8. Quién busca, encuentra #4
Esta vez fue Franz quien lo llenó con su propia memoria.
Recordó el año sesenta y nueve, los mensajes cifrados, la urgencia de actuar, el temor a que Rodari hubiese copiado listas, rastreado trayectorias, reconocido marcas bajo capas de barniz y nombres apócrifos.
Recordó también la seguridad de Santiago Millán al presentarse después, sin nerviosismo, sin triunfalismo, con la tranquila insolencia de quien sabe que los demás necesitan creerle.
—Dijo que Rodari se había esfumado antes de que pudiera llegar hasta él —murmuró Franz.
—Eso dijo.
La repetición fue un golpe bajo.
Franz lo sintió, pero no pudo esquivarlo.
—Y después sostuvo que la casa estaba limpia.
—También.
—Que los papeles no servían.
—Sí.
—Que no había nada que recuperar.
Martin no añadió nada.
Franz comprendió que acababa de repetir, palabra por palabra, la coartada de un hombre muerto de ausencia.
—Maldito Millán —dijo, casi para sí.
Martin no respondió enseguida. Permitió que el nombre quedara flotando, que se contaminara solo, que adquiriera el peso oscuro de una traición posible.
—No conviene precipitarse —dijo al cabo—. La precipitación es una forma vulgar del miedo.
—No me des lecciones.
—Entonces escucha una advertencia. Si Millán conservó algo de Rodari, no lo hizo por sentimentalismo. Lo hizo porque entendió que ciertas pruebas valen más vivas que destruidas.
Franz volvió hacia el escritorio.
—¿Y por qué activar todo ahora?
—Quizá no lo activó él.
—¿Entonces?
—Quizá perdió el control de lo que guardaba. Quizá alguien encontró una parte. Quizá Rodari, antes de desaparecer del todo, dejó más de una semilla en tierra ajena. Quizá Millán creyó tener en sus manos una llave y no advirtió que la llave abría una puerta hacia ambos lados.
Franz sintió una punzada de impaciencia.
—Hablas demasiado en condicional.
—Es la única lengua sensata cuando se conversa con fantasmas.
El nombre de Rodari no volvió a pronunciarse de inmediato, pero quedó allí, como una presencia sentada entre ambos.
Franz miró hacia la puerta. Ingrid ya no estaba en el umbral, o quizá nunca había estado.
La casa tenía esas formas de engañarlo últimamente: pasillos que devolvían pasos ajenos, cortinas que se movían sin aire, cuadros que parecían haber cambiado de expresión al caer la tarde.
Durante años había pensado que las obras le pertenecían.
Ahora empezaba a sospechar que solo las había custodiado para el día en que alguien viniera a reclamarlas con otro lenguaje.
—Inés Elorza quiere venir —dijo.
—Déjala venir.
—Podría ver demasiado.
—Verá lo que le permitas ver.
—No es tan simple.
—Nunca lo es.
—Si cierro la puerta, insistirá.
—Exacto.
—Si la abro, confirmará que había una puerta.
—También.
Franz dejó escapar una exhalación seca.
—Entonces no hay elección.
—La hay. Puedes recibirla y convertir la visita en un escenario.
—¿Un escenario?
—Toda colección lo es. Tú decides la iluminación, el recorrido, las obras que respiran y las que permanecen cubiertas. Deja que mire. Deja que crea que avanza. Las personas que creen avanzar suelen dejar detrás de sí un rastro más claro que las que se sienten perseguidas.
Franz volvió a sentarse.
—Quiero saber quién la puso en camino.
—Lo sabrás.
—¿Por ella?
—Por lo que intente no decir.
La respuesta le gustó menos de lo que esperaba.
—¿Y Millán?
Martin hizo una pausa exacta, casi elegante.
—A Millán no lo toques todavía.
—¿Por qué?
—Porque si es culpable, se moverá. Y si no lo es, alguien se moverá por él.
Franz apretó los dientes.
—No me gusta esperar.
—A ninguno de nosotros le gustaba. Por eso cometimos tantos errores.
La frase produjo un efecto extraño. Por un instante, Franz creyó oír en Martin algo parecido al cansancio, tal vez incluso una forma remota de arrepentimiento. La impresión duró poco. Martin Lughnar no se arrepentía; a lo sumo, corregía estrategias.
—Hablas como un hombre que ya no quiere estar dentro —dijo Franz.
La línea quedó muda.
Franz comprendió que había ido demasiado lejos, pero no retiró la frase.
—¿Sigues con nosotros, Martin?
La respuesta llegó fría.
—Sigo donde debo estar.
—Eso no responde.
—Responde más de lo que imaginas.
Hubo una pausa. No una pausa de duda, sino de amenaza contenida.
—Ten cuidado, Franz —añadió Martin—. En tiempos de filtraciones, preguntar por la lealtad de otro suele ser la manera más rápida de exhibir la propia inquietud.
