El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 7. ¿Quién es usted?
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7. ¿Quién es usted?

El teléfono negro de León, pesado y con el cable en bucle fatigado por años de uso, comenzó a sonar con una insistencia ligeramente más prolongada que la habitual.

El repiqueteo había atravesado centrales manuales y cables submarinos antes de instalarse en el apartamento de Lavapiés.

León observó el aparato durante dos ciclos completos antes de levantar el auricular, consciente de que nadie marcaba desde otro país para intercambiar cumplidos.

—¿Diga?

La línea respondió primero con un siseo eléctrico y, casi de inmediato, con la voz neutra de una operadora que pronunciaba cada sílaba con la distancia integrada en el protocolo.

—Llamada internacional desde la República Federal Alemana para el señor León Cáceres. ¿Acepta el cargo?

León no necesitó más información que la palabra Alemania , la cual, además de evocar un mapa, remitía a una sedimentación histórica que parecía filtrarse por el auricular.

—Sí, acepto.

Se oyó un clic metálico, seguido por una respiración amplificada por la distancia, irregular y trabajosa, una respiración que avanzaba lentamente a través de kilómetros de cable y décadas sedimentadas sobre unos pulmones cansados, arrastrando pequeñas interrupciones, rugosidades y silencios breves, hasta llegar convertida en algo más antiguo que una voz y más cercano a un resto arqueológico todavía capaz de respirar.

—¿Señor Cáceres? —preguntó un hombre cuyo español era demasiado correcto para ser espontáneo.

León sostuvo el silencio con la elegancia de quien concede sin confirmar.

—¿Con quién hablo?

Haciendo caso omiso, el interlocutor continuó.

—Me han dicho que usted se ha interesado por ciertas pinturas intervenidas con un símbolo particular. Líneas cruzadas. Una espiral central.

León estiró la mano hasta la estantería vecina a la mesilla del teléfono, donde reposaba la fotografía, y la tomó sin mirarla, con un gesto de comprobación íntima.

—Hay muchos símbolos en muchas pinturas —respondió—. ¿Por qué ese le preocupa? Aún no me ha dicho con quién tengo el gusto de hablar. Usted ya sabe quién soy.

La respiración del hombre se volvió más audible antes de que contestara. Volvió a esquivar la pregunta de León.

—Ese símbolo no pertenece al ámbito artístico. No nació en un taller ni en una logia estética. Fue utilizado como marcador.

La palabra quedó suspendida con una gravedad que no necesitaba explicación.

—¿Marcador de qué? —preguntó León, dejando que la ironía se retirara de su voz.

—De tránsito —respondió el hombre—. De traslado. De clasificación discreta.

León apoyó la espalda contra la pared y dejó que el silencio hiciera visible el peso de la frase.

—¿Y cuál fue su papel en ese tránsito?

La respuesta no llegó de inmediato. El hombre midió la cantidad de verdad que podía permitirse.

—Yo no pintaba —dijo finalmente—. Catalogaba. Registraba. Organizaba inventarios que no figuraban en los catálogos públicos.

—Sincérese, por favor. Eso suena a eufemismo.

—Lo es —admitió el hombre sin alterarse—. Pero no tengo otro más honesto.

León observó la fotografía en su mano, las líneas cruzadas y la espiral que parecía cerrarse sobre sí misma.

—¿Está usted diciendo que esas marcas identificaban obras desplazadas después de la guerra?

—Estoy diciendo que ciertas piezas debían ser reconocidas sin ser oficialmente reconocidas —respondió el hombre—, y que el símbolo garantizaba que quienes participaban en el proceso supieran qué objeto correspondía a qué lista, aunque la lista nunca llegara a imprimirse.

La línea crepitó suavemente, y el invierno alemán reclamó presencia.

—¿Y por qué me llama ahora? —preguntó León.

—Porque estoy viejo —contestó el hombre sin dramatismo—, y porque hay inviernos que se prolongan más allá del calendario cuando uno ha pasado demasiados años archivando silencios.

León dejó que el humo del puro ascendiera con lentitud antes de formular la siguiente pregunta.

—¿Busca redención?

—No creo en la redención —respondió la voz con firmeza contenida—. Creo en el traslado de responsabilidades. Y usted ya está dentro de esta historia, le guste o no.

—¿Dentro por qué motivo?

—Porque el símbolo ha reaparecido. Y porque en Buenos Aires hay alguien más que lo ha tocado.

León no pidió nombres.

—Si desea hablar en serio, venga a Madrid.

Se oyó una exhalación fatigada.

