El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 9. El testigo
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9. El testigo

León Cáceres llevaba dos noches sin lograr que el sueño completara su tarea.

El insomnio parecía haberlo tomado como rehén y algo en su interior, una zona más obstinada que la fatiga misma, se negaba a clausurar la escena del viejo que había llamado a su puerta con una obstinación irreverente.

¿Había ido a verlo para preguntar o para verificar?

Luego se había disuelto en una esquina cualquiera de Lavapiés con la naturalidad de quien abandona un escenario que nunca le perteneció del todo, dejando tras de sí una inmensa ausencia, o tal vez una forma más exigente de presencia que se había instalado en la memoria con la persistencia de lo que no puede resolverse.

Había en la descripción que aquel hombre hizo de Strappo una exactitud que no admitía el recurso fácil de la sugestión compartida, porque no se trataba de rasgos generales ni de vaguedades compatibles con cualquier recuerdo maleable, se trataba de detalles que pertenecían a la intimidad de una experiencia que León no había relatado jamás, como la inclinación leve de la cabeza al hablar, o el olor persistente a incienso barato que parecía adherirse a los objetos más que al aire, o esa manera oblicua de sostener una fotografía sin tocar el centro, para evitar el contacto directo con la imagen ya que implicaría una responsabilidad que prefería eludir; y era precisamente esa coincidencia, tan minuciosa como inexplicable, la que le impedía relegar lo ocurrido al terreno holgado de lo improbable.

Aquella mañana, mientras Góngora gruñía junto a la ventana con una inquietud que no respondía a estímulo visible alguno, León encontró bajo la puerta del apartamento un sobre que no había sido deslizado con descuido ni abandonado al azar de un gesto apurado, había sido colocado con una deliberación casi histérica en el punto exacto donde la mirada se detiene antes de girar la llave.

Quién lo había dejado allí parecía saber el espacio y la mecánica íntima de los hábitos de quien lo habita, y ese conocimiento, más que la presencia material del objeto, fue lo que le produjo a León un leve exabrupto que no necesitó traducirse en temor para hacerse evidente.

El papel, grueso y apenas amarillento, no mostraba las huellas habituales del tránsito postal ni el desgaste de manos impacientes.

Allí se plasmaba una integridad que parecía conservada o sustraída a un tiempo distinto y depositada allí sin intermediarios, y la dirección, mecanografiada con una tipografía irregular que delataba una máquina antigua, sugería precariedad elegida, una voluntad deliberada de inscribirse en un registro donde lo contemporáneo no tiene autoridad.

No había remitente. Dentro encontró una única hoja.

El membrete superior decía, con una formalidad que no lograba ocultar su anacronismo:

Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón

Av. Gral. Las Heras 1749, Ciudad de Buenos Aires

León dejó que la mirada recorriera esas líneas con una atención que respondía a la necesidad de verificar que aquello que leía no pertenecía al orden de la equivocación, porque conocía esa institución, conocía incluso la textura de sus pasillos, el tono de sus talleres, y sabía, con una certeza que no admitía discusión, que ningún membrete de ese tipo podía circular en ese formato sin que algo, en el trayecto, hubiera sido alterado.

El texto comenzaba sin filtros y parecía no estar dirigida a una persona. Se dirigía a una función que León todavía no sabía que estaba desempeñando.

Usted está mirando lo que otros decidieron no ver.

Las marcas no son ornamentales.

Si desea comprenderlas, deje de buscarlas en la superficie.

No avance solo.

León recorrió la hoja varias veces, en busca de una interpretación inmediata y tratando de reconocer en esas palabras una intención que no se dejaba atrapar por la lógica lineal de una advertencia convencional, y fue en esa repetición donde advirtió el detalle que había pasado inadvertido en la primera lectura: en el margen inferior derecho, apenas perceptible bajo la presión de la cinta mecanográfica, se insinuaba el trazo de una espiral incompleta, marcada en bajorrelieve.

Una hoja anterior parecía haber sido escrita con la fuerza suficiente para dejar su huella en la siguiente, y en ese residuo, más que en el texto mismo, había una forma de insistencia que resultaba difícil de ignorar.

No era una firma, pero tenía el carácter de persistente.

El teléfono fijo del apartamento sonó en ese instante con un timbrazo seco, único, que buscaba afirmarse.

León dejó la hoja sobre la mesa y descolgó con una calma que lejos de ser indiferencia, era la aceptación de que aquello que estaba ocurriendo no dependía de su disposición para participar.

—¿Diga?

Durante unos segundos no hubo respuesta, pero la línea seguía viva y sostenida por una presencia que no necesitaba manifestarse de inmediato, y en esa espera León percibió algo que no había notado en llamadas anteriores: no había ruido de fondo, ni respiración, ni interferencia, era una quietud deliberada.

