12. No estoy loca
—Santiago, necesito que hagas una cosa por mí, y necesito que sea hoy —dijo Inés apenas descolgó el auricular, sin concederle al saludo el privilegio de existir, porque había asuntos que, al volverse urgentes, anulaban por completo los ritos sociales—.
Y antes de que empieces con tus sermones de buen alumno, quiero que escuches lo que te voy a pedir y me digas si podés hacerlo sin convertirlo en un debate.
—Si lo decís así, ya me estás invitando a perder —respondió Santiago Millán con esa mezcla de humor, afecto y cansancio que sólo se reserva para quienes uno conoce desde una vida anterior—, pero decime qué pasa, Inés, y tratá de no empezar la llamada con un incendio.
—Quiero que vayas a la Prilidiano —dijo ella, midiendo cada palabra con la intención de que no sonara a capricho—.
Quiero que preguntes en la administración, en la secretaría, donde sea, por Clemente Rodari y quiero que me digas qué dicen, porque lo que me dijeron a mí no encaja con lo que recuerdo.
Y no, Santiago, no me mires con la cara que sé que estás poniendo del otro lado de la línea, porque ya sé cuál es, aunque no te vea.
Santiago dejó pasar un intervalo que se tradujo en la prudencia de quien siente que una conversación está a punto de cruzar un umbral espinoso.
—Inés, Rodari murió hace algunos años —contestó al fin, con un tono que pretendía sonar sereno y terminó sonando definitivo—.
Y no te lo digo por rumores de pasillo ni por entusiasmo institucional; te lo digo porque yo estuve ahí, porque lo velaron, porque lo lloraron quienes todavía sabían llorar en ese edificio y porque, si hubiera alguna posibilidad de que siguiese vivo o de que hubiese vuelto a aparecer, el primero en enterarse habría sido alguien de la cátedra, no vos desde un teléfono de Palermo.
—No me simplifiques la vida —replicó ella con una irritación que no necesitaba elevar la voz para cortar—, porque yo no estoy hablando de una posibilidad abstracta ni de una fantasía, Santiago.
Yo estuve con él, yo hablé con él, él tocó una fotografía, él me hizo una advertencia que no se inventa en un pasillo, y si ahora me decís que ese hombre no existe desde hace años, entonces lo que tengo que averiguar no es si Rodari murió, sino quién se tomó el trabajo de ocupar su lugar con la destreza suficiente para engañarme.
—No te estoy diciendo que te hayas inventado nada —respondió Santiago, cuidando el terreno—.
Te estoy diciendo que estás tomando una escena y la estás clavando en la realidad con una fuerza que no te hace bien, y te lo digo porque te conozco: cuando te obsesionás con una idea, no la examinás, la perforás hasta que te devuelve la respuesta que querés.
—¿Y qué respuesta quiero, según vos? —preguntó Inés con una ironía seca—. ¿La de que me estoy volviendo loca? ¿La de que es la edad? ¿La de que tengo que buscarme una distracción más saludable que el arte, que a esta altura sólo sirve para que los muertos se sigan riendo?
—La de que tenés que serenarte —dijo Santiago, y en cuanto la frase salió de su boca comprendió que acababa de encender la mecha exacta.
—No me digas "serenate" —respondió Inés con una calma que era, en su propia forma, un estallido—.
No me lo digas porque no estás hablando con una alumna nerviosa, Santiago; estás hablando con alguien que conoce los trucos del oficio y que sabe distinguir una superficie limpia de una superficie que oculta una intervención.
Y en este momento la intervención no está en una pintura: está en la historia.
Santiago suspiró para cambiar de estrategia y, cuando volvió a hablar, lo hizo con la voz de quien ya no discute por teléfono porque entiende que ciertas discusiones, si permanecen demasiado tiempo suspendidas en el aire, terminan por volverse irreparables.
—Escuchame —dijo—. No voy a llamar a la Universidad porque no hace falta y, si llamo, no voy a conseguir más que a una secretaria repitiéndome lo mismo que te dijeron a vos.
Pero sí voy a pasar por tu taller, y me vas a contar exactamente qué viste, qué te dijeron, de dónde salió esa fotografía, y me vas a dejar ayudarte a ordenar todo esto sin que te lastimes en el proceso.
Porque, si hay algo que aprendimos con Rodari, es que las cosas mal ordenadas no se vuelven más verdaderas por insistencia: se vuelven más peligrosas.
—No necesito que me cuides —dijo Inés, aunque la frase le salió con una aspereza que delataba lo contrario—. Necesito que me creas lo suficiente como para tomar en serio la posibilidad de que alguien está moviendo piezas.
