17. Onirio febril #2
La respuesta llegó sin vacilar.
—La última vez que me vio, usted no estaba mirando la imagen.
Estaba mirando el borde inferior izquierdo de la madera, porque había notado una diferencia de densidad en la superficie, una leve rugosidad donde la fotografía parecía haber sido adherida más tarde.
No me lo dijo enseguida. Lo pensó primero.
Y luego me preguntó si una obra podía ser peligrosa antes de ser auténtica.
Inés sintió que el aire del taller perdía consistencia, porque aquello que estaba escuchando no despertaba incredulidad; producía algo peor: la sensación de que alguien describía un recuerdo ajeno con demasiada fidelidad.
No había compartido ese detalle con nadie. Ni con Santiago, ni con León, ni siquiera consigo misma en voz alta. Había sido un pensamiento instantáneo, casi vergonzante, de esos que uno no convierte en frase para no otorgarles estatuto de realidad.
—Eso no lo dije —murmuró.
—No —respondió la voz—. Lo pensó.
El silencio se abrió entre ambos como una herida más seria que cualquier revelación.
Inés volvió lentamente a la mesa y dejó la mano sobre la madera vieja a la que estaba adherida la fotografía. El contacto era frío.
—¿Qué quiere de mí?
—Que deje de buscar en la dirección equivocada.
—¿Y cuál es la correcta?
—No los autores —dijo la voz—. Los custodios. No la firma. La clasificación. No la obra en sí. El orden en el que fue desplazada.
Cada respuesta parecía menos una orientación que una corrección, y esa forma de hablar le resultó intolerable porque anulaba de antemano cualquier mérito de su propio recorrido.
—No me ha llamado para advertirme —dijo, con una irritación que le devolvía algo de verticalidad—. Me ha llamado para dirigir la investigación.
—No. La he llamado porque ya está dentro.
—¿Dentro de qué?
Hubo una pausa leve.
—De aquello que decidió no desaparecer del todo.
La frase le resultó insoportable, no tanto por su oscuridad como por esa manera insistente de imponer una lógica allí donde, a esas alturas, sólo deberían existir restos dispersos.
—Entonces dígame de una vez quién está moviendo las piezas —exigió—, porque no pienso seguir recogiendo migajas de un muerto que habla por teléfono.
La voz no respondió enseguida. Cuando volvió a escucharse, había perdido parte de aquella neutralidad inicial; cargaba ahora con un peso distinto, una fatiga difícil de ocultar, casi cercana a la tristeza.
—Santiago Millán.
El nombre produjo en Inés un rechazo inmediato, porque escucharlo pronunciado con tanta naturalidad volvía todo mucho más real de lo que estaba dispuesta a aceptar.
—No —dijo con rapidez—. No.
—Sí.
—Santiago no tendría por qué…
—Tiene todas las razones del mundo —interrumpió la voz—. Ocupó el lugar correcto, en el momento correcto, con la obediencia correcta. A algunos hombres los elige la historia porque saben arrodillarse sin dejar de parecer de pie.
Inés apretó el auricular con más fuerza.
—Está mintiendo.
—Lo preferiría.
—Santiago estuvo conmigo, intentó ayudarme.
—No. Santiago intentó aquietarla.
La frase la hirió por la forma en que encajaba demasiado bien.
—Le dijo que yo había muerto, que me habían velado, que me habían llorado, que si yo siguiera vivo alguien de la cátedra lo sabría antes que usted —continuó Rodari con una calma casi insoportable—, y al hacerlo intentaba algo mucho más eficaz: devolverla a una lógica de obediencia donde los registros pesan más que aquello que uno ha visto con sus propios ojos.
Inés no habló. Permaneció inmóvil, descubriendo desde el comienzo de la llamada que su resistencia empezaba a abrirse, apenas, en un punto que hasta entonces había permanecido intacto.
—¿Cómo sabe eso? —preguntó al fin.
—Porque Santiago no llegó después. Santiago llegó para sustituir. Y quienes llegan para sustituir no heredan una cátedra: heredan una función.
