15. ¿Quién es quién? #2
Durante años había visto conversar a Franz con comerciantes, coleccionistas, funcionarios, marchantes y restauradores.
Sabía reconocer cuándo una conversación buscaba información y cuándo perseguía una confirmación.
Aquella pertenecía a una tercera categoría mucho más áspera: la de quienes intentan averiguar si la persona que tienen delante sigue siendo la misma que conocieron.
Santiago volvió a tomar la palabra.
—¿Qué más dijo Martin?
Franz sonrió apenas, una expresión tan breve que desapareció antes de terminar de formarse.
—Me sorprende que sea eso lo que más le interese.
—¿Debería interesarme otra cosa?
—No lo sé.
La respuesta llegó con una serenidad desconcertante.
—Hace mucho tiempo que dejé de saber qué cosas le interesan realmente, Millán.
La frase cayó sobre la habitación con la suavidad de una hoja seca y, precisamente por eso, resultó más inquietante que cualquier acusación abierta.
Santiago permaneció inmóvil.
Comprendió que Franz no estaba intentando obtener información sobre Inés Elorza ni sobre Clemente Rodari.
Lo estaba observando a él, revisando mentalmente años enteros de conversaciones compartidas, reorganizando recuerdos y respuestas bajo una luz distinta, como un restaurador que descubre, demasiado tarde, que el barniz que protegía una pintura ocultaba también una imagen completamente diferente.
Desde el jardín llegó el ruido de unos pasos apresurados.
Un segundo después se oyó la puerta exterior y una voz joven preguntando por alguien sin molestarse en bajar el volumen.
Franz no apartó la vista de Santiago.
Pero pensó, con una claridad casi atrevida, que la llamada de una restauradora desde Buenos Aires ya no era el problema más urgente de aquella tarde.
El problema acababa de sentarse frente a él con una taza de café entre las manos y una serenidad tan impecable que empezaba a parecer cuidadosamente ensayada.
La llegada de Alejandro no fue anunciada por ningún timbre ni por una llamada desde el jardín, sino por el golpe seco de la puerta principal y por una sucesión de pasos rápidos que recorrieron el pasillo con la confianza insolente de quien ha vivido demasiado tiempo en una casa para aceptar que alguna habitación pueda estar vedada.
Entró al salón con una carpeta de cartón bajo el brazo y el cabello todavía revuelto por el calor de la tarde, dispuesto a atravesar la estancia sin detenerse, pero la presencia de Santiago Millán lo obligó a reducir el paso y a mirar alternativamente a uno y otro, percibiendo con la intuición desordenada de la juventud que acababa de irrumpir en una conversación donde las palabras importaban bastante menos que los silencios.
Dejó la carpeta sobre la mesa y se quitó la campera con un movimiento distraído.
—No sabía que teníamos visitas.
Nadie respondió inmediatamente.
Franz seguía sentado con las manos apoyadas sobre los apoyabrazos del sillón, inmóvil, mientras Santiago sostenía todavía la taza de café sin haber vuelto a beber desde hacía varios minutos.
Ingrid fue la única que intentó devolver cierta normalidad a la escena al acercarse para retirar un plato vacío, aunque bastó una mirada para comprender que cualquier gesto doméstico resultaría inútil frente a la densidad que empezaba a instalarse en el salón.
Alejandro terminó por servirse él mismo una taza y bebió un sorbo antes de volver a hablar.
—Mamá me dijo que había llamado una restauradora desde Buenos Aires. Supuse que era por las pinturas.
Franz levantó lentamente la vista.
—¿Qué pinturas?
La pregunta no sonó natural.
Alejandro lo miró con extrañeza, como si le sorprendiera que alguien dentro de esa casa necesitara fingir ignorancia sobre un asunto tan evidente.
—Las del depósito.
Durante un instante el reloj de péndulo pareció recuperar protagonismo, dejando caer un nuevo segundo sobre la habitación.
Santiago observó de reojo a Franz y creyó advertir un cambio casi imperceptible en la expresión de su rostro. No era sorpresa. Tampoco preocupación. Era una forma de cálculo que hasta entonces nunca había asociado con él.
Alejandro abrió la carpeta con la despreocupación de quien manipula papeles viejos sin sospechar que pueden alterar el rumbo de una conversación.
Fue sacando varias fotografías apoyadas sobre cartón gris y las distribuyó sobre la mesa sin orden aparente, dejando que cada una encontrara su propio espacio entre las tazas y los ceniceros.
Santiago se inclinó apenas.
Las reconoció inmediatamente como registros de conservación: barnices envejecidos, craquelados profundos, repintes antiguos y superficies castigadas por décadas de humedad.
Sin embargo, su atención terminó por detenerse en otro detalle mucho menos visible.
En dos de las imágenes aparecía un trazo violeta casi perdido entre las grietas del óleo, dos líneas que se cruzaban y una pequeña espiral encerrada sobre sí misma, una intervención tan discreta que habría pasado inadvertida para cualquier observador apresurado.
