29. Detrás del muro de las sospechas #2
León continuó mirando la ventana con una concentración casi dolorosa, intentando reconciliar aquella figura incierta con el recuerdo imposible de Strappo, con Rodari y con todos los rostros desplazados que comenzaban a confundirse unos con otros dentro de una misma red de superficies alteradas, y tras unos segundos volvió a golpear la puerta, esta vez utilizando la palma abierta—¡Abra!
—dijo, elevando apenas la voz—. Sabemos que hay alguien dentro.
La silueta se detuvo y la lámpara permaneció inmóvil detrás de la cortina durante varios segundos que comenzaron a estirarse con una lentitud insoportable, mientras la calle entera parecía contener la respiración junto a ellos bajo aquella luz gris y enferma de final de tarde.
Nadie abrió la puerta ni respondió desde el interior de la vivienda, y entonces León introdujo lentamente la mano dentro del bolsillo interior del abrigo y extrajo una hoja doblada varias veces, un papel amarillento que había conservado desde el día en que recibió la fotografía de Rodari en el Café de las Ruinas, y tras observar durante unos segundos la rendija estrecha debajo de la puerta terminó inclinándose para deslizarlo lentamente hacia el interior de la casa.
El papel desapareció bajo la madera con un movimiento suave y apenas unos segundos después comenzó a escucharse nuevamente, desde el otro lado de la puerta, el sonido de pasos arrastrados aproximándose lentamente hacia ellos.
La lentitud irregular volvía imposible calcular la distancia exacta que separaba a aquella presencia de la puerta, y mientras ese sonido avanzaba a través de habitaciones invisibles, rozando probablemente muebles abandonados y tablas deformadas por la humedad, León sintió cómo la tensión comenzaba a endurecerle los hombros con una intensidad casi física; algo decisivo estaba a punto de ocurrir detrás de aquella madera envejecida.
Inés permanecía inmóvil junto a él observando la rendija inferior de la puerta con una concentración involuntaria, reteniendo la respiración sin darse cuenta mientras el papel desaparecido bajo la madera permanecía fuera de su vista y el sonido de los pasos seguía aproximándose lentamente, arrastrando consigo una sensación desagradable donde la expectativa comenzaba a mezclarse con una amenaza silenciosa que parecía adherirse al aire turbio de la calle.
Entonces los pasos se detuvieron y el silencio posterior se volvió opresivo, dándole un tinte aún más perceptible el rumor distante del tráfico y el golpeteo irregular de alguna persiana mal cerrada movida por el viento, mientras la lámpara seguía proyectando detrás de la cortina aquella luz mortecina que deformaba la silueta del hombre hasta volverla casi irreal.
Ni León ni Inés dijeron nada. Permanecieron quietos frente a la puerta observando aquella presencia inmóvil cuya cercanía convertía el edificio entero en una estructura suspendida entre dos planos distintos de la realidad, y durante varios segundos no ocurrió absolutamente nada hasta que finalmente llegó el ruido seco y mínimo del papel siendo levantado desde el otro lado de la puerta, un sonido insignificante que sin embargo produjo en ambos una reacción inmediata, porque transformaba aquella figura incierta en alguien concreto, en alguien que acababa de leer exactamente el mismo nombre que los había conducido hasta aquella casa.
León tragó saliva lentamente mientras la silueta permanecía inmóvil detrás de la madera, detenida probablemente a escasos centímetros de ellos y sumergida en un silencio cuya duración comenzaba a adquirir una cualidad insoportable.
Entonces una voz atravesó finalmente la puerta.
La voz era baja, gastada, deformada por años de tabaco, insomnio y conversaciones sostenidas demasiado tiempo en susurros, pero aun así conservaba una claridad extraña que volvía cada palabra perfectamente reconocible.
—No deberían haber venido.
La frase descendió sobre ellos con una calma agotada, sin énfasis ni teatralidad, y fue justamente esa ausencia de dramatismo lo que la volvió más difícil de soportar.
No sonaba a advertencia.
Tampoco a recibimiento.
Sonaba a la voz de alguien que había esperado demasiado tiempo la llegada de ese momento y había perdido, muchos años atrás, la capacidad de sorprenderse.
Inés dio un paso apenas perceptible hacia la puerta sin apartar la mirada de la rendija inferior.
—¿Rodari? —preguntó finalmente, dejando escapar el nombre con una cautela que no conseguía ocultar del todo la tensión.
Del otro lado no hubo respuesta inmediata y durante varios segundos sólo volvió a escucharse aquella respiración áspera y fatigada cuya cercanía transformaba la puerta en una separación absurdamente frágil entre dos mundos que llevaban demasiado tiempo orbitando uno alrededor del otro.
Inés tuvo una sensación desagradable recorriéndole lentamente el cuerpo, porque aquella voz no coincidía completamente con el recuerdo que conservaba de Clemente Rodari en Buenos Aires y, sin embargo, había algo reconocible en el ritmo lento de las palabras, en esa manera cautelosa de pronunciarlas, en la impresión de que incluso el lenguaje podía convertirse en una forma de delación.
La lámpara volvió a desplazarse detrás de la cortina y la silueta caminó lentamente hacia algún punto más profundo de la vivienda, provocando durante unos segundos la sensación de que aquel hombre iba a desaparecer nuevamente dentro de la casa y dejarlos otra vez frente a una fachada muda y una puerta cerrada.
Pero entonces comenzó a escucharse desde el interior el sonido metálico de varios cerrojos moviéndose uno después del otro con una lentitud pesada y fatigada, mientras el mecanismo oxidado vibraba a través de toda la estructura del edificio produciendo una resonancia larga y desagradable que parecía avanzar por las paredes húmedas de la escalera.
León e Inés intercambiaron una mirada breve, porque ambos vislumbraron simultáneamente que aquello había dejado de ser una búsqueda intelectual, una sospecha o una reconstrucción fragmentaria de hechos dispersos y estaba convirtiéndose en algo mucho más concreto y mucho más peligroso.
La puerta comenzó finalmente a abrirse hacia adentro con una lentitud exasperante y detrás de aquella línea estrecha de oscuridad que empezaba a revelarse apareció poco a poco el rostro envejecido de un hombre que oficialmente llevaba años muerto.