El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 8. Quién busca, encuentra
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8. Quién busca, encuentra

Aquella mañana, Inés había despertado con la sensación persistente de haber llegado tarde a algo que no lograba nombrar, una certeza difusa de que una parte de su vida había transcurrido en otra habitación, en un escenario paralelo donde se tomaban decisiones mientras ella permanecía confinada en la tarea minuciosa de conservar aquello que otros habían creado.

Esa intuición, tan vaga como insistente, le dejó un poso de desasosiego que ni el trabajo ni la rutina conseguían disipar.

Había aprendido con rigor la manera de devolver coherencia a superficies dañadas, de recomponer capas de pintura y consolidar grietas que amenazaban con abrirse; lo que no había aprendido era a intervenir en aquello que, en su propia historia, había quedado en suspenso, sin resolución posible, relegado a ese margen opaco donde los proyectos aplazados y las decisiones que se dejan para después terminan adoptando la densidad plúmbica de una mala herencia que nadie reclama en voz alta y, sin embargo, pesa.

El taller, que durante años había sido refugio, argumento y coartada, se le presentaba esa mañana con una nitidez excesiva, casi indiscreta.

Cada objeto parecía querer hacerla partícipe de una evidencia que hasta entonces había preferido no mirar de frente: los pinceles alineados con una disciplina casi militar, las telas apoyadas contra la pared como cuerpos en espera, las lámparas reguladas para revelar lo que el ojo distraído nunca detecta, los frascos etiquetados con una pulcritud obstinada.

Todo contribuía a recordarle que su vida se había organizado alrededor de aquello que era capaz de reparar en las obras ajenas, mientras lo propio permanecía sin intervención por una mezcla de abandono y miedo a tocar lo que podría desmoronarse al primer intento.

En ese equilibrio frágil entre control y renuncia, entre oficio y aplazamiento, comenzaba a definirse una soledad que no necesitaba grandes gestos para hacerse evidente; le bastaba con colocarse delante de ella y recordarle, con una paciencia casi cruel, que el tiempo también sabe esperar.

En algún momento, perdido ya en la memoria, había creído posible otra clase de existencia, una vida que no orbitara exclusivamente en torno a las huellas de los demás, abierta a un impulso propio, a un proyecto que no estuviera siempre condicionado por la materia de trabajos ajenos.

No había una fecha concreta para ese desvío; no podía señalar el día en que abandonó esa expectativa.

Comprendía, en cambio, que ciertas renuncias no se ejecutan en un instante: se desgastan lentamente, se diluyen entre compromisos razonables y gestos prudentes, hasta que llega un punto en que ya no se reconocen siquiera como renuncia.

Tal vez por eso le resultaba tan natural aceptar lo que aparecía en su camino sin preguntarse demasiado de dónde provenía ni hacia qué lugar la estaba arrastrando.

Con esa disposición, más atenta a la falta que a la presencia, llegó hasta la puerta del taller.

Al inclinarse para introducir la llave en la cerradura, Inés encontró un sobre apoyado contra el umbral, colocado con una delicadeza que rozaba la burla, exactamente en el punto donde la mirada se detiene por costumbre antes de entrar.

Tuvo la impresión de enfrentarse a una aparición calculada.

A esas alturas sabía que ciertos mensajes no buscan sorprender; exigen, ante todo, ser reconocidos, obtener una confirmación que va más allá de la simple curiosidad.

Y toda carta que llega sin sello, sin matasellos, sin rastro de recorrido oficial, se inscribe de inmediato en esa zona en que la inocencia resulta un disfraz poco verosímil.

El papel del sobre era grueso, de un blanco fatigado que empezaba a virar hacia el amarillo del tiempo contenido.

No llevaba marcas de tránsito, ni pliegues precipitadamente alisados, ni señales de manos nerviosas.

Daba la sensación de haber sido depositado allí con una seguridad absoluta en cuanto al destinatario y al momento en que éste habría de recogerlo.

Inés lo sostuvo unos segundos sin abrirlo, sintiendo que, aun cerrado, ya modificaba el aire del lugar, el contenido empezaba a actuar antes de ser leído.

Dentro encontró una única hoja doblada en dos, escrita con tinta violeta de trazo firme.

La caligrafía, deliberadamente arcaica, pero sin caer en el ornamento inútil, ocupaba el centro de la página con una frase que no reclamaba comprensión inmediata; parecía reclamar, ante todo, un espacio donde caer y asentarse.

El arte no pide permiso cuando regresa.

Inés dejó que esa sentencia se acomodara en su pensamiento, sin intentar desmenuzarla.

