17. Onirio febril
El cielo de Buenos Aires había amanecido con esa claridad indecisa de los días en que la luz no termina de comprometerse con las cosas, avanzando con cautela sobre las fachadas, demorándose en el polvo adherido a las cornisas y en los restos frágiles de humedad que todavía sobrevivían a la noche, mientras el ánimo secreto de quienes seguían creyendo habitar una jornada ordinaria permanecía intacto, ignorando que estaban a punto de ser alcanzados por una visita incapaz de ocupar espacio y, aun así, extraordinariamente eficaz para modificarlo todo.
En el taller de la calle Honduras, Inés Elorza trabajaba desde temprano con la concentración severa de quien no busca inspiración, apenas una tregua, inclinada sobre una tabla menor cuyo interés artístico resultaba tan escaso como tranquilizador, porque en ciertos momentos del oficio una obra mediocre cumple una función casi medicinal: evita preguntas, no obliga a reconstruir genealogías imposibles y mantiene cerradas ciertas grietas que otras piezas se empeñan en abrir, entregándose a la limpieza, la consolidación y la corrección con la modestia silenciosa de los objetos razonables, y esa disposición dócil, precisamente por discreta, le resultaba a Inés más valiosa que cualquier fulgor estético.
Sin embargo, ni siquiera aquella humildad pictórica lograba devolverle una sensación aceptable de normalidad, porque desde la llamada a Madrid y, sobre todo, desde la conversación con Santiago, algo en la estructura invisible de los hechos había cambiado de peso, de manera que ya no podía mirar una fotografía, una carta, una tabla envuelta en paño oscuro, una dirección escrita al dorso de una tarjeta o la simple sombra de un bastidor apoyado contra la pared sin preguntarse qué otra cosa, además de la evidente, estaba siendo depositada allí.
La espiral violeta y las líneas cruzadas habían dejado de parecerle una anomalía para convertirse en una sintaxis, y cuando una marca abandona la extravagancia y empieza a comportarse como un lenguaje, el mundo entero pierde una parte considerable de su inocencia.
Había intentado ordenar sobre la mesa los elementos dispersos de la investigación con la disciplina algo desesperada de quien todavía confía en que las superficies, examinadas con suficiente paciencia, terminan confesando su composición, y había colocado frente a sí la fotografía adherida a la madera vieja, la carta violeta con su gentileza insolente, la anotación con el apellido Pedersen, una hoja donde había escrito con letra más seca que la habitual tres palabras que no le gustaban juntas y que, aun así, insistían en reunirse, atraídas por una lógica que todavía se le escapaba —clasificación, trayectorias, custodia— y, más cerca de su mano, la tarjeta hallada entre los papeles de Rodari con el nombre de León Cáceres escrito sobre Madrid, convertido menos en una persona que en un punto de referencia, una ubicación hacia la que demasiadas cosas parecían estar empujándola.
A un lado reposaba el pañuelo oscuro en el que había llegado envuelta la fotografía, una tela sin valor aparente que, aun así, conservaba una presencia desagradablemente persistente, cargada de trayectos, manos desconocidas y desplazamientos imposibles de reconstruir por completo, y a Inés le desagradaba cada vez más comprobar hasta qué punto ciertos objetos empiezan a actuar sobre la conciencia mucho después de haber dejado de parecer importantes.
Levantó el bisturí, apartó con cuidado una pequeña escama de barniz amarillento y la observó adherida a la hoja metálica antes de dejarla caer sobre el papel secante, y en ese gesto mínimo, perfectamente técnico, había una serenidad que ya no lograba contagiarle el resto del cuerpo.
El taller estaba en silencio, envuelto en una quietud trabajada pacientemente a fuerza de rutina y repetición, interrumpida apenas por el roce de las herramientas, el rumor lejano de un colectivo doblando en la esquina o algún estallido aislado de voces que subía desde la calle, y desde hacía días había comenzado a desconfiar precisamente de esos momentos en los que nada parecía ocurrir, porque la experiencia reciente le había enseñado que lo verdaderamente perturbador rara vez llegaba acompañado de estrépito y prefería manifestarse mediante la suavidad excesiva de aquello que ya conoce el sitio exacto que ocupa.
Cuando sonó el teléfono, el timbre no la sobresaltó.
Lo que apareció fue otra cosa: una resistencia inmediata y difícil de justificar, la sensación atípica de reconocer desde el primer sonido que aquella llamada quedaba fuera de la arquitectura habitual del día y que, por esa misma razón, tampoco podía atenderse con la cortesía reservada para asuntos menores.
No sonó con urgencia. Tampoco con ansiedad.
Sonó una vez, dejó un pequeño vacío suspendido en el aire y volvió a hacerlo con idéntica cadencia, siguiendo un ritmo demasiado calculado para parecer casual, como si al otro lado de la línea alguien necesitara confirmar algo mucho más simple y mucho más inquietante: que ella seguía allí.
