El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 15. ¿Quién es quién?
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15. ¿Quién es quién?

Santiago Millán permaneció unos segundos frente a la puerta antes de llamar.

La casa de los Pedersen conservaba la misma fachada vasca de siempre, incrustada con obstinación en la tierra roja de Eldorado, como si hubiera sido arrancada de otro continente y olvidada allí por una distracción de la historia.

Las ventanas seguían abiertas, las hortensias continuaban disciplinadas junto al sendero y la galería mantenía esa limpieza excesiva que sólo alcanzan las viviendas donde todo parece ocupar el lugar previsto desde hace demasiados años.

Golpeó dos veces.

No obtuvo respuesta inmediata.

La demora fue suficiente para que pensara, por primera vez en mucho tiempo, que quizá Franz había decidido no recibirlo.

La puerta terminó abriéndose con lentitud.

Franz apareció inmóvil, con una mano apoyada sobre el marco y la otra en el bolsillo del pantalón. No sonrió. Tampoco hizo el menor esfuerzo por ocultar que estaba observándolo con una atención distinta de la habitual.

—Millán.

No era un saludo.

Era una comprobación.

Santiago inclinó apenas la cabeza.

—Franz.

Ninguno de los dos avanzó.

Durante un instante permanecieron separados por el ancho de la puerta y por algo mucho más difícil de medir.

Fue Franz quien rompió la inmovilidad.

Se hizo a un lado.

—Pase.

Santiago entró despacio.

La casa olía a madera encerada y a café recién preparado. Todo estaba exactamente donde lo recordaba: el aparador oscuro, las fotografías familiares, el reloj de péndulo que siempre parecía retrasarse unos minutos.

Nada había cambiado.

Y, sin embargo, tuvo la impresión de que alguien había desplazado imperceptiblemente el eje de la habitación.

Franz esperó a que cruzara el salón antes de cerrar la puerta.

El sonido de la cerradura fue más nítido de lo necesario.

—Hace tiempo que no venía.

Santiago miró alrededor.

—No encontré motivos.

Franz lo observó con una serenidad casi clínica.

—¿Y ahora sí?

La pregunta quedó suspendida.

Santiago comprendió que la visita no iba a parecerse a ninguna de las anteriores.

Antes de responder, Ingrid apareció desde el corredor con una bandeja y tres tazas.

Se detuvo apenas un segundo al verlo.

—No esperaba visitas.

—Yo tampoco —contestó Franz sin apartar la vista de Santiago.

Ingrid dejó la bandeja sobre la mesa.

Percibió inmediatamente una tensión nueva.

No era hostilidad.

Era algo más antiguo y más peligroso: dos hombres que llevaban demasiados años compartiendo secretos empezaban, por primera vez, a medirse como si ninguno estuviera completamente seguro del otro.

Santiago tomó la taza.

Franz no se sentó. Permaneció de pie. Observándolo.

Y Santiago advirtió un detalle insignificante que, sin embargo, lo inquietó.

Franz nunca lo había hecho esperar para hablar.

Aquella tarde, en cambio, parecía dispuesto a comprobar cuánto silencio era capaz de soportar.

Franz permaneció de pie unos instantes más, observando cómo Santiago rodeaba la mesa y tomaba asiento con una naturalidad que, en otro tiempo, le habría parecido irreprochable y que ahora empezaba a resultarle excesivamente medida.

Ingrid dejó la bandeja sobre el aparador sin hacer ruido y ocupó un lugar discreto junto a la ventana, donde la luz de la tarde alcanzaba apenas para dibujar el perfil de los muebles y de las personas, como si la casa hubiese decidido conservar para sí una parte de lo que allí se dijera.

Santiago sostuvo la taza entre las manos sin probar el café y dejó que el silencio terminara de acomodarse antes de hablar.

—Martin me comentó que recibió una llamada desde Buenos Aires.

Franz levantó lentamente la vista y, por primera vez desde que había abierto la puerta, lo miró de frente.

—No sabía que Martin le informaba sobre mis conversaciones.

Santiago sonrió apenas.

—No lo hace. Sólo mencionó que una restauradora argentina había conseguido llegar hasta usted.

Franz apoyó los dedos sobre el borde de la mesa y los dejó inmóviles.

—Curioso.

—¿Qué cosa?

—Que una llamada destinada a esta casa despierte interés a tantos kilómetros de distancia.

La observación quedó suspendida entre ambos con una aparente inocencia que ninguno estaba dispuesto a aceptar.

Ingrid percibió el cambio de temperatura antes que las palabras: ya no conversaban dos hombres acostumbrados a compartir información, sino dos viejos colaboradores que comenzaban a preguntarse cuánto ignoraban realmente el uno del otro.

Santiago dejó por fin la taza sobre el plato.

—Me interesa porque Inés Elorza trabaja con obras que podrían estar relacionadas con determinadas trayectorias.

Franz no respondió de inmediato. Se limitó a observar el leve movimiento con el que Santiago había apartado la porcelana y a recordar, sin saber por qué, una frase de Martin Lughnar que apenas una hora antes le había parecido exagerada: todos dimos demasiadas cosas por hechas .