Después bajó la mirada y se topó con el signo trazado debajo, en la misma tinta: líneas que se cruzaban con una insistencia geométrica y convergían en una espiral cerrada que retenía toda la energía del trazo en un punto que se negaba a abrirse.

No había variación; era la marca que había visto en la fotografía adherida a la tabla, el mismo diseño obstinado que empezaba a repetirse con la constancia de una firma.

En el margen inferior, con el mismo pulso gráfico, se desplegaba una referencia que extendía el campo del problema más allá de Buenos Aires y de su taller:

En el norte argentino, la familia Pedersen custodia obras que reclaman atención.

El apellido encendió una chispa inmediata en la memoria de Inés.

Recordó el momento en que Rodari, con aquel cuerpo envejecido y ese desaliño que parecía ocultar decisiones antiguas, pronunció el nombre con una mezcla de cansancio y advertencia.

Se encontró sonriendo, sin alegría, ante la confirmación de que el profesor —fuera cual fuese ahora su condición— había manejado información que ella ni siquiera sospechaba.

La elección del verbo custodia no resultaba casual.

No se limitaba a expresar cuidado: arrastraba consigo la idea de retención, de posesión vigilante.

Esa sola palabra convocó relatos oídos a medias sobre colecciones privadas formadas en tiempos turbulentos, sobre obras trasladadas en silencio, a menudo amparadas en el caos político y en las fronteras porosas, piezas cuya procedencia había quedado cuidadosamente apartada de los catálogos y de las vitrinas públicas.

La carta se cerraba con una última línea que no intentaba suavizar nada, un imperativo tan antiguo como violento:

Busque y encontrará.

Dejó la hoja junto a la fotografía y permaneció un momento inmóvil, mirando hacia el patio.

Las glicinas seguían enroscadas en la palmera despojada de vida, empeñadas en abrazar un tronco muerto, y esa imagen, que hasta entonces le había parecido sólo una rareza botánica, empezó a revelarse como una metáfora más exacta de lo que estaba ocurriendo.

El símbolo que se repetía no respondía a un capricho gráfico; funcionaba como un mecanismo en marcha, un dispositivo que reclamaba algo.

Antes de entregarse a las conjeturas, supo que había un dato que debía corroborar.

Se dirigió al teléfono y marcó el número de la Escuela Prilidiano Pueyrredón. El disco giratorio imprimía al gesto una lentitud inevitable: cada cifra tenía que recorrer el círculo completo y regresar a su punto de origen, imponiendo a la llamada un ritmo casi ceremonial.

La comunicación tardó en establecerse. Cuando finalmente una voz femenina respondió, el tono administrativo, correcto y medido, dejaba entrever, sin embargo, un cansancio de oficina que le sonó familiar.

—Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, buenas tardes.

—Quisiera hablar con el profesor Clemente Rodari, por favor —dijo Inés, procurando que el apuro no traicionara su voz.

Se produjo una pausa que no se debía a problemas técnicos. Tenía algo de búsqueda en un registro, de verificación.

—¿Podría repetir el nombre, si es tan amable?

—Clemente Rodari. Restauración —precisó, con la ansiedad ascendiendo por la garganta.

El silencio que siguió tuvo la textura de una confirmación interna. Cuando la mujer volvió a hablar, lo hizo con una sobriedad que no dejaba espacios ambiguos.

—Señora, lamento informarle que el profesor Rodari falleció hace tres años y siete meses, para ser exacta.

Inés apretó el auricular con una fuerza involuntaria. La noticia chocaba frontalmente con el mapa de sus días recientes.

—Eso no puede ser —respondió, forzándose a conservar un tono controlado—. Estuve con él hace unos días en uno de los salones laterales. Fue esta semana. Hace tres días.

La secretaria no vaciló.

—Su fallecimiento tomó por sorpresa a todo el personal —dijo—. Desde entonces, su cátedra se reasignó y se cerraron sus expedientes. La fecha consta en los registros de la institución.

—¿No existe otro profesor con ese nombre? ¿Ningún homónimo? —insistió Inés, notando cómo, pese a los esfuerzos, la incredulidad empezaba a asomar.

—Le aseguro que no —contestó la mujer, sin modificar el tono—Y permítame agregar algo: hace tres días el edificio estuvo cerrado por tareas de desinfección. No hubo clases ni profesores en las instalaciones. ¿Está segura de la fecha?

Por un instante, Inés tuvo la impresión de quedarse suspendida en el aire.

Empezó a repasar mentalmente los días de la semana, como quien recorre con el dedo un calendario invisible, tratando de verificar si realmente habían pasado tres jornadas desde su visita a la escuela.

Las horas, de repente, adquirían una elasticidad dificultosa.