8. Quién busca, encuentra #2
La mezcla de inquietud y perplejidad la llevó a multiplicar las preguntas: solicitó confirmaciones, pidió que le repitieran datos, indagó sobre archivos históricos, mencionó la posibilidad de un error burocrático, tanteó la existencia de registros personales, insistió en detalles que pudieran abrir una grieta.
Cada respuesta llegó clara, segura, encajada en un esquema sin fisuras.
La conversación terminó agotada, por escaso interés y por la imposibilidad de hallar una puerta lateral por la que escapar de esa versión de los hechos.
Al colgar, Inés tuvo la dolorosa certeza de que el taller no había cambiado de aspecto: las mesas seguían donde siempre, la luz caía desde el mismo ángulo como una guirnalda incandescente, el olor a solventes y cola orgánica permanecía sin variaciones.
Lo que se había desplazado era la trama misma de lo ocurrido en los últimos días.
Recordaba con una exactitud irritante la imagen de Rodari inclinado sobre la mesa, el gesto casi automático al acomodarse los anteojos, el modo en que sus manos recorrían con cuidado la superficie de la tabla a la que estaba adherida la fotografía, la frase pronunciada con una sobriedad que pesaba más que cualquier grito.
Si ese hombre había muerto hacía más de tres años, el encuentro en la escuela pertenecía a un orden distinto del habitual o formaba parte de un dispositivo cuidadosamente preparado por otros.
Pensó en la soledad de los pasillos que había recorrido, en la ausencia total de voces y pasos aquella tarde que, en su momento, le había parecido natural, y sintió que algo se encajaba en un lugar que preferiría mantener vacío.
Volvió a la carta. Fijó la vista en la línea que mencionaba a la familia Pedersen.
Aquella referencia no constituía un detalle lateral; marcaba el próximo movimiento lógico de una secuencia que ya no dependía sólo de obras y superficies, también dependía de los recorridos que éstas habían seguido y de quienes las habían tocado.
Abrió la guía telefónica, buscó el apellido con la obstinación de quien sabe que lo encontrará, y lo encontró: una línea asociada a una residencia particular, en una ciudad de la provincia de Misiones.
—Residencia Pedersen.
La voz masculina al otro lado tenía un español sin estridencias, pero no resultaba acogedora. Dejó percibir una edad indefinida y un cansancio que no provenía de una mala noche. Eran años de vigilancia. Sonaba a alguien acostumbrado a responder, aunque reacio a confiar.
—Mi nombre es Inés Elorza —dijo ella—. Llamo desde Buenos Aires. Necesito hablar con el señor Pedersen.
Se produjo una pausa breve, lo justo para que la sospecha se acomodara.
—Está hablando con él —respondió el hombre—. ¿Quién le dio este número?
—Nadie me lo facilitó —contestó Inés—. Aparece en la guía telefónica. Su apellido figura en una referencia que estoy investigando.
—¿Una referencia? —repitió, cargando la palabra de recelo—. No acostumbro a atender alusiones vagas. ¿Quién es usted exactamente y qué relación cree tener con mi familia?
Inés respiró hondo, midiendo cada sílaba.
—Soy restauradora de obras pictóricas. Trabajo con piezas que, en muchos casos, han quedado fuera de los circuitos públicos.
En el curso de una investigación reciente, su apellido apareció vinculado a ciertas obras guardadas en colecciones privadas del norte.
Antes de dar cualquier paso, necesito confirmar información.
—¿Quién le habló de nosotros? —insistió Pedersen, dejando a un lado toda clase de buenos modales—. No es habitual que alguien mencione mi nombre asociado a colecciones privadas sin saber muy bien en qué terrenos pisa.
—No puedo revelar la fuente —dijo ella, manteniendo la voz serena—. Lo que sí puedo asegurarle es que la mención no fue casual. El contexto era lo bastante serio como para que este llamado resultara inevitable. No perdería su tiempo ni el mío si se tratara de una especulación ligera.
—No me tranquiliza —replicó el hombre, con frialdad—. La ligereza suele disfrazarse de rigor académico con demasiada frecuencia. ¿De parte de quién llama?
—No represento a nadie que usted conozca —respondió Inés—.
Justamente por eso prefiero hablar directamente con usted.
No me interesa exponer ni denunciar, sólo entender la procedencia de ciertas pinturas cuya historia está incompleta.
Si su familia no tiene nada que ocultar, esta conversación no tendría por qué incomodarlo.
El silencio que siguió tuvo peso propio. No era un corte de línea ni una distracción. Era alguien que evaluaba, calculaba, reorganizaba piezas.
—Mi abuelo reunió obras en circunstancias complicadas —admitió al fin—. Algunas están guardadas desde hace décadas. No se venden. No se exhiben. Tampoco son parte de pleitos. ¿Por qué motivo debería interesarle algo que nadie reclama?
—Porque hay alguien reclamando —dijo Inés, controlando el temblor de la frase—.