—No puedo viajar —dijo el hombre—. Pero puedo enviar documentación. Fotografías. Nombres. Fechas. Fragmentos de inventarios que jamás fueron incorporados a archivos oficiales.

—¿Y qué espera a cambio?

La pausa fue más extensa, cargada de una densidad que no provenía de la línea. Era un desgarro del pasado.

—Que cuando muera, alguien más sepa lo que yo supe —dijo finalmente—, y que no pueda fingir ignorancia.

León sostuvo el auricular con firmeza.

—Si lo que dice es cierto, no está transfiriendo información, está transfiriendo culpa.

—La culpa no se transfiere —respondió el hombre con una serenidad casi clínica—. Se comparte. ¿Me comprende?

La comunicación comenzó a desvanecerse entre interferencias leves, y la distancia parecía haber decidido cerrar la conversación por su cuenta, y el tono continuo ocupó el lugar de la voz sin ceremonia alguna.

León permaneció de nuevo con el auricular aún en la mano, escuchando el zumbido impersonal que certificaba la soledad de la línea, y llegó a la conclusión que lo inquietante en la confesión parcial de un anciano desde Alemania era la certeza de que el símbolo no marcaba una obra aislada, marcaba una ruta, y que esa ruta había comenzado mucho antes de que él recibiera la primera carta en Lavapiés.

Góngora levantó la cabeza y dirigió su atención hacia el rincón más oscuro del apartamento.

Parecía percibir una alteración no revelada, y León cayó en la cuenta de que el pasado intentaba regresar sin grandes estruendos.

Necesitaba, sin embargo, regresar reclamando inventario con la paciencia de quien sabe que el tiempo, tarde o temprano, siempre exige balance.

León todavía permanecía junto a la mesa, con la fotografía apoyada frente a él y la conversación telefónica con ese hombre de Alemania girando en su cabeza como una pieza mal encajada, cuando el timbre del departamento sonó con una firmeza que no admitía distracción. No esperaba a nadie.

Góngora comenzó a ladrar estrepitosamente.

Durante un instante contempló la posibilidad de no abrir, porque había días en que los acontecimientos parecían organizarse con una lógica excesiva, pero el timbre volvió a sonar, esta vez con una insistencia brusca y deliberada, y se explicó a sí mismo que ignorarlo no haría desaparecer lo que ya estaba llamando.

Góngora seguía ladrando y León creyó oportuno tapar sus propios pasos con la bulla del perro.

Abrió la puerta de una sola vez.

En el rellano del tercer piso, bajo la luz amarillenta que favorecía más a los pliegues que a los rostros, se encontraba un hombre anciano cuya edad parecía contarse en estaciones acumuladas.

Vestía un abrigo demasiado grande para su cuerpo adelgazado y sostenía el sombrero entre las manos con una mezcla de respeto y extravío.

Sus ojos claros vacilaban entre la lucidez y una bruma intermitente que parecía avanzar y retroceder sin previo aviso.

Góngora se encogió sobre sí mismo y su ladrido cesó. El animal quedó inmóvil.

—¿El señor Cáceres? —preguntó con una voz temblorosa que, pese a todo, conservaba un fondo decidido.

—Depende de quién pregunte —respondió León, sin apartarse del marco.

El anciano asintió, dando por sentado que aquella respuesta confirmaba una expectativa previa.

—He venido porque usted ha estado preguntando por un hombre al que llamaban Strappo.

El nombre atravesó el aire del pasillo sin énfasis, pero con una naturalidad que resultó más inquietante que cualquier susurro conspirativo.

—¿Quién es usted? —preguntó León, ahora sin disimular la tensión.

—Alguien que lo vio —respondió el viejo—. Que lo vio entrar y salir de una casa que ya no tiene dueño.

León dudó apenas un segundo antes de hacerse a un lado para permitirle el paso.

El anciano avanzó, ignorándolo, hasta el centro del apartamento con movimientos cautelosos, observando el espacio con una atención que parecía más reconocimiento que curiosidad, cotejando el lugar con un recuerdo previo, un lugar en el que él, aparentemente, ya había estado.

Góngora le gruñó unos instantes y luego ocupó su lugar debajo de una mesa ratona.

—Descríbalo —exigió León, cerrando la puerta a su espalda y no sabiendo si debía seguir preguntando por su identidad.

El viejo cerró los ojos un instante, buscando algo en su memoria.

—No era alto, pero tampoco bajo —comenzó—. Tenía la piel clara, como papel guardado demasiado tiempo en un cajón. Olía a incienso barato, de ese que se adhiere a la ropa y no se va. Hablaba despacio, queriendo que frase quede registrada en alguna parte. También poseía un halito bastante intenso.

