El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 12. No estoy loca #3
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12. No estoy loca #3

Porque en ese punto, con una certeza que no se formulaba en palabras pero que se imponía con la contundencia de lo irreversible, llegó a entender que su oficio no la había conducido a esa historia por casualidad.

Cuando Santiago llegó al taller, lo recibió con poca gratitud y con impaciencia, porque en su interior la necesidad de certeza ya había reemplazado a cualquier miramiento.

—Mostrame la carta —dijo él en cuanto cruzó la puerta, sin quitarse del todo la expresión de quien viene a prevenir un desastre doméstico—, y contame lo de Rodari sin adornos, porque si lo contás con adornos vas a terminar escuchándote a vos misma y no a lo que pasó.

Inés lo miró de reojo con una cierta desconfianza que aún no podía descifrar.

Luego le extendió el sobre, le dejó ver el símbolo, le repitió la referencia a los Pedersen en Eldorado, y mientras hablaba notó que a Santiago no le interesaba detenerse en el misterio.

Iba directo a los detalles prácticos, a la caligrafía, a la calidad del papel, a el modo en que la carta había sido doblada, con esa mirada de restaurador que no se deja seducir por el relato y busca, antes que nada, las huellas.

—Esto no es una broma —murmuró al fin, devolviéndole el papel—, y no está hecho para impresionarte con literatura barata, está hecho para que te muevas.

—¿Para que pare? Creo que más bien es para que me mueva—respondió Inés—, lo que quiero saber es quién cree que tiene derecho a decirme que me mueva.

Santiago la miró con paciencia que, disfrazada de indulgencia, se transformó a los ojos de Inés en preocupación genuina y franca, y aunque intentó sostener el terreno racional terminó cediendo a lo único que podía conceder sin traicionarse.

—Rodari está muerto —dijo—, y si vos lo viste, entonces lo que tenemos que entender no es la muerte, es el uso que alguien está haciendo de su nombre.

Inés sintió que esa frase se le instalaba en el pecho con un malestar persistente, porque no resolvía nada, pero confirmaba algo esencial: la realidad podía estar siendo manipulada con métodos similares a los de una intervención pictórica, y eso era, para una restauradora, un insulto profesional…

o tal vez… Santiago no le estaba contando todo.

Hablaron durante un largo rato, sin llegar a una conclusión cerrada, porque las conclusiones cerradas son un lujo que la historia rara vez concede, y cuando Santiago se fue lo hizo con la promesa de revisar sus propios apuntes y de preguntar discretamente a antiguos colegas por aquella lista de “provisorias” que Rodari mostraba a veces sin dejar copia, mientras Inés quedaba sola otra vez con el sobre violeta, el símbolo, el nombre Pedersen y la certeza de que la palabra “custodios” no era ornamental.

Fue entonces cuando tomó una decisión que no había formulado hasta ese instante, una decisión que no dependía del permiso de nadie, y que sin embargo le produjo una breve culpa, porque implicaba abrir una puerta hacia otro continente con la irresponsabilidad práctica de quien se deja arrastrar por una intuición.

Buscó entre papeles antiguos, agendas viejas, tarjetas acumuladas en años de encargos y contactos, y encontró, en el fondo de una carpeta sin rótulo que había sido de Rodari y que ella conservaba sin saber por qué, una tarjeta escrita con letra firme, sin florituras, con un nombre y una ciudad que no tenían nada de misterioso por sí mismos y que, precisamente por eso, resultaban atractivos en ese contexto: León Cáceres — Madrid .

Debajo había una referencia mínima, casi una broma seca: “ Lavapiés ”, y una dirección parcial que parecía más indicación de barrio que coordenada postal.

Inés sostuvo la tarjeta durante un rato con la sensación de estar tocando una pieza que no le correspondía todavía, pero entendió que la historia no pide permiso cuando decide avanzar, y que ella podía seguir fingiendo que todo era un problema local o aceptar que el triángulo se estaba cerrando a su alrededor.

Se acercó al teléfono del taller, levantó el auricular, y al escuchar el tono neutro de la línea sintió una calma extraña, una serenidad que surgía de sentirse menos intranquila y de la elección de empezar a moverse.

Pidió larga distancia, explicó con pocas palabras que necesitaba un número en Madrid, y mientras la operadora repetía datos y buscaba conexiones, Inés observó la tarjeta una última vez, consciente de que al otro lado podía no haber nadie, o podía haber demasiado, y que, en cualquiera de los dos casos, ya no le servía quedarse esperando en Palermo a que el pasado terminara de acomodarse por sí solo.

Cuando finalmente oyó el llamado cruzar el océano con ese zumbido leve de las comunicaciones largas, sostuvo el auricular con firmeza, respiró sin apuro, y dejó que el nombre se formara en su boca con la misma decisión con la que uno pronuncia una pregunta que ya no tiene vuelta atrás.

—¿León Cáceres? —dijo, y en el modo en que pronunció ese nombre quedó claro que lo que buscaba era más que una conversación, era una entrada.