9. El testigo #2
En la mesa, la hoja mecanografiada conservaba la misma apariencia inofensiva, pero la palabra inventario había dejado de ser un concepto para convertirse en una estructura que comenzaba a organizar las obras y simultáneamente a quienes se acercaban a ellas.
Góngora, que hasta ese momento había permanecido inmóvil, dirigió su atención hacia la puerta con una alerta que no respondía a sonido alguno. León no necesitó abrir. Sabía que la historia ya no avanzaba más por decisiones que por intuiciones.
Tuvo la impresión de que no había sido él quien había comenzado a buscar, había algo que, desde hacía años, había estado esperando a que alguien como él finalmente mirara.
Bajando las escaleras a las corridas, con el abrigo desalineado y un portafolios delgado apretado contra el pecho como si llevara dentro el Santo Grial o una caja de bombones envenenados —y ambas hipótesis no se excluían mutuamente—, Clemente Rodari se lanzó a la calle con una urgencia que no le conocían ni sus mejores enemigos.
La humedad densa de Buenos Aires, que esa tarde pesaba como las culpas de un condenado, le arrancó una mueca al doblar la esquina de su edificio.
Un taxi amarillo y negro, de esos que parecen salidos de una postal de los años setenta, se desplazaba a paso cansino por la calle, como un anciano en bata de baño.
Rodari, sin pensarlo, se arrojó al asfalto con más coraje que elegancia.
El conductor frenó con un quejido metálico tan teatral que hasta el coche mismo pareció protestar por semejante intervención.
Cayendo con una torpeza propia de quien ha vivido demasiado en bibliotecas y demasiado poco en gimnasios, su rodilla golpeó contra el cordón, la palma de su mano se rasgó con una astilla de la vereda —una herida que más tarde dejaría una pequeña cicatriz, tan discreta como el remordimiento en un político—, y su portafolios, por una suerte inentendible, no se abrió ni un centímetro.
Se incorporó con la dignidad ofendida de un hombre que no acepta que lo ha visto tropezar el mundo entero y, sin mediar palabra, abrió la puerta trasera del taxi y se deslizó en el asiento como un prisionero que entra voluntariamente en su celda.
El taxista, un hombre de cara angulosa y rectangular, barba tipo hiedra y gafas oscuras de esas que hacen sospechar que el mundo ya no le interesa, sólo observó la escena ajetreada.
—Buenas. ¿Dónde lo llevo?
Rodari, sin mirarlo siquiera, extrajo de su bolsillo interno un papelillo doblado sin arte y se lo tendió al chofer sin decir una palabra. La dirección estaba escrita con tinta azul, una caligrafía que dudaba entre lo infantil y lo clerical.
El conductor tomó el papel, lo leyó sin hacer preguntas y miró sucintamente a su nuevo pasajero por el espejo retrovisor intentando sacarle conversación.
—Quiere que tomemos la avenida Gaona?
—Como quiera— respondió Rodari, sumergiéndose nuevamente en su rostro de tribulaciones.
El taxista, sin más, leyó nuevamente el papel, levantó una ceja que no se vio tras los anteojos, y en silencio absoluto —ese que sólo los taxistas verdaderamente porteños pueden infligir—, puso en marcha el coche y se incorporó al tráfico.
No volvió a pronunciar palabra durante todo el trayecto.
Sólo lo observaba a través del retrovisor, intuyendo que en su asiento trasero llevaba algo más que un pasajero: quizás una culpa, quizás un cadáver aún tibio, quizás un hombre camino a su sentencia.
Rodari se removía nervioso. Se acariciaba la mano herida, ahora con un hilillo rojo que teñía el borde de su camisa.
La herida no dolía tanto como el miedo. Apretaba el portafolios contra el pecho como un salvavidas de tela, usando el contenido de coraza protectora de lo que estaba por venir.
Y sabía —porque los hombres como él lo saben sin que nadie se los diga— que lo que venía no iba a gustarle.
El taxi se detuvo frente a un edificio cuya fachada había conocido días de mejores glorias. Tenía balcones con barandas herrumbrosas, ventanas cerradas con postigos desvencijados y una puerta principal que parecía el hocico de una bestia dormida.
Pero lo más inquietante era la sensación general de que aquel inmueble, pese a su inmovilidad, estaba... acechando.
Rodari, exento de amabilidad, pagó y se bajó del auto sin agradecer, sin mirar atrás.
La puerta del taxi se cerró con un quejido hueco y definitivo.
Cruzó la vereda con pasos apurados y empujó el portón de hierro que chilló como un animal herido.
Un aroma poco amistoso le impactó las fosas nasales.
El interior del edificio era aún más tenebroso.
La luz del zaguán pendía de un solo cable de una araña borracha, y lanzaba sombras temblorosas contra las paredes que parecían escamas.
Subió los escalones de mármol gastado, uno a uno, dejando que cada peldaño traicionara sus pasos.
Para sus ojos asustados, el edificio tenía vida propia. Los pasillos se angostaban de forma imperceptible, los muros parecían susurrar. El aire olía a humedad, a moho y a una tristeza antigua que ya nadie ventilaba.
Rodari llegó al tercer piso jadeando exhausto y con la melena rala despeinada. El número en la puerta era apenas visible, y sin embargo no dudó. Golpeó suavemente. Una vez. Dos. Luego la puerta se abrió con un gemido. Y apareció él.
El hombre —o la figura, o lo que fuera que habitara ese apartamento— no tenía nombre.
O si lo tenía, lo guardaba como un veneno bien tapado.
Sus ojos eran húmedos y vidriosos. Sus dientes, apenas visibles entre los labios delgados y abyectos, eran más filosos de lo que la humanidad permite.
Una dentadura dispuesta a arrancar más que palabras de un solo mordisco.
La voz soltó un lamento gravoso, curtido por los años y el cigarrillo, un quejido que cortaba trabajosamente el aire como una cuchilla oxidada.
—¿Lo trajiste?
Rodari asintió, y con las manos temblorosas, extendió el paquete que con lentitud había extraído de su portafolios.