No de manera pública ni por los caminos habituales, pero el reclamo existe.
Ciertas marcas que he localizado coinciden con descripciones que podrían corresponder a piezas de su colección.
No pretendo apropiarme de nada. Necesito ver para comprobar si hablamos de lo mismo.
—¿Qué tipo de marcas? —preguntó Pedersen. En esa pregunta asomaba algo más que desconfianza: una sombra de reconocimiento.
—Intervenciones añadidas mucho después de que la obra fuera concluida.
No responden al criterio de una restauración convencional.
Son signos que introducen un segundo nivel de lectura, ajeno al autor original y, sin embargo, incrustado en la superficie.
Si en su casa conserva pinturas que no figuran en inventarios oficiales, es posible que algunas hayan sido modificadas sin que usted lo advirtiera.
El hombre tardó en responder para poder pesar sus palabras y también las de ella.
—Supongamos que lo que dice tenga algún fundamento —dijo—. ¿Qué garantía tengo de que usted no actúa en nombre de otra persona?
—Ninguna —contestó Inés, sin rodeos—. La única garantía que puedo ofrecerle es mi oficio y mi nombre.
Si después de conocerme considera que mi presencia representa un riesgo, me iré sin discutir.
Pero si lo que custodia coincide con lo que estoy siguiendo, cerrar los ojos no va a disolver el problema.
La respiración del hombre se volvió audible, con un leve nerviosismo, pero decidió no ocultarla.
—Si decide venir —concedió finalmente—, tendrá que avisar con tiempo. No abro la puerta a visitas improvisadas.
—Lo entiendo —respondió ella—. Y le agradecería que, mientras tanto, revisara con detenimiento lo que tiene en su poder. Es posible que encuentre algo que no estaba donde debería.
—Eso suena a advertencia —dijo él, midiendo cada sílaba.
—Tómelo como un consejo prudente —replicó Inés.
La línea quedó suspendida un momento más. Después, la voz de Pedersen se endureció en un cierre medido:
—Llame antes de viajar. Si concluyo que su visita tiene sentido, la recibiré. Déjeme ahora su dirección y su número de teléfono.
—Por supuesto —dijo—. ¿Tiene dónde anotar?
Cuando colgó, Inés se quedó un instante con el auricular todavía en la mano con la sensación de que la conversación no había terminado del todo.
Sabía que la reserva del hombre no era injustificada; entendía, al mismo tiempo, que había conseguido lo que necesitaba: una rendija.
La puerta de esa casa, tan lejos del taller, ya no estaba cerrada por completo.
En la avenida San Martín, en el centro longilíneo de la ciudad de Eldorado, la casa de los Pedersen se erguía con una seguridad que no pedía disculpas por su diferencia.
La estructura remitía a un caserío vasco trasplantado a la fuerza a un clima que no terminaba de admitirlo.
Mientras las construcciones vecinas se levantaban con recursos modestos y un criterio esencialmente práctico—paredes pensadas para resistir la humedad y el calor más que para lucirse—, aquella vivienda parecía recordarle al entorno que había sido concebida para otra latitud.
El pórtico, de aire colonial, imponía su presencia sobre un camino empedrado que intentaba conservar un tono arenoso ajeno a la tierra rojiza de Misiones.
El suelo, sin embargo, se filtraba entre las piedras y acababa por teñirlo todo con un pigmento obstinado.
Las ventanas altas, resguardadas por cortinados pesados de tela importada, ocultaban un interior que no se dejaba adivinar desde la calle y reforzaban la impresión de una intimidad vigilada, más próxima a la idea de archivo que a la de hogar.
En ese interior calculado con esmero, donde cada mueble y cada objeto confirmaban una pertenencia cultural más cercana al Atlántico Norte que al litoral argentino, Franz e Ingrid habían asumido desde hacía años la tarea de proteger un conjunto de pinturas, tallas y piezas diversas cuya procedencia nunca había aparecido con claridad en documento alguno.
No se trataba de una colección exhibida con orgullo, consistía en un conjunto de obras que habían ido desembarcando en la casa siguiendo itinerarios tan sinuosos como el curso de los ríos de la región.
Franz, tiempo atrás, ordenó reforzar la puerta del cuarto posterior, ese espacio casi sin ventanas, donde los cuadros descansaban apoyados contra las paredes en una quietud engañosa.
No se trataba sólo de un temor al robo; algunas de esas piezas cargaban consigo historias pesadas y su valor no se reducía a una cifra.
La llamada de Inés Elorza, aquella tarde, alteró el aire de la casa con más eficacia que cualquier tormenta subtropical.
Después de colgar, Franz permaneció un rato junto al aparato, con la mano aún cerca del disco, repitiendo en silencio el nombre de la mujer y las palabras que había utilizado: marcas añadidas, obras fuera de catálogo, reclamos que no se cursaban por juzgados ni galerías.