No hizo comentario alguno.
Simplemente prolongó un segundo más la contemplación de aquellas fotografías.
Franz advirtió ese segundo.
No registró la dirección de la mirada, sino su duración.
Descubrió así que había dejado de escuchar las respuestas de Santiago para empezar a estudiar la manera en que observaba las cosas, exactamente igual que un restaurador examina una superficie sospechosa buscando la línea mínima que delata una intervención posterior.
—¿Le resultan familiares? —preguntó con una serenidad que ocultaba demasiado trabajo interior.
Santiago levantó la cabeza y volvió a apoyar la espalda contra el sillón.
—No.
La respuesta llegó con una rapidez impecable.
Y precisamente esa perfección comenzó a inquietar a Franz.
Durante años había considerado a Santiago Millán un hombre eficaz, discreto y extraordinariamente prudente, alguien capaz de moverse entre documentos, personas y obras sin dejar nunca una marca visible de su paso.
Ahora, bajo la influencia de una duda que Martin Lughnar había depositado cuidadosamente en su memoria, aquella misma virtud empezaba a parecerle un motivo suficiente para desconfiar.
Alejandro, completamente ajeno a ese desplazamiento invisible, tomó una de las fotografías y la sostuvo frente a la ventana.
Era el retrato de un rostro apenas construido, una figura quebrada por planos oscuros que parecía intentar reunirse a sí misma sin conseguirlo del todo.
—Siempre pensé que alguien la había arruinado —comentó.
Santiago observó la imagen unos instantes antes de responder con absoluta naturalidad.
—Tal vez alguien intentó conservarla.
Alejandro sonrió.
—O esconderla.
La observación quedó suspendida en el aire con la ligereza de una ocurrencia juvenil, pero Franz sintió que aquella palabra caía sobre su memoria con un peso inesperado.
Conservación. Conservación del patrimonio.
Conservación preventiva. Conservación de las obras.
Martin Lughnar había utilizado el mismo término apenas unas horas antes, cuando le habló de Inés Elorza, de las marcas añadidas y de los cuadros que seguían desplazándose por el mundo bajo identidades falsas.
Era una coincidencia insignificante.
Probablemente casual.
Y, sin embargo, comprendió que la sospecha no necesita pruebas para empezar a crecer; le basta una palabra repetida en el momento oportuno para reorganizar retrospectivamente veinte años de recuerdos.
Ingrid apoyó lentamente la mano sobre el respaldo de una silla y contempló a los tres hombres sin intervenir.
Alejandro seguía mirando las fotografías con la curiosidad despreocupada de quien sólo ve pintura.
Santiago permanecía inmóvil, dueño todavía de una serenidad que rozaba la impasibilidad.
Franz, en cambio, ya no observaba las obras que descansaban sobre la mesa.
La única pieza cuya autenticidad intentaba establecer era el hombre que tenía sentado enfrente.
Santiago fue el primero en incorporarse.
El diálogo llevaba ya varios minutos girando alrededor de un mismo eje, repitiendo movimientos cada vez más cerrados, incapaz de avanzar un solo paso sin revelar más de lo conveniente.
Dejó la taza vacía sobre la mesa con un cuidado casi excesivo, acomodó distraídamente el saco sobre los hombros y dirigió la mirada hacia Franz con la serenidad medida de quien prefiere retirarse antes de que una conversación termine por convertirse en un interrogatorio.
—Supongo que volveremos a hablar cuando esa restauradora decida aparecer por aquí.
Franz permaneció sentado unos instantes más y sólo se levantó cuando Santiago ya había dado un paso hacia la galería, con una lentitud que parecía responder menos al peso de los años que a la necesidad de prolongar la observación de un hombre al que había creído conocer durante más de dos décadas y cuya imagen comenzaba ahora a desdoblarse en una versión antigua y otra completamente nueva, todavía indefinida, pero ya imposible de ignorar.
—Supongo —respondió finalmente.
La palabra quedó suspendida entre ambos sin adquirir el tono de una despedida.
Ninguno hizo el menor intento de estrechar la mano del otro y esa omisión, precisamente por discreta, adquirió una importancia inesperada.
Durante años aquel gesto había sido innecesario porque la confianza parecía descontada; aquella tarde, en cambio, cualquier demostración de cercanía habría resultado artificiosa.
Ingrid los acompañó hasta la galería sin pronunciar una sola palabra.
Desde allí podía verse el jardín extendiéndose hasta la arboleda, donde la luz del atardecer empezaba a mezclarse con el rojo oscuro de la tierra misionera y con un aire inmóvil que hacía parecer el paisaje detenido dentro de una fotografía antigua.
Alejandro permaneció en el salón inclinado sobre las imágenes, todavía entretenido en descubrir pequeños detalles de las pinturas, ajeno por completo al desplazamiento silencioso que acababa de producirse entre los adultos.