Inés no se apresuró. Dejó el bisturí sobre la mesa, se limpió las manos en el paño de lino y permaneció un segundo más de lo necesario mirando el aparato negro apoyado sobre la repisa, aquel teléfono sólido y opaco cuya existencia había comenzado a resultarle sospechosa, porque los hilos invisibles que lo unían al exterior ya no parecían transportar voces, y empezaban, cada vez con mayor frecuencia, a traer consecuencias.
Descolgó.
—¿Sí?
a línea respondió primero con un zumbido tenue, una vibración casi doméstica, y luego quedó suspendida en uno de esos silencios que no parecen vacíos, porque transmiten la sensación inquietante de estar escuchando.
—¿Inés Elorza? —preguntó una voz.
No era una voz extraña, y ése fue su primer agravio.
No tenía relación con el timbre, la edad ni la dicción; lo perturbador residía en otra parte, en una familiaridad demasiado cercana para resultar casual, de esa clase que no se improvisa y que, justamente porque evita exhibirse como amenaza, consigue desestabilizar con mayor eficacia.
—Sí —respondió—. ¿Quién habla?
Hubo una pausa breve, aunque no transmitía vacilación. Parecía el tiempo exacto que alguien necesita para decidir cuánto está dispuesto a revelar.
—Clemente Rodari.
Inés no sintió primero miedo. Sintió una cancelación física, y una parte del cuerpo había decidido suspender su tarea sin consultar al resto.
No apretó el auricular ni respiró hondo ni permitió que el sobresalto adoptara una forma visible; se limitó a sostener el aparato junto a la oreja mientras el nombre, pronunciado con esa serenidad insoportable, reorganizaba de un golpe todos los hechos recientes.
—No —dijo al fin, y la palabra tuvo la forma de una defensa tardía—. Eso no es posible.
—La posibilidad es una superstición de los vivos —respondió la voz con una calma que no admitía ironía—.
Usted habló conmigo en la escuela. Vino con una tabla envuelta en un paño oscuro.
No tenía la pintura original, sólo una fotografía adherida a madera antigua.
Yo le dije que la obra no quería ser ubicada. También le dije que fuese prudente.
Cada frase caía con la precisión desagradable de una llave bien cortada entrando en la cerradura adecuada. Inés apoyó la mano libre sobre la mesa y sus dedos rozaron, sin querer, el borde de la carta violeta.
—¿Quién es usted? —preguntó, y esta vez el esfuerzo por sostener la voz le dejó una aspereza visible—. ¿Quién le contó eso?
—Nadie me lo contó.
—Entonces explíqueme cómo lo sabe.
La respuesta tardó apenas un segundo.
—Porque estuve allí.
Inés cerró los ojos para aislar mejor la voz del resto del mundo, creyendo que privarse de la imagen podría ayudarla a detectar la mentira.
El tono no era imitativo, no tenía la exageración torpe de quien reproduce una entonación ajena y se enamora de su propia habilidad; no era una mascarada, y esa misma ausencia de teatralidad era lo que más la irritaba.
—A Rodari lo declararon muerto hace tres años y siete meses —dijo—. Eso figura en los registros de la escuela.
—Los registros también se restauran —respondió la voz—, y a veces se intervienen con una grosería que ofende más que una mala reintegración de color.
La frase no sólo era inquietante. Era propia de alguien que conocía el oficio, o que sabía exactamente cómo hablarle a una restauradora sin desperdiciar una sola palabra.
—No juegue conmigo.
—No la he llamado para jugar.
Se produjo un silencio breve durante el cual ella creyó oír, muy lejos, como detrás de una pared gruesa o de una memoria mal cerrada, el rumor de hojas al moverse o de papeles desplazándose sobre un escritorio.
No era un sonido nítido, pero tenía esa textura burocrática y antigua de los lugares donde las decisiones se esconden dentro de carpetas.
—Entonces dígame por qué me llama.
—Porque usted está mirando donde no conviene.
—Eso no me dice nada.
—La pintura que recibió no es una excepción —continuó la voz, ignorando la protesta—. Es una clave tardía. Lo que usted tiene no señala una obra. Señala un trayecto. Y ese trayecto ya ha empezado a cerrarse.
Inés abrió los ojos y dirigió la mirada, sin proponérselo, hacia la fotografía. El rostro fragmentado parecía más opaco bajo la luz gris de la mañana, y sin embargo el símbolo en la esquina retenía una obstinación extraña que parecía haber sido invocado desde ella.
—¿Quién está haciendo esto? —preguntó.
—Ésa es una pregunta prematura.
—No para mí.
—Para usted, sobre todo.
Inés se apartó de la mesa y caminó hasta la ventana con el auricular pegado al oído.
Afuera, la calle continuaba con su desorden razonable, un muchacho en bicicleta, una persiana subiendo, una mujer sacudiendo un mantel en un patio interior.
Nada en el mundo visible hacía justicia a lo que estaba ocurriendo dentro de esa llamada.
—Si usted es quien dice ser —dijo lentamente—, entonces dígame algo que no pueda saber nadie más.