15. ¿Quién es quién? #3
Santiago descendió los escalones de piedra con paso pausado y caminó hacia el automóvil estacionado junto al sendero sin volver la cabeza.
Sólo cuando apoyó la mano sobre la manija sintió esa incomodidad difícil de nombrar que dejan ciertas conversaciones donde nada ha sido dicho de manera explícita y, sin embargo, todo parece haber cambiado de lugar.
Permaneció un instante inmóvil, mirando el reflejo deformado de la casa sobre el vidrio lateral del coche, preguntándose por qué la actitud de Franz había resultado tan distinta de la habitual y qué elemento, invisible para él, había alterado un vínculo que hasta entonces había considerado estable.
Encendió el motor y el vehículo comenzó a alejarse lentamente entre los árboles mientras el polvo rojizo del camino se levantaba detrás de las ruedas con una parsimonia casi ceremoniosa. No volvió a mirar por el espejo retrovisor y, aun así, tuvo la persistente sensación de seguir siendo observado.
Franz permaneció bajo el alero hasta que el automóvil desapareció por completo.
Sólo entonces regresó al salón acompañado por Ingrid, que cerró la puerta con un movimiento lento y dejó que el silencio volviera a ocupar cada rincón de la casa, un silencio muy distinto del anterior, porque ya no pertenecía a la tranquilidad cotidiana sino a esa forma particular de incertidumbre que aparece cuando una duda encuentra un lugar donde instalarse.
Sin decir una palabra, Franz se acercó a la mesa y tomó una de las fotografías que Alejandro había dejado extendidas sobre el mantel.
La sostuvo frente a la ventana buscando una mejor luz y dejó que la mirada recorriera lentamente la superficie cuarteada del óleo hasta detenerse en las dos líneas violetas que se cruzaban discretamente junto a una pequeña espiral, una intervención tan mínima que cualquier observador distraído habría atribuido a una restauración antigua o a un accidente del pigmento.
Sin embargo, él ya no contemplaba la marca.
Contemplaba el instante en que Santiago había posado los ojos sobre ella.
No recordaba exactamente cuánto había durado aquella mirada.
Tal vez un segundo, tal vez dos. Lo suficiente, en cualquier caso, para que Martin Lughnar volviera a hacerse presente desde la memoria con una claridad irritante, repitiendo una frase que durante la llamada le había parecido una simple especulación y que ahora regresaba revestida de una lógica insoportablemente verosímil: todos damos demasiadas cosas por ciertas hasta que alguien nos obliga a mirarlas de nuevo.
Ingrid se acercó despacio y apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.
—Sigues pensando en Millán.
Franz no respondió enseguida. Continuó observando la fotografía con una atención impropia de quien conoce una obra desde hace años y, mientras lo hacía, descubrió que estaba reconstruyendo mentalmente conversaciones antiguas, silencios, visitas, llamadas telefónicas y respuestas que hasta esa tarde jamás le habían parecido sospechosas.
Durante mucho tiempo había desconfiado de marchantes, funcionarios, coleccionistas y restauradores porque había aprendido que todos ocultaban algo; sin embargo, nunca había aplicado esa misma regla a Santiago Millán, precisamente porque la costumbre había terminado por ocupar el lugar de la confianza.
Ahora esa costumbre empezaba a resquebrajarse.
—No lo sé —murmuró al fin, sin apartar la vista de la imagen—. Pero hace unas horas estaba convencido de conocer perfectamente a ese hombre y ahora empiezo a preguntarme si alguna vez supe realmente quién era.
Ingrid siguió el recorrido de su mirada hasta la pequeña espiral violeta y permaneció inmóvil.
Aquellas líneas seguían cruzándose sobre la superficie envejecida del cuadro con absoluta indiferencia hacia las sospechas de los vivos, como si hubieran esperado décadas enteras para cumplir exactamente esa función: abrir una grieta donde antes sólo había certezas.
Franz dejó la fotografía sobre la mesa y, con un gesto aprendido durante años de convivencia con aquellas obras, volvió a cubrirla cuidadosamente con el paño gris que la protegía del polvo y de la luz.
El movimiento era idéntico al que había repetido cientos de veces, pero mientras acomodaba la tela comprendió que ya no estaba ocultando una pintura.
Estaba intentando cubrir una duda.
Y las dudas, pensó mientras apagaba la luz del salón y la casa recuperaba lentamente su antigua penumbra, poseen una extraña vocación por atravesar las telas, sobrevivir a los archivos y regresar siempre cuando alguien cree haberlas guardado para siempre.
