El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 8. Quién busca, encuentra #3
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8. Quién busca, encuentra #3

—Ha llamado desde Buenos Aires —anunció, cruzando el corredor rumbo al fondo—. Y no se ha limitado a tantear. Ha hablado con demasiada seguridad.

Ingrid dejó sobre una mesa el libro de tapa dura que estaba leyendo y lo siguió sin preguntar. Compartían desde hacía años la responsabilidad de vigilar el cuarto reforzado y sabían, sin necesidad de explicarlo, que determinados cambios no admitían demora.

Al entrar en la sala asegurada, retiraron juntos la tela que cubría una de las pinturas religiosas más antiguas y valiosas, una pieza llegada a la casa en circunstancias que jamás habían narrado del todo.

Franz tomó una lámpara portátil y dirigió el haz hacia el ángulo inferior derecho, una zona que recordaba limpia.

La luz se detuvo sobre una trama de líneas violetas, perfectamente secas, entrecruzadas con cuidado obstinado, que convergían en una espiral pequeña pero contundente.

Ingrid se acercó un poco más, midiendo la distancia con una fidelidad casi automática a las reglas que ella misma se había impuesto. Observó el signo sin permitir que sus dedos rozaran la superficie.

—Esto no estaba la última vez —dijo, con certeza—. Revisé este rincón hace unos meses. La recuerdo sin marcas.

Franz repasó mentalmente las fotografías que guardaba bajo llave: tomas en blanco y negro, ampliaciones de sectores, registros de craqueladuras y de barnices envejecidos. Ninguna imagen ofrecía rastro de aquel símbolo.

Se movieron hacia otras obras, algunas apoyadas contra la pared, otras protegidas por telas gruesas, y en varias descubrieron variantes del mismo emblema: un trazado semejante, siempre ejecutado con la misma tinta violácea, siempre situado en zonas discretas que no interferían con la composición principal, pero que introducían una presencia añadida para quien supiera leerla.

La constatación no admitía excusas ni retrasos.

Franz abandonó la sala cerrada y regresó a su despacho, una habitación con vistas a la avenida, donde el ruido de la calle llegaba amortiguado por los vidrios gruesos.

Se sentó, levantó el auricular y marcó un número internacional que no figuraba en libreta alguna.

Aquel contacto formaba parte de un circuito que había aprendido a funcionar sin dejar escritos los pasos.

Tras varias señales, una voz respondió desde Rheinbach con un saludo breve, en alemán, que tenía la forma de un código.

—Lughnar. Guten Tag.

La voz llegó desde la otra punta de la línea con una sequedad que no pertenecía al idioma, sino al hombre.

Franz Pedersen sostuvo el auricular junto al oído y, durante un instante, tuvo la sensación absurda de que aquel cable extendido entre Misiones y Alemania no comunicaba dos casas, ni dos despachos, ni siquiera dos países, sino dos habitaciones cerradas dentro de un mismo pasado.

—Soy Franz —dijo.

Del otro lado no hubo saludo, ni sorpresa, ni cordialidad.

Solo una pausa breve, precisa, cargada de esa clase de reconocimiento que no necesita nombres porque arrastra culpas compartidas.

—Habla —ordenó Martin Lughnar, ya en castellano.

Franz miró hacia la ventana del despacho.

Afuera, la tarde de Eldorado parecía haberse detenido sobre los árboles con una placidez obscena, como si la selva ignorara la existencia de los hombres que habían aprendido a enterrar cosas bajo nombres falsos, cuentas bancarias discretas y silencios administrados con disciplina germánica.

—Me llamó una restauradora desde Buenos Aires —empezó—. Inés Elorza.

Martin no respondió.

Franz conocía demasiado bien ese silencio. No era desconcierto. Era cálculo.

—Recibió una obra en un paquete anónimo —prosiguió—. Dice que encontró marcas añadidas durante una restauración. Marcas que no pertenecen a la pintura original. Asegura que se repiten, que alguien las utiliza para señalar determinadas piezas fuera de los circuitos habituales.

—¿Qué piezas?

—No lo dijo.

—¿Qué sabe?

—Lo suficiente para haber llegado hasta mí.

La línea pareció cargarse de una electricidad antigua.

—¿Mencionó mi nombre? —preguntó Martin.

—No.

—¿Rodari?

Franz dejó pasar una fracción de segundo antes de contestar.

—Tampoco.

—Entonces todavía no sabe demasiado.

Franz apretó los labios.

—No estoy tan seguro. No habla como alguien que pregunta por curiosidad. Habla como alguien que ya conoce parte de la respuesta y solo necesita que el otro cometa el error de confirmársela.

Martin soltó una respiración apenas audible.

—¿Pidió ver las obras?

—Sí.

—Claro.

Esa palabra, dicha sin sorpresa, irritó a Franz más que cualquier alarma.

—¿Claro?

—Nadie llega a un apellido como el tuyo para conformarse con una conversación telefónica.

Franz apoyó la mano libre sobre el escritorio. La madera estaba tibia, aunque él sintió frío en la palma.

—Lo que sabe no ha salido de esta casa.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

—Nadie está completamente seguro de nada después de treinta años.

Franz cerró los ojos un instante. La frase le molestó porque era cierta.

—Aquí no se habla de eso —dijo—. Ni Ingrid, ni Alejandro, ni nadie. Las obras están donde deben estar. Los papeles que existen son inocentes y los que no lo eran dejaron de existir hace mucho.

