El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 31. Donde todo termina sin permiso
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31. Donde todo termina sin permiso

La puerta terminó de cerrarse detrás de ellos con un sonido opaco que pareció absorber en una sola bocanada el murmullo distante de la calle, aislando el interior de la vivienda dentro de una penumbra densa donde el aire conservaba un olor agrio a queroseno viejo, lana encerrada durante demasiado tiempo, humedades vetustas y fruta pasada, una emanación fatigada y ligeramente pútrida que parecía adherida a las paredes igual que una costra invisible acumulada durante años de encierro y clandestinidad.

Inés permaneció quieta unos segundos mientras los ojos aprendían lentamente la penumbra de la casa, y entendió enseguida que aquel lugar nunca había sido pensado para habitarse.

Había sido preparado para resistir.

Los objetos parecían distribuidos siguiendo prioridades distintas a las de cualquier hogar reconocible: muebles convertidos en depósitos, carpetas ocupando rincones improbables, pilas de papeles creciendo contra las paredes y pequeñas estrategias de ocultamiento repetidas con una disciplina agotadora.

La casa entera parecía contener más cosas de las que su estructura estaba preparada para soportar.

Había libros apilados en el suelo formando columnas inestables, cajas cubiertas de polvo acumuladas contra las paredes, carpetas deformadas por la humedad, fotografías sujetas con alfileres sobre paneles improvisados y bastidores parcialmente cubiertos por mantas grises cuyo volumen irregular alteraba la forma de las habitaciones hasta convertirlas en depósitos clandestinos antes que en espacios habitables.

Rodari avanzó lentamente delante de ellos sosteniendo todavía la pequeña lámpara que proyectaba sobre las paredes una luz amarillenta y fatigada, y mientras caminaba arrastrando apenas uno de los pies, León percibió con una claridad perturbadora ciertos gestos que regresaban desde algún lugar impreciso de la memoria, movimientos mínimos en la inclinación de la cabeza, en la manera de sostener los libros o de rozar distraídamente el lomo de una carpeta mientras avanzaba por el pasillo, detalles insignificantes que despertaban inevitablemente el recuerdo de Ulrich Retter.

Strappo.

El nombre volvió a instalarse dentro de su pensamiento con la obstinación de una presencia que jamás había terminado de retirarse del todo.

Profesor, qué alegría verlo — saludó Inés a punta de emoción — Verlo aquí en Madrid… me parece todo tan inverosímil.

Rodari dejó la lámpara sobre una mesa abarrotada de documentos y permaneció unos segundos respirando con dificultad antes de girarse finalmente hacia ellos, revelando bajo la luz oblicua un rostro devastado por el cansancio, donde las ojeras profundas, la piel macilenta y las arrugas pronunciadas parecían menos el resultado de la edad que de una larga convivencia con el miedo.

—El gusto es mío, Inés. Me hubiese gustado encontrarme con ustedes en otras circunstancias— comentó bajando aún más la cabeza que aún colgaba de su cuello como un suspiro.

Sus ojos eran dos lagunas disecadas que pedían a quejidos algún gesto humano de conmiseración…

y eso lo buscaba en los ojos de Inés, quien en un acto de arrebato emocional y de sensiblería, le tomó la mano por sorpresa.

Rodari no resistió, pero se avergonzó del estado en el que se encontraba, de sus manos algo sucias, y de a poco fue retirando su mano de la de Inés.

Luego prosiguió haciendo caso omiso a este contacto no consensuado al que Inés respondió con una pequeña sonrisa de disculpas.

— Supongo que ya habrán llegado a la conclusión de que nada de esto tiene arreglo sencillo —murmuró finalmente mientras buscaba entre los papeles un paquete de cigarrillos aplastado.

La voz seguía conservando aquella aspereza fatigada que habían escuchado detrás de la puerta, aunque ahora emergía mezclada con algo distinto, una resignación antigua que parecía haberse sedimentado lentamente dentro de él igual que el polvo sobre los muebles de la casa.

Inés observaba mientras tanto las paredes cubiertas de fotografías y radiografías pictóricas donde las líneas violetas reaparecían una y otra vez atravesando superficies, rostros y estructuras ocultas debajo de capas sucesivas de restauración, formando una cartografía obsesiva cuyo significado empezaba lentamente a desplegarse ante ella con una claridad perturbadora.

La espiral.

Siempre la espiral.

Encerrándose sobre sí misma con esa geometría violenta que ya no habitaba únicamente las superficies marcadas, porque empezaba a repetirse en todas partes: en los recorridos, en los nombres cambiados, en las historias deformadas por el tiempo y en las personas que seguían girando alrededor de algo que todavía no conseguían ver.

Rodari encendió el cigarrillo con manos ligeramente temblorosas de donde se desplegaban dedos nudosos y amarillentos por la asiduidad del tabaco, y dejó escapar un par de volutas de humo hacia el techo ennegrecido.