Franz tragó saliva. No por miedo exactamente, sino por la súbita conciencia de que, incluso a distancia, Martin todavía sabía colocar una mano invisible sobre la nuca de los demás.
—Recibiré a la mujer —dijo al fin.
—Bien.
—Le mostraré algunas obras.
—Las suficientes.
—La escucharé.
—Más importante: déjala hablar de menos. La gente que oculta algo suele calcular cada palabra; la que ha sido enviada por otro calcula también los silencios.
Franz tomó nota mental de esa frase.
—Quiero que estés disponible cuando fije la visita.
—Lo estaré.
—Y si menciona a Rodari...
—No reacciones.
—¿Nada?
—Nada. Los muertos, los desaparecidos y los traidores tienen algo en común: se alimentan de la expresión de quienes los oyen nombrar.
Franz sintió un escalofrío que no supo atribuir al pasado o a la humedad.
—¿Crees que Rodari está muerto?
Martin tardó demasiado.
—Creo que algunas desapariciones son más eficaces que una muerte.
La frase dejó tras de sí una claridad insoportable.
Franz ya no supo si hablaban de Rodari, de Santiago Millán o del propio Martin.
—Llámame cuando sepas el día —dijo Lughnar—. Quiero conocer la hora exacta en que Inés Elorza cruce esa puerta.
—¿Por qué?
—Porque a veces una visita no empieza cuando alguien llega, sino cuando alguien decide a quién quiere encontrar allí.
La línea se cortó sin despedidas.
Franz permaneció con el auricular en la mano. Durante varios segundos siguió escuchando el vacío de la comunicación, ese zumbido opaco donde parecían reunirse todas las palabras que ninguno de los dos se había atrevido a pronunciar.
Al fin colgó.
El despacho recuperó sus ruidos mínimos: la madera trabajando bajo el calor, una mosca golpeando contra el vidrio, el murmullo distante de la casa. Todo seguía en su sitio, y sin embargo nada parecía ocupar ya el mismo lugar.
Franz miró las carpetas ordenadas sobre el escritorio. Pensó en Rodari. Pensó en Santiago Millán. Pensó en aquella restauradora de Buenos Aires que había pronunciado su apellido sin conocer el peso exacto de la piedra que acababa de levantar.
Y entonces la duda, pequeña y venenosa, se instaló en él con una naturalidad espantosa.
¿Y si Santiago Millán no había cumplido?
¿Y si había guardado una parte?
¿Y si durante todos esos años no habían tenido un ejecutor, sino un testigo?
La puerta del despacho se abrió apenas.
Ingrid apareció en el umbral, con una mano apoyada en el marco y el rostro inmóvil de quien había escuchado lo suficiente para no necesitar demasiadas preguntas.
—¿Qué ha dicho?
Franz dejó el auricular sobre la base con una lentitud impropia de él. Permaneció unos segundos mirando el teléfono, como si esperara que volviera a sonar para desmentir lo que acababa de oír.
—Insiste en relacionar todo esto con Santiago Millán —respondió al fin—. No lo afirma, pero lo deja siempre a un paso de la sospecha. Demasiado cerca.
Ingrid no dijo nada.
La casa de los Pedersen, con su fachada vasca incrustada en la tierra roja de Eldorado, conservaba la misma apariencia de orden y permanencia que había exhibido durante décadas.
Los postigos seguían cerrándose a la misma hora, los muebles ocupaban el lugar de siempre y las obras descansaban en habitaciones donde el tiempo parecía avanzar con la resignación de un empleado público.
Sin embargo, algo había cambiado.
No era la llamada de una restauradora desde Buenos Aires ni el regreso inesperado del nombre de Rodari. Era una fisura casi imperceptible, una grieta abierta en una certeza que durante años había parecido inquebrantable.
Franz caminó hasta la ventana y apoyó una mano sobre el vidrio.
Recordó a Santiago Millán tal como lo había conocido: correcto, prudente, meticuloso hasta el exceso, un hombre capaz de pasar inadvertido incluso en una habitación vacía. Nunca había dudado de él. Nunca había sentido la necesidad de hacerlo.
Hasta ese momento.
La sospecha llegó sin estridencias, con la discreción de la humedad que avanza detrás de una pared mientras la casa continúa pareciendo intacta.
Bastó una pregunta de Martin Lughnar, una sola, para que treinta años de certezas comenzaran a desplazarse unos milímetros, lo suficiente para que todo el edificio de la memoria perdiera aplomo.
¿Había cumplido realmente Santiago Millán aquello que se le había encomendado?
Franz no encontró una respuesta. Y descubrió, con un malestar creciente, que tampoco recordaba haberla buscado nunca.
Detrás de él, Ingrid seguía inmóvil.
Frente a él, la tarde empezaba a hundirse sobre los árboles de Eldorado.
Y en algún lugar, a más de mil kilómetros de distancia, una restauradora argentina avanzaba con la tranquilidad de quien ignora que acaba de introducir la primera grieta en un muro que llevaba demasiado tiempo sosteniéndose únicamente por el peso de sus propios secretos.