las sombras, debido a que la situación había comenzado finalmente a desbordarse.

Alejandro permanecía sentado frente a él con una expresión endurecida por la irritación y el cansancio, observando a su padre con esa mezcla amarga de desprecio y ansiedad que termina instalándose en los hijos obligados a crecer demasiado cerca de secretos que jamás terminan de explicarse del todo, y mientras el cenicero comenzaba a llenarse de restos oscuros y ceniza húmeda, la tensión entre ambos iba ocupando lentamente el espacio del comedor con una densidad cada vez más difícil de soportar.

—Te lo dije hace meses —murmuró Alejandro finalmente, sosteniendo apenas la mirada—. Tendríais que haber movido las obras mucho antes.

Pedersen dejó escapar una risa desagradable que apenas logró atravesar el humo.

—Hablas demasiado para alguien que no entiende nada de esto.

Alejandro apoyó lentamente los codos sobre la mesa mientras una expresión áspera comenzaba a endurecerle el rostro.

—Entiendo perfectamente que todo se está viniendo abajo.

La frase quedó suspendida entre ambos con una violencia silenciosa que parecía adherirse a las paredes del comedor, porque en ella había menos insolencia que verdad.

Martin Lughnar no respondía y ése era el verdadero problema.

Había intentado comunicarse dos veces desde la mañana y ninguna llamada consiguió atravesar el muro extraño que parecía haberse levantado alrededor de la casa de Rheinbach, donde Ilse mantenía ahora a Martin apartado del mundo con una obstinación feroz, casi religiosa, alimentada probablemente por la ilusión tardía de que todavía era posible rescatar algo después de tantos años respirando dentro de aquella maquinaria clandestina que había sobrevivido a la guerra, a los juicios y al paso del tiempo con una eficacia monstruosa.

Pedersen conocía demasiado bien a Lughnar como para no comprender lo que estaba ocurriendo.

Martin estaba abandonando la red. Y aquel abandono resultaba infinitamente más peligroso que cualquier traición explícita, porque los sistemas construidos sobre décadas de silencio no toleraban vacíos repentinos ni hombres agotados que comenzaban a mirar hacia otro lado cuando el miedo reaparecía.

El puro descendió lentamente entre sus dedos mientras el pensamiento comenzaba a endurecérsele dentro de la cabeza con una mezcla de rabia y temor que hacía años no experimentaba con semejante intensidad, porque las obras continuaban allí, ocultas dentro de aquella casa húmeda de Eldorado como un inventario maldito cuya sola existencia bastaba para destruir décadas enteras de pactos silenciosos, desapariciones oportunas y clasificaciones alteradas.

Las líneas violetas, las numeraciones, los bastidores modificados, los rostros fragmentados y ocultos tras capas de desidia.

Todo continuaba allí esperando el momento exacto en que alguien terminara finalmente de comprender lo que había permanecido oculto debajo de aquellas superficies intervenidas.

Alejandro volvió a hablar mientras el humo comenzaba a espesarse debajo de la lámpara.

—Millán tiene razón. Si encuentran una sola de esas pinturas estamos acabados.

Pedersen levantó lentamente la mirada.

—¡Millán puede ser un traidor! no sabes de qué estás hablando.

—¡Claro que lo sé! Creo que el problema es que te hicieron creer que Santiago Millán era un traidor —replicó Alejandro mientras la irritación comenzaba a quebrarle la voz—.

Llevo toda mi vida viendo entrar cajas en esta casa sin que nadie pueda acercarse a ellas, escuchando conversaciones a media voz, nombres alemanes, fechas tachadas y cuadros escondidos detrás de paredes falsas mientras fingíamos ser una familia normal delante de todo el mundo.

La tensión terminó de romper algo dentro de la habitación.

Pedersen se incorporó bruscamente de la silla y el movimiento hizo oscilar el puro encendido entre sus dedos con una violencia torpe.

Tomó un cenicero y apoyó su vicio de tabaco para sentir sus manos libres en medio de una discusión que había comenzado a arrastrarlos hacia un territorio mucho más antiguo y mucho más peligroso que la situación inmediata.

—¡No tienes idea de lo que fue necesario para conservar todo esto! ¿Y de dónde sabes si Millán es o no un traidor? —gruñó Pedersen mientras el humo comenzaba a cerrar lentamente el comedor—. ¡No tienes idea de lo que hubo que mover, ocultar y sacrificar para que esas obras no desaparecieran!

Alejandro dejó escapar una carcajada seca y amarga.

—¿Conservar? ¿Así llamáis ahora a esconder cadáveres históricos?