—Viajé sabiendo que Millán no me seguiría. Jamás podría haberse imaginado que vendría a Madrid siguiéndole los pasos.

—¿Dónde estuvo todo este tiempo, profesor?

— preguntó Inés, intentando reconstruir su historia, recordando su presunta muerte, la conversación telefónica con la secretaria de la Prilidiano Pueyrredón, las mentiras de Santiago Millán…

y el rostro fragmentado de la pintura que mostraba la fotografía con la intervención de la espiral.

Rodari miró a Inés con cierta ternura, tal vez incluso con ese matiz paternal que siempre utilizaba cuando una respuesta exigía más prudencia que claridad.

—Hay más de un rostro fragmentado, Inés.

Ella frunció el ceño.

—¿Cuántos?

Rodari dejó escapar una sonrisa cansada.

—Los suficientes para que nadie consiga reunirlos todos.

Tomó la fotografía y la sostuvo unos segundos entre los dedos.

—Cometes el mismo error que todos los que empiezan a seguir estas marcas. Crees que estás mirando una pintura cuando, en realidad, estás leyendo un recorrido.

Inés guardó silencio.

—Cada uno de esos rostros señala una historia interrumpida. Una familia que perdió una colección, un museo vaciado durante la noche, un marchante obligado a vender, una biblioteca que desapareció sin dejar inventario. No representan personas; representan ausencias.

La mirada de Inés descendió lentamente hacia la espiral.

—¿Y las líneas?

Rodari acarició el borde de la fotografía.

—Al principio sólo eran una forma de clasificar. Una intervención mínima para reconocer determinadas obras cuando cambiaban de almacén, de propietario o de frontera. Nadie debía advertir su presencia y, precisamente por eso, pasaban inadvertidas.

Hizo una pausa.

—Con el tiempo dejaron de ser una clasificación y se convirtieron en otra cosa.

—¿En qué?

Rodari tardó unos segundos en responder.

—En memoria.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

—Quien las trazaba comprendió demasiado tarde que estaba participando en una maquinaria destinada a borrar el origen de las obras.

Entonces empezó a introducir pequeñas variaciones.

Primero una línea apenas desviada. Después una espiral.

Más tarde esos rostros imposibles, incapaces de recomponerse por completo.

Inés volvió a mirar la imagen.

—¿Todos fueron pintados por él?

Rodari negó despacio.

—Los primeros sí. Los demás fueron apareciendo después. Algunos los realizaron restauradores que entendieron el código; otros, personas que nunca se conocieron entre sí y que sólo compartían una certeza: si los archivos desaparecían, la propia pintura tendría que conservar la memoria.

La habitación quedó en silencio.

—Por eso nunca encontrarás dos iguales —prosiguió Rodari—. Cambian los colores, cambian los trazos, cambia incluso la posición de la espiral, pero todos contienen la misma idea: una identidad arrancada de su lugar.

Inés sintió un escalofrío.

—Entonces no estoy buscando un cuadro.

Rodari negó lentamente.

—No.

Se inclinó hacia ella y apoyó un dedo sobre la fotografía.

—Estás siguiendo el rastro de un inventario que jamás se escribió sobre papel.

—¿Y cuántas obras forman parte de ese inventario?

Rodari permaneció inmóvil durante unos segundos.

—Eso es precisamente lo que nadie ha conseguido averiguar.

Le devolvió la fotografía.

—Algunas fueron destruidas. Otras siguen colgadas en salones privados. Muchas cambiaron varias veces de continente y de propietario. Y unas pocas continúan esperando a que alguien sea capaz de leer lo que llevan oculto desde hace treinta años.

Inés levantó lentamente la vista.

—¿Y por qué me ha buscado a mí?

Rodari sonrió con una melancolía que parecía venir de muy lejos.

—Porque un restaurador sabe que toda superficie guarda una historia anterior.

Hizo una pausa.

—Y porque hay personas que todavía miran los cuadros.

Volvió a contemplar la espiral.

—Pero muy pocas son capaces de ver las capas que alguien quiso dejar debajo de la pintura.

Rodari giro la cabeza hacia León.

Pedersen ya debe saber que están aquí —dijo finalmente—, y si el canalla de Millán todavía conserva algo de inteligencia hará exactamente lo que siempre hicieron los hombres de esa clase cuando sienten que alguien se aproxima demasiado a la verdad: quemarlo todo antes de permitir que otros lo comprendan.

León levantó lentamente la mirada.

—¿La red sigue funcionando?

Rodari dejó escapar una risa breve y agotada cuya amargura parecía venir de muy lejos.

—Nunca dejó de funcionar. Lo único que cambió fue el lenguaje.

Después de la guerra dejaron de hablar de pureza, Reich y patrimonio histórico para empezar a hablar de colecciones privadas, restauraciones, inventarios desplazados y procedencias incompletas, pero las operaciones continuaron existiendo debajo de esas palabras igual que una enfermedad aprende a esconderse dentro del cuerpo antes de reaparecer años después.