—Eso creíamos de otras cosas.

La respuesta de Martin llegó sin énfasis, y quizá por eso mismo pareció más peligrosa.

Franz no contestó.

Desde algún lugar de la casa le llegó el sonido de una puerta cerrándose con cuidado. Pensó en Ingrid, en su manera de moverse por los pasillos sin hacer ruido, en esa capacidad suya de estar presente aun cuando fingía no escuchar.

—Hay algo que no encaja —dijo Franz.

—Siempre hay algo que no encaja. El error está en creer que lo demás sí lo hace.

—No me vengas con sentencias, Martin. Te llamo porque esta mujer pronunció mi apellido, pidió ver las obras y habló de marcas que nadie debería poder reconocer.

—¿Nadie?

La palabra quedó suspendida en la línea.

Franz la oyó como se oye el crujido de una viga en una casa antigua: primero con molestia, después con temor.

—¿Qué estás insinuando?

—Nada todavía.

—No me gusta ese “todavía”.

Martin guardó silencio.

Franz imaginó al otro en su casa alemana, rodeado de muebles severos, papeles ordenados y una vejez que no había conseguido ablandarle la mirada.

Durante años había desconfiado de Martin Lughnar, aunque había necesitado de él.

Esa era la naturaleza de ciertas alianzas: no se fundaban en la confianza, sino en la imposibilidad de traicionarse demasiado pronto.

—Rodari —dijo Martin al fin.

Franz sintió que el nombre caía entre ambos como una carpeta abierta sobre una mesa de interrogatorio.

—¿Qué pasa con Rodari?

—Demasiadas cosas comenzaron con él.

—Y terminaron con él.

—¿Estás seguro?

Franz se incorporó apenas en la silla.

—Tú estabas allí cuando se decidió.

—Estuve cuando se habló —corrigió Martin—. No confundas las palabras con los hechos.

—Se resolvió que había visto demasiado.

—Sí.

—Se resolvió que debía desaparecer.

—Sí.

—Y Santiago Millán se ocupó.

Martin no respondió de inmediato.

Aquella pausa fue breve, pero suficiente para introducir una astilla en la certeza de Franz.

—Eso dijo —contestó al fin.

Franz sintió que algo se tensaba en la habitación.

—¿Qué significa “eso dijo”?

—Significa exactamente eso.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando.

—Millán recibió instrucciones precisas. Lo elegimos porque conocía a Rodari, porque podía acercarse sin levantar sospechas y porque tenía una habilidad desagradable para hacer que las cosas dejaran de estar donde estaban.

—Nadie discute sus habilidades.

—Entonces, ¿qué estás sugiriendo?

Martin bajó aún más la voz.

—Franz, dime una cosa. ¿Viste el cuerpo?

La pregunta no fue violenta. Peor aún: fue casi doméstica, casi razonable.

Franz no contestó.

—¿Lo viste? —insistió Martin.

—No.

—¿Viste quemarse sus papeles?

—Millán dijo que no quedaba nada útil.

—No te pregunté qué dijo Millán.

Franz apretó el auricular con más fuerza.

—No.

—¿Viste sus cuadernos? ¿Sus notas? ¿Los registros que había estado reuniendo? ¿Las fotografías?

—No.

—¿Viste desaparecer algo, Franz, aparte del propio Rodari?

La pregunta terminó de abrir una puerta que Franz habría preferido no saber que existía.

Durante años había repetido una versión cómoda de los hechos: Rodari se había acercado demasiado, la red había reaccionado, Santiago Millán había cumplido, y el peligro se había desvanecido en alguna fosa sin nombre o en una frontera mal iluminada.

Era una historia desagradable, pero cerrada.

Y los hombres como Franz necesitaban historias cerradas para seguir durmiendo en casas llenas de objetos que no siempre les pertenecían.

—Millán no tenía motivos para traicionarnos —dijo, aunque ya no sonó como una afirmación, sino como una defensa.

—Los motivos rara vez se anuncian.

—Le pagamos.

—El dinero compra muchas cosas. La lealtad, casi nunca.

—Era uno de los nuestros.

Martin dejó escapar una risa sin alegría.

—No, Franz. Millán era útil. Esa fue siempre su categoría moral.

El comentario se hundió en la conversación con una precisión quirúrgica.

Franz se levantó y caminó hasta la ventana, arrastrando el cable del teléfono.

La luz de la tarde empezaba a retirarse de los muebles, dejando sobre la pared la sombra alargada de los estantes y de los marcos.

Pensó en Santiago Millán: su rostro correcto, sus modales discretos, esa forma suya de aparecer en el momento adecuado y retirarse antes de que alguien pudiera pedirle explicaciones.

Lo había considerado un instrumento. Tal vez ese había sido el error.

Los instrumentos, usados durante demasiado tiempo, terminaban aprendiendo la forma de la mano que los empuñaba.

—¿Crees que conservó algo? —preguntó.

Martin tardó en responder lo suficiente para que Franz creyera que la idea acababa de ocurrírsele a él.

—No lo sé.

—Pero lo piensas.

—Pienso que una restauradora argentina no llega hasta tus obras siguiendo el perfume de la casualidad.

—Alguien la orientó.

—Alguien, sí.

—Y tú crees que pudo ser Santiago.

—Yo no he dicho eso.

—No hizo falta.

Otro silencio.