29. Detrás del muro de las sospechas
León Cáceres permaneció unos segundos inmóvil frente a Inés, retenido dentro de esa vacilación extraña que aparece cuando una persona finalmente adquiere cuerpo después de haber existido demasiado tiempo únicamente en la imaginación, y mientras el murmullo constante del aeropuerto continuaba desplazándose alrededor de ambos con su liturgia interminable de abrazos, despedidas y anuncios metálicos deformados por los altoparlantes, concluyó que la mujer que tenía delante no coincidía exactamente con la imagen que había construido durante las llamadas telefónicas, porque había en ella un desgaste visible, una tensión contenida en la forma de sostener el bolso y una dureza reciente en la mirada que no pertenecían a la voz con la que había hablado desde Madrid durante semanas.
Inés tampoco respondió de inmediato.
Seguía sosteniendo el sobre entre los dedos con una tensión apenas perceptible mientras observaba a León con prudencia, manteniendo una distancia mínima que todavía no podía justificar, y durante unos segundos quedaron quietos frente a frente, retenidos dentro de una rareza difícil de nombrar.
No era timidez ni engorro.
Era otra cosa.
La impresión persistente de haber llegado tarde a una conversación que ya había empezado en otra parte.
—Creí que no venía —dijo finalmente León, dejando escapar la frase con una lentitud prudente que revelaba el esfuerzo por ordenar aquello que todavía no lograba comprender del todo.
Inés sostuvo la mirada unos segundos antes de responder, observando en el rostro de León un cansancio parecido al suyo, una perturbación reciente que tampoco parecía pertenecerle por completo.
—Y yo creí que usted no iba a aparecer nunca.
La frase quedó suspendida entre ambos con una densidad desconcertante, mientras el flujo de pasajeros continuaba desplazándose alrededor sin prestarles atención, y León cayó en la cuenta entonces que el desencuentro no había sido producto de una demora banal ni de un error administrativo, porque había en la forma en que Inés pronunciaba cada palabra una tensión demasiado precisa, una irritación silenciosa sostenida sobre algo mucho más profundo que el simple agotamiento del viaje.
—Recibí un telegrama suyo —dijo León finalmente—, o al menos eso creí.
Inés frunció levemente el ceño.
—Yo no envié ningún telegrama.
El silencio posterior adquirió inmediatamente otra forma, porque la respuesta encajó demasiado rápido dentro de las sospechas que ambos habían comenzado a construir por separado, y durante varios segundos ninguno necesitó formular aquello que empezaba a organizarse con claridad creciente entre ambos: alguien había intervenido deliberadamente para impedir ese encuentro.
León desvió brevemente la mirada hacia la multitud mientras el recuerdo del mensaje regresaba con toda su textura desagradable, el papel amarillento, las palabras escuetas, el tono distante y aquella sensación persistente de falsedad que no había logrado identificar completamente hasta ese instante.
—Decía que no podría viajar durante dos semanas —murmuró—, y que intentaría llamarme más adelante.
Inés dejó escapar una respiración lenta mientras volvía a sentir el peso del sobre todavía retenido entre los dedos.
—A mí me entregaron esto apenas llegué.
León observó el papel sin tocarlo todavía, percibiendo de inmediato el deterioro leve de los bordes y la forma excesivamente cuidadosa en que había sido doblado, y cuando finalmente leyó las líneas escritas en su interior sintió una tensión seca descendiendo lentamente por la espalda.
No confíe en el motivo de su viaje.
Regrese mientras todavía crea que puede hacerlo.
Todo lo demás ya ha sido decidido.
León levantó lentamente la vista.
—Esto no intenta asustarla —dijo con una gravedad distinta—. Intenta moverla.
Inés asintió apenas.
—Eso mismo entendí.
El aeropuerto continuaba rugiendo alrededor de ellos con su respiración mecánica de ciudad intermedia, y sin embargo ambos comenzaron a experimentar una sensación extraña de aislamiento y el espacio comenzaba a cerrarse lentamente alrededor de aquella conversación, separándolos del resto del movimiento humano que continuaba desarrollándose con absoluta normalidad.
—Santiago Millán —dijo Inés finalmente, pronunciando el nombre con una mezcla de desconfianza y repulsión creciente—. Él está detrás de esto.
León permaneció en silencio unos segundos, recordando las llamadas, las interrupciones extrañas en la línea, ciertos comentarios ambiguos y aquella sensación persistente de que alguien escuchaba desde algún punto imposible de localizar.
—Entonces el problema es más grande de lo que pensábamos.
Inés levantó la vista y recorrió el aeropuerto con una atención distinta. Pantallas luminosas, filas ordenadas, equipajes desplazándose sobre cintas y pasajeros atravesando pasillos con la tranquilidad de quienes todavía creen moverse libremente.
Algo había cambiado.