La frase cayó sobre la habitación con una violencia definitiva y durante unos segundos ambos quedaron inmóviles frente a frente, respirando aquel aire saturado de tabaco, humedad y resentimiento viejo, sin advertir que el puro había caído lentamente desde el cenicero hasta el borde de la alfombra persa que cubría el suelo junto a la mesa.

Alejandro abandonó la estancia y Franz Pedersen, movido por su insatisfacción, avanzó detrás de su hijo.

La brasa permaneció primero inmóvil, pequeña, casi insignificante, hasta que comenzó lentamente a abrir una herida oscura sobre las fibras envejecidas del tejido anudado, alimentándose silenciosamente del polvo acumulado y de los años adheridos a aquella casa demasiado cargada de objetos, secretos y materiales inflamables.

Cerca del recibidor de la casona de corte vasco, Pedersen continuó discutiendo mientras Alejandro caminaba hacia la ventana de la sala de estar intentando contener una furia que ya no sabía exactamente contra quién dirigía, y detrás de la pared divisoria, el fuego empezó a extenderse con una lentitud obstinada, devorando primero los bordes secos de la alfombra y trepando después hacia las cortinas pesadas cuya tela antigua aceptó la combustión con una rapidez aterradora.

El olor llegó demasiado tarde. La biblioteca comenzó a arder en cuestión de segundos.

Pedersen giró bruscamente la cabeza cuando las primeras llamas ya habían alcanzado el mueble lateral. Permaneció inmóvil observando el avance del incendio con una incredulidad casi infantil, incapaz todavía de comprender que aquello estuviera ocurriendo realmente dentro de su casa.

Después todo comenzó a acelerarse.

Alejandro gritó algo que el humo volvió incomprensible mientras intentaba arrastrar una silla hacia la cocina, las llamas empezaron a trepar por las cortinas con un rugido seco y repentino, y el calor comenzó a deformar el aire del comedor mientras pequeños fragmentos negros descendían desde el techo igual que insectos carbonizados.

Entonces Pedersen recordó las obras. La estancia del fondo.

Las habitaciones selladas. El inventario.

Sin decir una palabra echó a correr por el pasillo mientras Alejandro intentaba seguirlo entre el humo creciente, y cuando finalmente abrió la puerta del depósito una oleada espesa de calor y oscuridad pareció abalanzarse directamente sobre él.

Las pinturas permanecían todavía apoyadas unas contra otras dentro de aquella habitación saturada de barnices, polvo y madera vieja, formando un bosque inmóvil de bastidores ocultos durante décadas, y mientras las primeras llamas comenzaban a filtrarse debajo de la puerta, Pedersen avanzó desesperadamente hacia el fondo del cuarto hasta detenerse frente a una tela parcialmente cubierta por una manta gris.

El rostro fragmentado continuaba allí.

Las líneas violetas atravesaban todavía la superficie del cuadro con aquella geometría enfermiza que parecía cerrarse sobre sí misma incluso bajo la luz temblorosa del incendio, y mientras Pedersen observaba la pintura sintió cómo el terror comenzaba finalmente a abrirse paso dentro de él al ver que el calor resquebrajaba lentamente el barniz, abriendo pequeñas grietas irregulares sobre el rostro intervenido.

La pintura comenzó entonces a deformarse lentamente hasta que las capas superiores empezaron a desprenderse en pequeños fragmentos oscuros que se retorcían bajo el fuego antes de convertirse en ceniza, dejando aparecer debajo de aquella superficie destruida otra imagen enterrada durante décadas, otro rostro oculto bajo la intervención, una presencia apenas visible que emergió brevemente entre las llamas antes de comenzar también a desintegrarse.

El strappo terminaba allí su recorrido final mientras la segunda piel ardía junto con todo aquello que había intentado ocultar durante años.

Pedersen permaneció inmóvil frente al cuadro mientras el humo comenzaba a cerrar completamente la habitación y las llamas avanzaban ya por los marcos, los registros, las cajas y los documentos acumulados durante décadas, consumiendo clasificaciones, nombres, fechas y superficies alteradas con la misma voracidad indiferente con que el tiempo termina devorando cualquier intento humano de preservar el horror bajo capas sucesivas de silencio.

Detrás de él, Alejandro continuaba gritándole desde el pasillo invadido por el humo.

Pedersen no respondió.

Continuó observando cómo el rostro se fragmentaba lentamente en partículas negras y luminosas que ascendían dentro del incendio hasta desaparecer por completo.

Y mientras la casa comenzaba finalmente a derrumbarse sobre sí misma bajo el avance del fuego, Santiago Millán, a miles de kilómetros de allí, comprendía con una claridad helada que había llegado el momento de desaparecer antes de que las cenizas empezaran a hablar demasiado.