León sintió que el pulso le golpeaba en las sienes.

—Continúe, por favor.

—Tenía las manos limpias —añadió el anciano—, demasiado limpias para alguien rodeado de polvo. Y cuando miraba, no miraba a la cara. Siempre un poco más arriba, evaluando el marco de la persona.

Cada detalle coincidía con una exactitud que resultaba perturbadora.

—¿Cuál era su relación con él? ¿Cómo lo conoce? —preguntó León, acercándose.

El hombre vaciló, y por un momento su mirada pareció perderse en un punto indeterminado del suelo.

—Le llevé un paquete —dijo finalmente—. O quizá fueron dos. Yo he tenido conexión con… con Múnich, en algo parecido a un archivo. No era un archivo oficial. Era uno donde las cosas no estaban donde debían estar.

—¿Qué clase de cosas?

El anciano levantó la vista y, por un instante, la claridad regresó a sus ojos.

—Obras que cambiaban de lugar sin cambiar de nombre. O que cambiaban de nombre sin cambiar de lugar. Él sabía leer esas alteraciones.

León sintió que la habitación se estrechaba alrededor de ambos.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

El viejo pareció desorientarse ante la pregunta.

—Hace poco —murmuró—. O hace muchos años. Él no envejece como yo. Las décadas no le hacen mella. Parece sacado de una fotografía. Siempre con el mismo semblante, resistente al flagelo de los años.

Las manos del anciano comenzaron a temblar con mayor intensidad. El sombrero cayó al suelo sin que pareciera advertirlo.

—Dijo que usted lo buscaría —añadió de pronto—. Que cuando las superficies empezaran a confundirse, usted vendría.

León sintió un cimbronazo interior y tomó al viejo por los brazos con una brusquedad que no intentó suavizar.

—¿Dónde está Strappo? ¡Dígamelo!

El anciano parpadeó con desconcierto, y el nombre, sin más, acababa de perder significado.

—Strappo… —repitió, y una risa seca, desarticulada, se le escapó—. No sé si era su nombre. A veces los nombres son sólo instrucciones.

Las palabras comenzaron a fragmentarse. El viejo murmuró algo sobre estanterías desplazadas, etiquetas cambiadas, fotografías invertidas que no debían ser giradas, y luego, con un movimiento inesperadamente ágil, se desprendió del agarre de León.

—No debía haber venido —balbuceó—. Las cosas se desordenan por naturaleza… y eso no se me olvida nunca. ¿A usted no le pasa?

Sin esperar respuesta, se dirigió hacia la puerta con determinación repentina, con una fuerza ajena a la lógica empujándolo a marcharse antes de haber terminado su confesión.

León lo siguió hasta el rellano tratando de conquistar nuevamente su atención.

—¡Espere! —llamó—. ¿Fue él quien lo envió?

El anciano descendía ya la escalera, apoyándose en la baranda con pasos irregulares y a prisa.

León tomó las llaves del apartamento y bajó tras él, saltando escalones con impaciencia, pero al alcanzar la planta baja encontró la puerta del edificio entreabierta y nada más. No podía haberse esfumado tan repentinamente.

En la calle, la tarde continuaba con su rutina habitual. Un repartidor discutía con un comerciante. Una mujer arrastraba una bolsa de mercado. Nadie parecía haber advertido la presencia de un anciano desorientado.

León giró hacia la esquina con la certeza de que aún podría alcanzarlo, pero al doblarla sólo encontró la continuidad de la calle, extendiéndose con normalidad irritante, sin rastro de abrigo desproporcionado ni de pasos vacilantes.

El viejo no estaba. No cruzaba la calle. No se alejaba por la vereda opuesta. No entraba en ningún portal visible.

Había desaparecido.

León permaneció inmóvil unos segundos, consciente de que la explicación más simple era que lo había perdido por descuido, pero incapaz de ignorar la impresión de que no había perseguido a un anciano confundido, a una figura colocada con intención en el desarrollo de una historia que no terminaba de revelarse.

Cuando regresó a su apartamento, la fotografía sobre la mesa parecía ocupar el espacio con una autoridad distinta: la visita no había sido un accidente, era una confirmación.

Strappo había sido visto. O eso afirmaba el anciano.

Y, sin embargo, la realidad seguía comportándose esquiva.

A León le había quedado claro que cada respuesta obtenida abría un número mayor de interrogantes, y que lo verdaderamente inquietante no era la posible demencia del visitante; era la fidelidad con que había descrito a un hombre cuya existencia continuaba oscilando entre el archivo y la invención.

El desorden no era un error. Era el método.