Esa voz que iba a hablar no perteneciera del todo al espacio físico desde el cual se establece una comunicación ordinaria.

Cuando finalmente llegó, lo hizo sin apuro.

—No es conveniente que conserve esa carta.

El castellano era correcto, pero su cadencia no respondía a un acento reconocible. Era una forma de pronunciación que parecía haber atravesado más de un territorio antes de asentarse en esa entonación precisa.

León no mostró sorpresa.

—Entonces no debió enviarla.

—No la envié yo…al menos eso se podría decir

La afirmación buscaba desligarse y establecer una diferencia que León no podía todavía formular.

Apoyó el codo sobre la mesa y dejó que la mirada volviera a la espiral en relieve, buscando en ese trazo incompleto una respuesta que la voz no estaba dispuesta a dar.

—¿Quién habla?

Hubo una pausa leve, hecha a propósito.

—Alguien que conoció ese sistema antes de que usted supiera que existía.

León dejó que la frase se asentara en un lugar donde no podía ser descartada.

—¿Un restaurador?

—Yo diría más bien un testigo —respondió la voz.

El término no fue enfático, pero en su sobriedad contenía una delimitación precisa.

—¿De qué fue usted testigo?

—De lo que ocurre cuando una obra deja de ser una obra y pasa a ser un expediente.

El silencio que siguió fue inevitable, porque había en esa formulación una verdad que no necesitaba ser desarrollada para adquirir peso.

—¿Está hablando de decomisos, de expropiaciones? —preguntó León, intentando verificar que ambos hablaban desde el mismo marco.

—Estoy hablando de clasificación —respondió la voz—. De inventarios que no se hacían para conservar, ¿me entiende? Se hacen para redistribuir.

León sintió, sin dramatismo, que algo en la estructura de lo que había considerado hasta ese momento una investigación comenzaba a desplazarse hacia un terreno donde las palabras ya no eran neutras, y donde cada término implicaba una decisión que había sido tomada mucho antes de que él apareciera en esa cadena.

—Eso ocurrió hace décadas…. Y eso de la redistribución es, por así decirlo, un eufemismo de lo que a las claras fue un crimen.

—Eso comenzó hace décadas —corrigió la voz—. Que haya terminado… es otra cuestión… y si, comenzó como un crimen y sigue siéndolo.

León sostuvo el auricular con una presión apenas perceptible, y en ese gesto pudo estabilizar una conversación que comenzaba a excederlo.

—¿Por qué advertirme?

Hubo un leve cambio en la respiración al otro lado, una forma de cansancio que no se correspondía con el momento presente.

—Porque usted ha visto lo suficiente como para no poder retroceder… y no lo suficiente como para entender en qué se ha metido.

León dejó que la frase se asentara sin que se transformase en una amenaza. Pretendía que sea constatación que no necesitaba elevar el tono para imponerse.

—¿Qué quiere de mí?

La respuesta llegó sin vacilación.

—Que no trabaje solo.

León esbozó una mueca leve, mezclada con un tris ironía y con una lucidez que no le resultaba ajena.

—No es mi costumbre compartir mis “quehaceres” con alguien más— dijo con sarcasmo.

—En este caso deberá cambiar esa costumbre.

La afirmación no admitía réplica.

—¿Con quién?

La pausa fue breve, pero en ella se concentró una decisión que no parecía reciente.

—Inés Elorza.

El nombre cayó como algo más que información. Fue la confirmación que León no sabía que estaba esperando.

Sostuvo el silencio unos segundos. Ese nombre había activado una zona de su memoria que no había sido convocada hasta entonces.

—¿Por qué ella?

—Porque ya está dentro —respondió la voz—. Y porque ha entendido antes que usted que las marcas no pertenecen al autor, pertenecen al trayecto.

León apoyó la mano sobre la mesa, consciente de que la conversación había dejado de ser una advertencia para convertirse en una instrucción.

—¿Usted la conoce?

—La he observado —dijo la voz—. Como lo hice con otros.

La respuesta no aclaraba, pero delimitaba un campo.

—¿Y usted dónde estaba?

La pausa fue más larga esta vez.

—En un lugar donde no debía estar.

León no insistió de inmediato.

—¿Su nombre?

La voz descendió apenas, en forma de reconocimiento que no necesitaba confirmación explícita ni mantener ningún secreto.

—No es el momento de usarlo. Sólo entorpecería las cosas.

Un segundo de silencio. La línea quedó suspendida.

—Busque a Inés Elorza —añadió la voz—. Antes de que otros la encuentren primero. No se demore. Sé lo que le digo.

La comunicación se cortó sin un adiós ni un hasta luego y León permaneció con el auricular en la mano más tiempo del necesario porque comprendía que aquello que acababa de ocurrir había clausurado una forma de ignorancia que hasta ese momento le había resultado funcional, y que ahora se deshacía con la misma discreción con la que había sido sostenida.