El aeropuerto entero empezaba a parecerle una maquinaria demasiado ajustada, un espacio donde ciertas coincidencias comenzaban a repetirse con exceso.
Y entonces volvió esa sensación.
La misma.
Aquella presión opaca instalada en el pecho desde que escuchó el nombre de Clemente Rodari atravesando la cabina del avión en Buenos Aires.
Rodari.
La figura regresaba una y otra vez desplazándose debajo de todos los acontecimientos recientes con la persistencia de algo que se resiste a permanecer enterrado.
—Tenemos que salir de aquí —murmuró León—. Este lugar es demasiado visible.
Inés sostuvo el sobre unos segundos más antes de guardarlo finalmente dentro del bolso, sintiendo cómo la decisión terminaba de afirmarse en su interior con una claridad irreversible, porque el viaje ya había dejado de pertenecerle únicamente a ella desde mucho antes de aterrizar en Madrid, y cualquier posibilidad de regresar inmediatamente a Buenos Aires comenzaba a parecerse demasiado a una obediencia cuidadosamente diseñada por alguien que necesitaba mantenerla lejos de aquello que estaba a punto de emerger.
Entonces comenzó a caminar junto a León hacia la salida del aeropuerto mientras el murmullo interminable de Barajas continuaba expandiéndose detrás de ellos, y ninguno de los dos alcanzó a percibir que, varios metros más atrás, un hombre apoyado contra una columna doblaba lentamente un periódico antes de seguirlos a distancia con la paciencia disciplinada de quien llevaba demasiado tiempo esperando ese momento.
La calle parecía más estrecha aquella tarde, quizá porque el cielo gris descendía como una cascada turbia sobre Lavapiés con una pesadez viscosa que aplastaba las fachadas añejadas y volvía aún más sombrío el aspecto de aquella hilera de edificios donde la pintura descascarada y los balcones oxidados parecían sostenerse únicamente por costumbre, mientras el aire arrastraba olor a lluvia sucia, fritura rancia y cañerías vetustas, formando esa atmósfera densa que Madrid adquiere ciertos días cuando el barrio deja de parecer una ciudad y comienza a parecer un organismo enfermo.
Inés permaneció unos pasos detrás de León observando la puerta gris que él le había descrito tantas veces durante las conversaciones telefónicas, una puerta angosta y austera, sin ornamentos ni rasgos memorables, cuya absoluta normalidad resultaba precisamente lo más perturbador, porque nada en ella justificaba el lugar desmesurado que ocupaba dentro de los recuerdos de León Cáceres.
—Era aquí —murmuró él, sosteniendo la mirada sobre la madera desgastada—. Estoy completamente seguro.
La ventana del primer piso continuaba cubierta por una cortina amarillenta cuya tela envejecida apenas dejaba pasar la luz mortecina del interior, y durante unos segundos ambos permanecieron inmóviles frente a la fachada silenciosa, escuchando únicamente el rumor distante del tráfico y el goteo irregular de alguna canaleta perdida en los pisos superiores.
León golpeó la puerta con los nudillos y el sonido seco retumbó dentro del edificio con una profundidad extraña, propagándose hacia el interior de la casa de una manera que hacía imaginar habitaciones mucho más grandes de las que aquella fachada permitía suponer.
No hubo respuesta visible ni movimiento alguno que alterara el aspecto muerto de la vivienda, aunque León volvió a golpear, esta vez con mayor firmeza, y mientras el eco terminaba de extinguirse ambos percibieron algo que no pertenecía al silencio habitual de una vivienda abandonada, un ruido leve e impreciso, el roce apagado de algo desplazándose lentamente dentro de la vivienda.
Inés giró apenas la cabeza hacia León sin llegar a hablar, porque la expresión del hombre confirmaba que él también lo había escuchado, y durante varios segundos permanecieron inmóviles observando la puerta mientras desde el interior llegaba otra vez aquella vibración mínima, el sonido incierto de pasos arrastrados o quizá de un mueble desplazándose sobre el suelo con una lentitud fatigada.
Entonces la cortina del primer piso se movió apenas unos centímetros y detrás de la tela amarillenta apareció la silueta borrosa de un hombre que avanzaba lentamente por la habitación sosteniendo una lámpara pequeña cuya luz enfermiza deformaba el contorno de su cuerpo, proyectando sobre las paredes sombras irregulares que desaparecían y regresaban con cada movimiento.
La figura se trasladaba despacio, demasiado despacio, con la lentitud cautelosa de alguien que lleva demasiado tiempo evitando ser visto, y mientras observaba aquella presencia desdibujada detrás de la ventana, Inés sintió una tensión seca recorriéndole el cuerpo, porque el hombre no parecía acercarse a ellos ni tampoco intentar ocultarse del todo, desplazándose dentro de la habitación con una naturalidad inquietante que sugería que sabía perfectamente que estaba siendo observado y que eso ya había dejado de importarle.
—Hay alguien dentro —murmuró finalmente.