La habitación pareció estrecharse.
—No.
—No quiere creerlo, y hace bien —dijo la voz—, porque hay verdades que, si se aceptan demasiado rápido, le quitan a uno la posibilidad de defenderse. Pero no confíe en él. No vuelva a hablarle como si todavía estuviera fuera de esto.
Inés miró la carta, el pañuelo, la tarjeta, la fotografía, y durante un instante todas aquellas piezas dejaron de parecer dispersas.
No encajaban del todo.
Pero empezaban a hacerlo.
—Si Santiago está dentro —dijo lentamente—, entonces ha estado mirando mis movimientos desde el principio.
—Desde mucho antes de que usted creyera empezar a moverse.
La frase dejó una semilla de hielo en la conciencia de Inés.
—No —repitió, aunque esta vez la negación ya tenía la forma de una defensa.
—No le pido que me crea —respondió la voz—. Le pido que dude en la dirección correcta.
Y en el mismo instante en que la frase se extinguía, Inés bajó la mirada hacia la fotografía y advirtió algo que no había visto antes.
No fue una transformación espectacular ni un prodigio de feria.
Fue algo infinitamente peor por su modestia: en el borde inferior del soporte, allí donde recordaba una zona lisa y opaca, había ahora un pequeño trazo violeta, mínimo, casi una insinuación, una línea curva que no alcanzaba todavía a formar la espiral, pero que pertenecía inequívocamente al mismo sistema gráfico.
Retiró la mano con un movimiento seco.
—¿Qué ha hecho? —preguntó.
—Nada.
—La marca no estaba ahí.
—No estaba visible —corrigió la voz.
La misma corrección. La misma fórmula de desplazamiento. La misma insoportable lógica de lo que se revela cuando decide hacerlo.
—Escúcheme bien —dijo ella con una dureza que esta vez sí le salió limpia—. Si vuelve a llamarme, más le vale decirme dónde está.
La voz tardó un momento en responder, y cuando lo hizo el tono había descendido apenas, transitando hacia algo más grave.
—No pregunte dónde. Pregunte quién sigue clasificando.
Y la línea se cortó con esa extinción casi burocrática de las comunicaciones que dejan tras de sí un zumbido neutro, un ruido sin atributos que, sin embargo, puede resultar más desolador que cualquier despedida.
Inés mantuvo el auricular junto al oído durante algunos segundos más, esperando que la voz regresase desde alguna región residual del cable. Luego colgó lentamente y permaneció inmóvil.
El taller seguía en su sitio. La calle seguía respirando detrás de los cristales.
La pava, olvidada en la cocina, devolvía el mundo a su materialidad con un ligero chasquido metálico.
Nada había cambiado y, sin embargo, el centro mismo de la habitación parecía haber sido desplazado unos centímetros.
Se acercó de nuevo a la mesa y examinó el borde inferior de la fotografía con la concentración helada de quien teme confirmar lo que ya sabe.
Allí estaba, en efecto, el trazo violeta, demasiado definido para atribuirlo a un accidente visual, demasiado persistente para culpar a la luz: una línea mínima que se cerraba hacia adentro insinuando la promesa de la espiral.
No la tocó.
Algunas incoherencias producen espanto cuando dejan de parecer errores y empiezan a funcionar como un sistema propio.
Clemente Rodari seguía muerto en los registros, Santiago Millán seguía ocupando el lugar razonable del colega sensato, y, sin embargo, una voz imposible acababa de introducir en su conciencia una sospecha que ya no se dejaría desalojar con facilidad.
No quería creerle.
Y sin embargo la duda, esa forma más sutil y más cruel del veneno, ya había empezado a trabajar.
Se sentó despacio, sin apartar la vista de la fotografía, y pudo admitir algo que hasta entonces había intentado evitar con la terquedad de los oficios bien aprendidos: quizá ya no estaba investigando una serie de obras desplazadas.
Quizá estaba siendo leída por ellas.
17. Onirio febril