Alejandro Pedersen tenía veinte años y una manera de desplazarse por la casa que no correspondía ni a su edad ni a la ligereza que todavía conservan quienes creen estar empezando algo, porque en él parecía haberse instalado una conciencia impropia, adquirida por exposición temprana a ciertos hábitos y ciertas presencias, hasta el punto de que cada paso parecía antecedido por una evaluación silenciosa del espacio, de los objetos y de aquello que podía permanecer oculto detrás de ellos, una vigilancia rara vez visible y que, aun así, terminaba impregnando todos sus movimientos de una rigidez difícil de explicar y todavía más difícil de ignorar.
Había heredado de su padre la claridad de los ojos, pero no su manera de habitarla, porque allí donde en Franz esa transparencia todavía dejaba lugar a la duda, a la prudencia o incluso a una melancolía que el tiempo había depositado con paciencia casi pedagógica, en Alejandro esa misma claridad se había endurecido hasta volverse opaca, casi cortante, observando el mundo desde una distancia vinculada con algo anterior, algo que no se enseñaba ni se elegía, algo que terminaba instalándose del mismo modo en que ciertas costumbres ocupan una casa vieja: primero discretamente, después en todas partes, aguardando apenas el instante oportuno para revelar que siempre habían estado allí.
La casa de Eldorado amaneció al día siguiente con una quietud distinta, más espesa, menos funcional; las paredes parecían haber retenido fragmentos de la conversación de la noche anterior y ahora se negaban a devolverlos por completo al aire, y aunque Franz había salido temprano hacia la cooperativa con esa determinación que suele confundirse con normalidad, el resto de la casa permanecía suspendido en una inmovilidad extraña, atrapado en una pregunta que nadie parecía dispuesto a formular.
Alejandro atravesó el pasillo sin prisa, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en un punto que estaba dentro de una secuencia que sólo él parecía seguir, hasta detenerse frente a la puerta del depósito, donde permaneció unos segundos inmóvil, midiendo, verificando que el lugar seguía siendo el mismo después de lo ocurrido.
Empujó la puerta con suavidad.
El interior lo recibió con ese olor persistente a madera envejecida, tela y barnices que habían perdido su intensidad hasta convertirse en una presencia casi mineral, seca, que poco evocaba ya la vida de las obras y mucho más su almacenamiento, sin embargo, incluso en esa quietud, había algo que no terminaba de asentarse, una variación mínima que no podía describirse pero que se percibía con la misma claridad con la que se percibe una alteración en una habitación que siempre fue igual.
Las obras permanecían apoyadas contra las paredes, cubiertas parcialmente por telas que colgaban como una vegetación inmóvil, formando un conjunto de superficies ocultas que no ofrecían resistencia, pero tampoco invitaban a ser descubiertas.
Alejandro avanzó entre ellas con una naturalidad que no parecía irreverencia, porque en sus movimientos había algo más cercano al reconocimiento; aquel espacio no le resultaba ajeno ni reciente y, mientras avanzaba, daba la impresión de regresar a un lugar que, de alguna manera difícil de explicar, ya había recorrido antes.
No se detuvo con cautela ni evitó el contacto, y en más de una ocasión apartó una tela con un gesto directo, casi impaciente, como quien busca confirmar, como quien no necesita permiso para tocar aquello que, en su lógica, ya le pertenece.
Finalmente se detuvo frente a la obra que Santiago había observado la noche anterior.
La observó durante unos segundos sin moverse.
Luego retiró la tela por completo.
El rostro fragmentado emergió con esa violencia contenida, ajena a la materia pictórica y dependiente de otra cosa, de la manera en que la imagen parecía sostener algo imposible de reducir a su superficie, mientras las grietas dejaban de funcionar como accidentes materiales para convertirse en la evidencia inmóvil de una fractura todavía inconclusa.
Alejandro inclinó ligeramente la cabeza, acercándose lo suficiente para examinar la pintura con una atención que no necesitaba instrumentos, y durante un instante pareció contenerse, retenido frente a esa frontera mínima que separa la observación de la participación directa, frente a esa última oportunidad de permanecer afuera.
Pero finalmente lo hizo.
Apoyó los dedos en el borde inferior del marco y lo giró apenas, evaluando el peso, la tensión del bastidor y la resistencia del conjunto, moviéndose con una seguridad impropia de alguien enfrentado a algo nuevo, ejecutando cada gesto con la familiaridad de quien ya conoce la secuencia y únicamente necesita verificar que las respuestas continúan donde siempre estuvieron.
Sus ojos se detuvieron entonces en la intervención.
La espiral. Las líneas cruzadas.
Alejandro no se sorprendió.
Frunció apenas el ceño, aunque aquel gesto no parecía nacido del desconcierto; transmitía, más bien, la rara sensación de quien encuentra una confirmación largamente esperada.
—Interesante —murmuró, casi sin voz, mientras la palabra quedaba suspendida en el aire con una función extraña, menos cercana a una opinión que al comienzo de una lectura distinta.
En ese momento, la puerta del depósito se abrió con una lentitud que no intentaba disimular la presencia de quien entraba.