El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 4. Desafiando la cordura #2
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4. Desafiando la cordura #2

La línea no se cortó. Simplemente dejó de estar.

Inés permaneció con el auricular apoyado en el oído, escuchando un vacío dinámico y ruidoso, una ausencia deliberada que ocupaba el lugar de una voz recién extinguida, hasta que la conversación comenzó a deformarse dentro de su recuerdo con la rapidez de ciertas cosas imposibles de retener, adquiriendo esa consistencia dudosa de los acontecimientos que se deshacen apenas ocurren, mientras una sospecha tensa empezaba a abrirse paso: tal vez aquella llamada nunca había pertenecido del todo al mundo tangible y su memoria, agotada de perseguir certezas, acababa de construir una versión propia de lo sucedido.

El taller parecía levemente desplazado de su eje habitual.

El paquete descansaba sobre la mesa con la paciencia de los objetos que saben más de lo que aparentan.

Inés lo miró con una sospecha nueva: la de que el interlocutor hubiese llamado desde el mismo centro de aquel envío, desde la grieta invisible que separa lo auténtico de lo adulterado.

Se preguntó si la voz pertenecía a una persona o al eje de un mecanismo.

Inés bajó la vista. Apoyó el bisturí sobre la mesa con una lentitud casi ceremonial. El metal golpeó la madera con un sonido breve, definitivo. Ese ruido, tan pequeño, le devolvió una sensación de control que no terminaba de creer.

—¿Dónde está la obra? —preguntó casi con atrevimiento.

—No aquí.

Otra pausa. Más larga. El leve zumbido de la línea se espesó, y la llamada entró en una zona que no admitía registros.

—¿Y dónde? —insistió Inés.

Del otro lado, alguien exhaló despacio.

—En Europa.

La palabra fue dicha más como profecía que como una respuesta. Quedó suspendida entre ambos, cargada de una geografía que más que distancia prometía alcance.

Inés no colgó de inmediato. Tampoco habló. Se quedó escuchando ese silencio artificial, consciente de que, desde ese instante, la llamada no había terminado.

Inés cerró los ojos un segundo. No suspiró. No negó. No preguntó quién hablaba ni por qué la llamaban a ella. Solo dijo:

—Mándeme una imagen —interpeló finalmente Inés.

—Ya la tiene.

La llamada terminó sin despedidas y un vacío incontenible se apoderó de la poca seguridad que Inés se había reservado para ese día.

Permaneció inmóvil unos instantes. Luego se levantó y fue hasta el fondo del taller, donde guardaba las cosas que no necesitaban ser vistas todos los días. Abrió un cajón bajo, retiró una carpeta sin rótulo y la sostuvo un momento entre las manos.

No la abrió. La volvió a guardar.

Si la obra que mencionaba este espíritu del otro lado del teléfono se encuentra en Europa, entonces no tiene absolutamente nada que ver con el paquete que dejaron días atrás ante mi puerta… ¿o sí? — pensó.

Interrumpimos nuestra programación radial habitual.

Fuentes extraoficiales señalan movimientos inusuales en distintos sectores políticos de la capital.

Continúan las negociaciones por la amnistía y no se descartan anuncios en las próximas horas.

Desde Madrid, allegados al g—General Juan Domingo Perón mantienen reserva absoluta sobre su eventual regreso.

En la ciudad se registran concentraciones espontáneas y presencia reforzada de fuerzas de seguridad. Se recomienda evitar el microcentro. Ampliaremos.

Inés apagó el aparato con un gesto seco.

Se precipitó hacia el cajón con una decisión que era valentía, pero al mismo tiempo cansancio.

El objeto había empezado a llamarla desde adentro con esa voz muda que sólo poseen las cosas que han esperado con esmero.

Lo abrió sin delicadeza, apartando herramientas y papeles con un gesto que no le era habitual, y rescató el paquete que había dejado allí, aplazado, pero sin olvido.

El papel madera crujió bajo sus manos con un sonido seco, casi ofendido, y ella lo rasgó sin la ceremonia que había fingido la primera vez.

La carpeta, rígida y limpia hasta el hartazgo, no guardaba nada en su interior.

Ese vacío no era un error: era una provocación.

La arrojó a un costado y, con la punta del paño oscuro aún apretado en el puño, sintió el peso verdadero de lo que había sido ocultado.

La tela se deslizó con una resistencia leve, dejando desnuda la madera que esperaba el desatavío.

No era un lienzo tensado ni una tabla liviana.

Era un fragmento antiguo, pesado, con los bordes gastados por un tiempo que no parecía haber transcurrido de manera natural.

Sobre él, adherida con una obstinación que desafiaba la pulcritud del conjunto, había una fotografía.

No era una reproducción elegante ni un estudio técnico, era una imagen ligeramente desenfocada, tomada quizá con prisa o con temor.

Alguien la habría capturado sin haber querido dejar constancia, pero sí prueba.

A primera vista, la escena no ofrecía claridad.

Podía tratarse de un cuadro religioso, o tal vez de su parodia; la penumbra devoraba los contornos y las descamaciones multiplicaban las sombras hasta volverlas sospechosas.

El rostro —si era un rostro— parecía incompleto, y la luz parecía haber decidido retirarse de ciertas zonas con deliberación, dejando apenas insinuaciones donde debería haber definición.

No había marco visible ni contexto, sólo la impresión de algo que había sido arrancado de su lugar original y trasladado sin explicación.

Y, en la esquina inferior, casi al margen del encuadre, estaba el signo.

Era pequeño e imponía su presencia con una serenidad marcante.

Líneas que se cruzaban en un entramado que fingía desorden y, sin embargo, obedecía a una lógica impredecible; en el centro, una espiral cerrada sobre sí misma, apretada como un puño de acero, girando hacia adentro en lugar de expandirse.

No era un adorno ni un accidente del craquelado.

Estaba allí porque alguien lo había puesto, con intención y obstinación.

Inés inclinó la tabla hacia la lámpara y la luz resbaló sobre la superficie sin domesticarla.

Cuanto más miraba, menos lograba fijar la imagen en una categoría.

No podía afirmar qué representaba, pero sí podía sentir que aquello no había sido creado para ser comprendido a simple vista.

La fotografía no revelaba el cuadro: lo protegía.

Lo ocultaba detrás de su propia torpeza.

Y mientras sostenía ese fragmento de madera antigua, con la sensación de que el objeto respiraba en sus manos con una cadencia ajena, se desayunó con la idea de haber desenvuelto una invitación a descender por una espiral que no prometía salida clara, sólo profundidad.

4. Desafiando la cordura