—No le pregunté por la restauradora —dijo con calma—. Le pregunté por usted.

Santiago tardó apenas un instante en comprender que la conversación no seguiría el recorrido previsto.

—No estoy seguro de entender.

—Estoy seguro de que sí.

El reloj de péndulo dejó caer otro segundo sobre la habitación.

Desde el jardín llegó el ruido distante de un pájaro y luego nada.

Franz tomó el café sin apartar la vista de Santiago.

—Dígame una cosa. ¿Cuándo fue la última vez que pensó en Clemente Rodari?

La pregunta no sonó improvisada. Más bien pareció extraída de un lugar donde llevaba años esperando.

Santiago apoyó lentamente ambas manos sobre las rodillas.

—Hace pocos días.

—¿Por qué?

—Porque Inés lo mencionó.

Franz inclinó apenas la cabeza.

—¿Y antes de eso?

La respuesta demoró apenas un segundo.

Fue suficiente.

Franz no registró las palabras que siguieron; registró la pausa.

Durante más de veinte años había considerado a Santiago Millán un hombre eficaz, discreto y extraordinariamente preciso.

Nunca había reparado en el tiempo que necesitaba para contestar una pregunta.

Nunca había observado el modo en que elegía cada término o el instante exacto en que desviaba la mirada hacia una ventana antes de responder.

Tal vez siempre había sido así.

O tal vez él había empezado a mirar de otra manera.

—Hace años —contestó finalmente Santiago—. No llevo la cuenta.

Franz dejó la taza sobre el plato con una suavidad casi exagerada.

—Yo sí.

La frase quedó flotando en el salón sin necesidad de explicaciones.

Santiago sintió que aquella visita había dejado de pertenecerle. Había llegado convencido de que obtendría respuestas sobre Inés Elorza y, sin advertir exactamente cuándo, se descubrió respondiendo preguntas que nadie le había formulado jamás.

Intentó recuperar la iniciativa.

—¿Qué le dijo exactamente esa mujer?

Franz no respondió.

Se limitó a observarlo durante unos segundos con una serenidad que empezaba a parecerse demasiado a una forma de examen.

—Hay algo que me llama la atención, Millán.

—¿Qué cosa?

—No me preguntó qué quería Inés.

Santiago permaneció inmóvil.

—Me preguntó qué dijo.

Ingrid levantó lentamente la vista.

La diferencia era mínima, apenas un desplazamiento de palabras, pero en aquella casa las variaciones más pequeñas solían ser las únicas capaces de modificar el sentido de una historia.

Franz volvió a pensar en Martin Lughnar.

Y por primera vez desde que Santiago Millán había cruzado el umbral, dejó de verlo como un colaborador de confianza para empezar a contemplarlo con la prudencia reservada a los hombres que saben demasiado y, precisamente por eso, podrían haber decidido guardar una parte para sí.

La observación quedó suspendida en el salón con la misma inmovilidad del polvo que flotaba delante de la ventana, apenas visible bajo la luz oblicua de la tarde.

Santiago sostuvo la mirada de Franz unos segundos más de lo necesario y comprendió que cualquier intento de responder demasiado rápido sería interpretado como una forma de defensa, mientras que demorarse demasiado convertiría el silencio en una confesión involuntaria.

Optó por permanecer donde estaba, con las manos apoyadas sobre las rodillas y la espalda apenas inclinada hacia delante, esperando que fuera el propio Franz quien decidiera el siguiente movimiento.

Fue Ingrid quien rompió, sin proponérselo, aquella quietud.

Se acercó a la mesa para retirar una taza vacía y volvió a llenarla de café con una naturalidad doméstica que contrastaba con la tensión que había empezado a instalarse entre los dos hombres.

El aroma del café recién servido ocupó la habitación durante unos instantes y pareció devolverle a la escena una apariencia de normalidad que ninguno de los presentes estaba dispuesto a creer.

Franz giró lentamente la cucharilla dentro de la taza sin apartar la vista de Santiago.

—Martin dice que la restauradora habló de marcas añadidas.

Santiago levantó apenas las cejas.

—Eso me comentó.

—¿Y le sorprendió?

La pregunta parecía inocente, pero llegaba envuelta en una precisión que obligaba a elegir cada palabra.

—No especialmente. Un restaurador encuentra intervenciones donde otros sólo ven pintura.

Franz dejó de mover la cucharilla.

—Intervenciones...

Repitió la palabra con una lentitud casi académica, como si intentara descubrir un significado distinto al habitual.

—Es una forma curiosa de llamarlas.

Santiago apoyó la espalda en el respaldo del sillón.

—Más curiosa me parece la costumbre de creer que toda intervención pretende ocultar algo. Algunas simplemente intentan conservar.

Franz no respondió. Se limitó a recorrer con la mirada las manos de Santiago, el borde de la taza, el leve movimiento con que acomodaba el pulgar sobre el asa, detalles insignificantes que hasta aquella tarde nunca había considerado dignos de atención.

Descubrió entonces que la desconfianza alteraba el orden de las cosas: uno dejaba de escuchar las ideas para empezar a estudiar los gestos.

Ingrid percibió el cambio antes que ninguno de los dos.