El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 15. ¿Quién es quién? #4
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15. ¿Quién es quién? #4

Franz permaneció unos segundos en el umbral, observando la escena sin anunciarse, atrapado por la sensación persistente de haber regresado antes de tiempo impulsado por una inquietud imposible de nombrar, porque algo en la casa parecía haberse desplazado durante su ausencia y necesitaba comprobar con sus propios ojos qué era aquello que ya no ocupaba el mismo lugar.

—No sabía que estabas aquí —dijo finalmente.

Alejandro giró apenas la cabeza, sin sobresalto.

—Estaba mirando esto.

Franz avanzó unos pasos y se detuvo a una distancia calculada, suficiente para vigilar el cuadro y también al muchacho.

—Preferiría que no tocaras las obras.

Alejandro lo miró entonces con una serenidad desconcertante, una calma inmóvil que resultaba bastante más pesada que cualquier gesto abierto de rebeldía.

—No la estoy tocando —dijo—. La estoy viendo.

Franz dirigió la mirada hacia la pintura, y aunque ya había observado esas marcas la noche anterior, algo había cambiado.

Verlas después de Alejandro modificaba su peso, su disposición y hasta la manera en que ocupaban la superficie, porque ciertas imágenes dejan de ser las mismas apenas descubrimos quién puede leerlas sin esfuerzo.

—¿Y? —preguntó.

Alejandro volvió a fijar los ojos en la superficie.

—Esto es reciente.

Franz sintió un estremecimiento leve, contenido, que no necesitaba manifestarse para instalarse.

—¿Cómo lo sabes?

Alejandro dejó pasar unos segundos antes de responder porque la respuesta no parecía depender de una formulación inmediata.

—Porque no estaba así.

El silencio que siguió no fue acumulativo.

Franz lo observó con atención renovada.

—¿Cuándo la viste antes?

Alejandro no respondió de inmediato.

Sus ojos permanecían en la pintura.

—Hace tiempo.

—¿Aquí?

Alejandro negó con un movimiento leve.

—No.

La respuesta no sonó evasiva; quedó suspendida en el aire con esa clase de exactitud comprometida que hace evidente que alguien ha decidido callar una parte.

Franz sintió entonces que algo comenzaba a desplazarse dentro de su memoria, porque aquella afirmación abría una posibilidad que hasta ese momento había descartado por innecesaria.

—¿Dónde entonces?

Alejandro se encogió apenas de hombros y el gesto pareció cuidadosamente administrado, medido hasta en aquello que decidía no expresar.

—En otro lugar.

Franz asimiló, con una claridad que le produjo un vértigo inmediato, que su hijo no estaba improvisando.

Tampoco parecía estar armando hipótesis sobre la marcha.

Había en su forma de responder una seguridad extraña, demasiado estable, demasiado cercana a quien habla desde un conocimiento previo y decide conservar una parte para sí.

Alejandro volvió a cubrir parcialmente la obra con la tela, moviendo las manos con una lentitud distinta a la de antes y regulando cada gesto con una cautela inesperada, como si comprendiera que ciertas imágenes sólo conservan intacto su significado mientras permanecen suspendidas entre el ocultamiento y la revelación, protegidas por una superficie que apenas deja adivinar lo que esconde.

—Has dejado entrar a demasiada gente en casa.

Franz sostuvo la mirada de su hijo sin responder de inmediato.

Permaneció inmóvil unos segundos, con una mano apoyada sobre el borde del bastidor y la otra todavía suspendida en el aire, mientras intentaba decidir si aquella observación debía interpretarse como un reproche o como una simple constatación.

—No era cualquiera.

Una sonrisa leve atravesó el rostro de Alejandro, una expresión apenas insinuada que no contenía ironía ni desafío, sino la tranquila seguridad de quien ha llegado a una conclusión mucho antes que los demás.

—Nunca son cualquiera.

Después giró sobre sí mismo y se encaminó hacia la puerta, dejando tras de sí una corriente de aire apenas perceptible que hizo oscilar las telas grises bajo las cuales descansaban las pinturas, de manera que durante un instante pareció que todas respiraban al mismo tiempo.

Franz no lo siguió. Permaneció frente al cuadro y retiró otra vez la tela hasta descubrir el rostro fragmentado, permitiendo que la luz que entraba por la pequeña ventana lateral recorriera lentamente la superficie envejecida del óleo hasta detenerse en las dos líneas violetas y en la espiral que las unía con una precisión casi geométrica.

Aquellas marcas seguían siendo las mismas que había observado la noche anterior y, sin embargo, habían dejado de ocupar el mismo lugar en su pensamiento, porque ahora estaban atravesadas por una frase de Alejandro y por otra, pronunciada apenas unas horas antes por Martin Lughnar, dos voces distintas que comenzaban a superponerse con una inquietante facilidad.

Durante años había confiado en la estabilidad de un orden construido sobre acuerdos silenciosos, convencido de que bastaba con no formular ciertas preguntas para mantenerlas fuera de la realidad.

Sin embargo, bastaba una restauradora en Buenos Aires, una llamada telefónica inesperada o un muchacho que afirmaba haber visto antes aquella pintura para que el edificio entero empezara a mostrar grietas que siempre habían estado allí.

Oyó nuevamente los pasos de Alejandro en el pasillo y, sin necesidad de girarse, supo que había regresado.

El joven tomó la carpeta que había olvidado sobre una silla y permaneció unos instantes contemplando la obra junto a su padre, compartiendo un silencio que no resultaba incómodo porque ambos dirigían la atención hacia el mismo lugar.

—¿Te preocupa la pintura? —preguntó finalmente.

Franz negó despacio.

—Hace tiempo que dejó de preocuparme la pintura.

Alejandro siguió observando la espiral.

—Entonces te preocupan las personas.

Franz no respondió. La afirmación había encontrado su sitio antes de que pudiera discutirla.

El depósito recuperó lentamente su quietud habitual.

Las telas volvieron a cubrir los bastidores, el olor persistente del barniz viejo recuperó el dominio del ambiente y la luz de la tarde comenzó a retirarse de las paredes con una lentitud casi imperceptible, mientras padre e hijo permanecían inmóviles frente al cuadro sin necesidad de añadir una sola palabra.

La llamada de Inés Elorza no había alterado únicamente el recorrido de unas obras cuyo origen llevaba décadas intentando proteger. Había desplazado algo mucho más delicado: la manera en que miraba a quienes lo rodeaban.

Santiago Millán seguía siendo el mismo hombre de siempre. La misma voz, los mismos gestos medidos, la misma prudencia y la misma serenidad.

Lo único que había cambiado era el lugar desde el que Franz empezaba a observarlo.

Y esa diferencia, tan discreta como las líneas violetas que atravesaban el óleo, bastaba para convertir una antigua certeza en una duda capaz de sobrevivir durante años.