El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 12. No estoy loca #2
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12. No estoy loca #2

No había vuelto a tocar la carta que había llegado al taller.

No era por descuido ni por una forma de olvido involuntario; había en ello una decisión todavía informe, una negativa que no acababa de reconocerse a sí misma como tal.

La carta seguía ahí, convertida en una presencia perturbadora, demasiado quieta para ser ignorada y demasiado exacta para ser enfrentada sin reservas.

No se permitía arrojarla lejos, ni tampoco caer en la debilidad de releerla.

En torno a ese sobre se había condensado algo que exigía distancia, una carga muda que no estaba dispuesta a deshacer de inmediato.

Tal vez temía que, al abrirla otra vez, la rabia reciente terminara por contaminar la lectura, alterando con su pulso áspero aquello que necesitaba comprender con exactitud.

Esa ira aún le recorría el cuerpo con una persistencia molesta, como una corriente subterránea que no se disipa del todo y sigue ahí, atenta, inclinando cada gesto hacia una desconfianza casi física.

Por eso no la tocaba. Porque en el fondo sabía que en esa carta había una forma de amenaza lenta.

Le guardaba una forma de respeto oscuro, ese respeto que se le concede a lo valioso; el mismo que se reserva para aquello que puede resultar peligroso si se lo manipula sin la distancia adecuada, porque había objetos que, una vez abiertos continuaban trabajando en silencio, instalándose en la percepción con una obstinación que no admitía abandono.

Aquella carta no reclamaba interpretación —y eso era, precisamente, lo que más la irritaba—, reclamaba reacción, exigía una forma de respuesta que no se dejaba canalizar a través del método, y esa exigencia se le volvía insoportable porque Inés había construido su vida profesional sobre la convicción, tal vez ingenua aunque sostenida con disciplina, de que el mundo podía ser descompuesto en capas legibles, que todo podía analizarse, limpiarse, entenderse y, en última instancia, recomponerse con la misma lógica con la que se interviene un barniz antiguo sin traicionar la obra.

Pero allí no había capas que respetar.

Había una intrusión.

La frase final —“Busque y encontrará”— no funcionaba como promesa, porque Inés no era una mujer que necesitara esperanzas ni consuelos de esa índole; funcionaba como una orden con modales, una instrucción formulada con la delicadeza suficiente para no ser rechazada de inmediato, pero con la irrevocabilidad necesaria para no dejar margen de error, y lo verdaderamente inquietante era que esa orden venía acompañada por el símbolo de las líneas violetas entrecruzadas con la espiral en el centro, ese signo que se presentaba como marca, como una voluntad de permanencia que aspiraba a sobrevivir incluso cuando el soporte desapareciera.

Lo de los Pedersen en Eldorado era, por sí solo, una rareza que habría bastado para justificar una investigación en otras circunstancias, pero Inés llevaba días dándole vueltas al asunto, concluyendo en que el problema no residía en la extravagancia del dato; era en la forma en que ese dato parecía conocerla a ella.

Porque no era lo mismo recibir información que sentirse convocada por ella.

La carta no decía “hay una casa” con la ligereza con la que un vecino comparte una dirección; la carta decía “ellos custodian”, y esa elección le resultaba intolerablemente familiar, como si perteneciera a un lenguaje que no debería circular con tanta facilidad en la superficie contemporánea, un término cargado de una historia que no se declaraba pero que tampoco se ocultaba del todo, una palabra que arrastraba consigo la idea de resguardo, pero también de retención, de posesión sin propiedad, de vigilancia sin exposición.

Y fue en ese punto, cuando la irritación comenzaba a transformarse en una forma más densa de inquietud, que una palabra ajena al texto se instaló en su memoria con una persistencia que no había pedido permiso, como una interferencia precisa, y esa palabra no era violeta ni espiral ni custodia; era “provisorias”.

La escuchó con la voz de Clemente Rodari, como una presencia más que como una cita intelectual.

La escena regresó sin anunciarse, con la claridad incordiosa de aquellas memorias que uno no selecciona, más bien lo seleccionan a uno: un salón lateral de la Escuela Prilidiano Pueyrredón, una tarde que en su momento no había tenido nada de extraordinaria y que, por esa misma razón, adquiría ahora una gravedad inesperada, donde lo irrelevante había estado aguardando su momento para volverse central.

Rodari hablaba entonces con ese cuidado que no era exactamente timidez, pero sí oficio; la forma de quien sabe que hay cosas que no deben decirse en voz alta, aunque nadie esté escuchando, y ella se vio a sí misma más joven, inclinada sobre una lista mecanografiada, una enumeración sobria de títulos, medidas y procedencias, donde una anotación al margen había captado su atención con una curiosidad estrictamente técnica: “clasificación provisoria”.

Había preguntado qué significaba.

Lo recordaba con una nitidez que ahora le resultaba sospechosa.

Porque en aquel momento la pregunta no había tenido urgencia, y la respuesta de Rodari —esa media sonrisa que mostraba menos condescendencia que advertencia— no había sido tomada en serio, no en el sentido profundo, porque todavía creía que el mundo académico se sostenía en categorías estéticas, en debates interpretativos, en decisiones más o menos discutibles, pero siempre visibles.

Rodari le había explicado entonces, con una serenidad que ahora le parecía excesiva, que la provisionalidad podía ser una forma de permanencia, una manera de suspender una obra en una categoría que evitaba responsabilidades, una etiqueta que no mentía, pero que tampoco decía la verdad completa, una forma elegante de retirar algo de circulación sin declarar su desaparición.

En aquel momento, Inés había archivado esa idea sin conflicto.

Ahora la comprendía. Y esa comprensión no le ofrecía alivio.

La ironía —seca, embarazosa, casi ofensiva— se le impuso con una claridad que no admitía evasión, porque había dedicado años a limpiar superficies para devolverles legibilidad, a distinguir entre lo original y lo añadido, entre la intención del autor y la intervención posterior, y sin embargo empezaba a sospechar que existían superficies cuyo propósito era impedir la lectura.

Si existía una categoría llamada provisoria que había permitido retirar obras de la vista sin destruirlas, entonces el presente no estaba asistiendo al hallazgo de una reactivación de algo que nunca había desaparecido del todo.

Y esa posibilidad, más que cualquier símbolo o cualquier nombre, fue lo que terminó de alterar el equilibrio que hasta entonces había logrado sostener.