—Paso en una hora —resolvió Santiago—. Decime dónde estás y no me cortes, porque a veces el problema no está en la obra. La cuestión radica en quién la está mirando.
Inés le dio la dirección, interrumpió la llamada sin despedirse —un corte seco, casi letal, con el que parecía querer amputar también la lógica que Santiago pretendía imponerle— y se quedó un momento con el auricular suspendido junto a la oreja, sin sostenerlo del todo y sin soltarlo.
Su cuerpo se negaba a admitir que la conversación había terminado.
En algún lugar más hondo que el pensamiento, una certeza se abría paso con una claridad implacable y estéril: aquello que Santiago llamaba "ordenar" era, en realidad, domesticar lo indómito, reducirlo a una forma dócil, encerrarlo en una arquitectura pulcra desde la que otros pudieran contemplarlo sin riesgo, sin culpa, sin mancharse las manos.
En aquel instante, lo que ella sentía no obedecía a ninguna forma conocida del pensamiento ni parecía dispuesto a someterse a la obediencia de la razón.
No había en ello orden posible, ni una línea clara desde la que pudiera empezar a explicarse.
Era, más bien, una fuerza oscura y densa, una materia viva que crecía en su interior con la paciencia de aquello que lleva demasiado tiempo esperando su momento y que, al fin, empieza a reclamar un lugar, aunque sea a costa de romper algo a su paso.
Había en esa sensación una acumulación lenta, una presión que no encontraba salida y que, precisamente por eso, comenzaba a adquirir el espesor de lo peligroso.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero ni siquiera el llanto parecía llegar con la docilidad que suele prometerse a sí mismo.
Aquella humedad temblaba en el borde del gesto, retenida, obstinada, como negándose a convertirse en alivio.
No llegaba para deshacer la tensión ni para abrir una grieta limpia por la que pudiera entrar el consuelo.
Al contrario: parecía aferrarse a ella, tensarla todavía más, endurecer la línea del rostro y empujar la sangre hacia la superficie con una violencia contenida, inmediata, imposible de disimular.
El rubor subió de golpe, como suben ciertas alarmas del cuerpo cuando ya es tarde para ocultar lo que late debajo de la piel.
No era tristeza, aunque la tristeza estuviera cerca y pudiera haber tomado esa forma en otra circunstancia.
Tampoco era simple frustración ni una contrariedad pasajera de las que el tiempo deshace con facilidad.
Había en esa reacción algo más áspero, más turbio, una clase de ira que aún no había encontrado su blanco, que no estallaba porque todavía no sabía dónde golpear, pero que se acumulaba en silencio con la obstinación de un veneno lento, extendiéndose por la sangre como una amenaza que aún no había mostrado del todo sus dientes.
Había en esa rabia una humillación silenciosa por haber sido levemente corregida, por haber sido invitada a replegarse con argumentos razonables, y esa razonabilidad —tan aseada, tan bien presentada— le resultaba más insoportable que cualquier confrontación abierta, porque no dejaba lugar al error heroico ni al gesto desmedido.
Por el contrario, proponía, con una amabilidad casi ofensiva, la renuncia como forma de inteligencia.
Y ella no estaba dispuesta a ser inteligente de ese modo.
Así, con la torpeza deliberada y la impunidad casi infantil de quienes creen que el enfado les concede una licencia momentánea para el desorden, se levantó de golpe, atravesó el espacio del taller haciendo que sus pasos atravesaran una resistencia invisible y arrojó el mate de madera contra el fregadero de la cocina con un gesto que buscaba una descarga definitiva.
El impacto fue estruendoso, y ella lo necesitaba.
Los restos de yerba mate se dispersaron con una violencia inesperada, salpicando las paredes blancas azulejadas con una irregularidad que rompía la pulcritud del espacio y dejando pequeñas manchas oscuras que, por un instante, le parecieron demasiado vivas para ser simples residuos.
Inés se quedó de pie frente al fregadero, respirando con una dificultad que respondía a la necesidad de contener algo que aún no encontraba una forma de salir sin romper más de lo que estaba dispuesta a perder, y apoyó las manos sobre la superficie fría para anclarse a algo tangible, algo que no fuera a cambiar de significado a mitad de camino.
Lo que estaba enfrentando, más que un problema susceptible de resolverse con método o prudencia era una fisura que ya se había abierto y que no iba a cerrarse porque alguien sugiriera hacerlo.
Y esa certeza, lejos de calmarla, terminó de instalar en ella una inquietud más profunda: la de saber que, a partir de ese momento, cualquier intento de volver atrás sería una estúpida forma de negación.