El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 9. El testigo #3
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9. El testigo #3

Era un lienzo envuelto en papel madera, cuadrado, de unos treinta centímetros de lado.

Lo sostuvo con manos de traición, como un padre entrega a su hijo al enemigo.

El hombre lo tomó bruscamente, sin ceremonia, sin agradecimiento.

Lo sostuvo apenas un segundo y lo dejó sobre una mesa oscura, plagada de otros objetos cuyo origen sería mejor ignorar.

Pero no fue suficiente.

El hombre no le dijo que era poco. No le dijo nada, en realidad. Le bastó con mirarlo. Rodari concluyó que aquello era un anticipo más que una entrega. Que el trato no se cerraba ahí. Que lo que venía era peor. Una deuda sin nombre. Una amenaza sin palabras ni precedentes.

—Hay algo más que debes hacer —dijo al fin el hombre, con una sonrisa que parecía cortada con navaja.

Rodari tragó saliva, se secó el sudor frío con el pañuelo y se atrevió a hablar, pero su voz salió como un hilo tembloroso, roída por el miedo.

—No sé si… si voy a poder hacer algo más —balbuceó, acariciándose la herida de la palma, que ahora ardía con una pulsación indeseada y el cuerpo intentaba advertirle del precio de sus palabras.

La figura permaneció inmóvil unos segundos; la frase parecía necesitar tiempo para recorrer los corredores de su oído, demorándose en algún lugar inaccesible, o quizá atravesando el lento mecanismo con el que decidía qué merecía atención y qué únicamente desprecio.

Luego alzó la cabeza, lentamente, con la torpeza húmeda de quien emerge de un sueño viscoso, y sus ojos —brillantes, húmedos, desbordados de un odio sin causa aparente— se clavaron en los de Rodari con una fijeza ajena a cualquier gesto reconocible, una mirada demasiado inmóvil, demasiado antigua, perteneciente a otra lógica y, probablemente, a otro mundo.

—¿No sabés si vas a poder? —repitió, escupiendo cada palabra de su boca que lucía abierta y sangrante.

—¿Ya olvidaste a quién le debes la lengua con la que ahora dudas?

Rodari dio un paso atrás, trastabillando, aferrando el borde de la mesa para intentar encontrar en ella algo parecido al consuelo. El aire en el cuarto pareció espesarse más aún. Alguien parecía haber cerrado el tiempo desde fuera, y todo dentro de esas paredes respiraba con dificultad.

Una lámpara parpadeaba con furia, soltando sombras y llamas que simulaban flecos deshilachados.

El hombre se irguió, elevando su cuerpo compuesto de marea podrida que lo invadía todo, y abrió la boca. Pero no habló. Escupió.

Y de su boca no salió saliva ni reproche: salieron llamas de ira.

Llamas breves, espasmódicas, azuladas que salían del incendio que llevaba durmiendo en el pecho.

Fuego que no quemaba la habitación, pero sí calcinaba el alma de quien lo veía.

Rodari cayó de rodillas, apartando la vista, cubriéndose la cara con ambas manos, balbuceando plegarias sin santo ni altar.

—Me pediste el camino —bramó la voz, ya no grave sino abisal, como si hablara una boca sostenida por las ruinas del tiempo—.

Dijiste que harías lo que fuera. Que cruzarías el río sin mirar atrás.

Y ahora que el precio llega, ¿te atreves a temblar como un recién nacido al que han dejado solo en el bosque?

Clemente Rodari no respondía. Sólo respiraba con dificultad porque el aire ya no le pertenecía.

—Vas a hacer lo que debas hacer —continuó la figura, acercándose, dejando un rastro de ceniza invisible a su paso—.

Lo vas a llevar a cabo, aunque tus manos se llenen de barro y tus ojos no puedan distinguir la verdad del sueño.

Porque si no lo hacés… yo voy a venir a buscarte inexorablemente. Y esta vez no voy a estar solo.

El silencio que siguió fue aún más terrible que las palabras.

Rodari sentía en la garganta el sabor metálico del miedo y en la espalda un sudor helado emergido de un pozo de agua que lo empapaba sin miramientos.

El cuarto giraba. El mundo, ese mundo que había conocido en los museos, en los libros, en los lienzos firmados con iniciales falsas, se deshacía a su alrededor.

—Entiendo… —murmuró al fin, levantando apenas la vista, encontrando la mirada abyecta de su interlocutor. Y entendía, sí. Entendía que ya no había vuelta atrás. Que estaba dentro de algo que no tenía nombre. Un laberinto sin centro. Una deuda sin firma.

El hombre sonrió, revelando los dientes filosos de animal de fábula macabra, de esos que devoran cuerpos y destinos. La lámpara volvió a parpadear, y en ese momento, algo —una sombra, una vibración, un suspiro— pareció salir de la pared misma y rodear a Rodari como una capa.

Y entonces, sin más, la figura se giró y desapareció por un pasillo demasiado oscuro para ser real, dejándolo solo, de rodillas, en ese cuarto de paredes mustias, con el lienzo sobre la mesa y un mandato ardiendo como fuego griego en la conciencia.

Rodari salió del edificio tambaleándose, con la herida en la mano abierta otra vez y una sola idea perforándole el cráneo: ¿hasta dónde puede uno bajar sin dejar de ser quien es?

Un susurro le rozó el oído; parecía decirle: “no volverás a ser el mismo”. Y en cierto modo, así fue.