El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 4. Desafiando la cordura
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4. Desafiando la cordura

Aquel jueves amaneció con el temperamento de una ópera inconclusa.

El cielo de Buenos Aires, encapotado y melancólico, parecía haber sido pintado con los pigmentos olvidados de un artista depresivo, abandonado por su musa.

El agua caía con resignación sobre las tejas de los techos del barrio de Palermo, resbalando por las veredas rotas, buscando refugio en los adoquines antiguos que ya habían escuchado demasiadas historias y enterrado demasiadas culpas.

Inés se movía por el taller surcando una coreografía antigua, quizá aprendida en el reverso de los sueños.

Una seguidilla de acciones que ordenaban el movimiento de su cuerpo, como impuestos aquella misma madrugada por una mano que nadie podía ver y que aún le sostenía los huesos.

Nada en su aspecto había cambiado de manera evidente: el cabello seguía cayendo lacio hasta los hombros, oscuro y denso como el agua de un río que nunca ha visto la luz del día; vestía los mismos atuendos sin pretensiones, casi transparentes de tan usados, y conservaba aquel gesto concentrado al inclinarse sobre la madera, creyendo aún que las cosas podían obedecerle con la misma docilidad y cotidianeidad de siempre.

Sin embargo, algo en la forma en que ahora ocupaba el espacio había perdido su antigua inocencia.

Se movía con una lentitud ceremonial, casi reverente, temiendo despertar a los objetos que dormían desde hacía siglos en sus lugares exactos: el banco de trabajo que de pronto parecía más ancho, las herramientas que colgaban ligeramente torcidas, el polvo que flotaba en el haz de luz y formaba, por un instante, la silueta exacta de una mujer que no era ella.

Era la desconfianza de quien ha descubierto que las cosas también tienen memoria, y que esa memoria, una vez despertada, ya no se conforma con ser olvidada.

Desde aquella noche en que el reloj del taller se detuvo sin razón a las tres horas y siete minutos, Inés sabía —aunque nunca lo habría dicho en voz alta— que algo había cruzado la puerta con ella y se había quedado para siempre, respirando el mismo aire, esperando el momento en que ella volviera a mirar hacia el rincón donde antes no había nada.

Abrió uno de los ventanales y dejó que sus manos se mojaran hasta gotear hastío y frío.

Sin pensarlo y obedeciendo a una orden que no recordaba haber recibido, giró sobre los talones y fue hasta la radio.

El pequeño aparato la esperaba sobre la repisa, esa caja insignificante que se pasaba la vida escupiendo tangos, partes informativos y remedios milagrosos capaces de redimir por igual a viudas, estómagos delicados, dolores de cabeza y almas extraviadas.

Inés la encendió y quedó allí, de pie, junto al murmullo eléctrico, sin prestar atención a una sola palabra.

No escuchaba: permitía. Dejaba que la radio hablara como se deja una ventana mal cerrada en una casa antigua, para oír el mundo y para que, si algo decidía entrar sin permiso, no encontrara resistencia.

Sobre la mesa principal no había rastro del paquete.

Tampoco de la carpeta ni de la tela oscura que lo envolvía. Sólo la Inmaculada Dolorosa yacía desprovista de arte y de decencia sobre la mesilla de trabajo. El taller parecía más despejado, casi ascético, aunque quienes la conocían bien habrían dicho que ese orden tenía algo de defensivo.

Inés trabajaba en una tabla pequeña, concentrada en una limpieza superficial que no exigía decisiones profundas.

Era un encargo menor, rutinario. Justamente por eso le había parecido adecuado.

Desde hacía días evitaba las obras que pedían interpretación.

Se limitaba a gestos técnicos, seguros, medibles, para que la materia, en su estado más obediente, pudiera devolverle una forma de estabilidad.

Dormía mal. No lo habría dicho en voz alta, pero se despertaba siempre antes del amanecer, con la sensación de haber interrumpido algo que no era justamente un sueño, era algo más parecido a un proceso vital.

A veces se quedaba sentada en la cama, esperando que apareciera una imagen concreta que justificara esa inquietud.

Solo quedaba un residuo, una tensión turbia que no sabía dónde ubicar, un mero vaho de un perfume ya evaporado.

Había empezado a cerrar la puerta del taller con llave incluso cuando estaba dentro, convencida de poder evitar que el mundo exterior se colase por las rendijas y pudiese llevar lo que ya no le pertenecía.

Algo la alarmaba y no podía dar con la razón; era una inquietud antigua, nacida tal vez en el mismo vientre de la madrugada en que el reloj se había detenido, una presencia que respiraba al compás de su propio aliento y que, sin embargo, no tenía nombre ni forma que pudiera distinguirse.

Ese gesto, nuevo y deliberado, la sorprendió a ella misma la primera vez: el chasquido metálico de la llave girando en la cerradura resonó dentro del taller como si alguien más, desde el otro lado de la madera, hubiera estado esperando precisamente ese sonido para confirmar que ya nadie saldría.

Pensó en su padre, en cómo cerraba cajones innecesarios mientras hablaba de otra cosa, con esa lentitud de quien sabe que las cosas guardan secretos que no deben ser liberados a la ligera.

Pero no era por protección, era por posición: una manera de colocar el universo en su sitio exacto, de afirmar que ciertos límites, una vez trazados, ya no pueden borrarse sin que el orden entero de las cosas se resquebraje.

Y ahora, Inés repetía el rito sin entenderlo del todo.

El taller estaba enseñando la lección: cerrar para asegurarse de que aquello que ya había entrado permaneciera exactamente donde estaba, respirando con ella, esperando a que ella misma se atreviera a mirar hacia el rincón donde la luz del atardecer se negaba a llegar del todo.

Al tercer día después de la llegada del paquete —cuando la curiosidad ya empezaba a adquirir la textura desagradable de una crítica ácida— el teléfono sonó.

No fue un llamado: fue una insinuación. Un único timbrazo, limpio y exacto. Era el disparo de un arma descargada a conciencia. Luego, nada. Ni repetición ni urgencia. Sólo la certeza de que alguien, en algún lugar, había querido comprobar que la línea seguía viva.

Inés permaneció inmóvil un segundo más de lo necesario, con el bisturí suspendido en el aire y la luz de la tarde reptando por las paredes del taller como un animal cansado.

Aquella luz tenía la costumbre de no comprometerse con nada: rozaba los marcos, tanteaba los bastidores y se retiraba antes de revelar demasiado.

En ese instante parecía escuchar también.

Descolgó con la convicción casi doméstica de que nadie puede sostener indefinidamente la espera al otro lado de un aparato, de que incluso la paciencia tiene un límite cuando se trata de cables y pulsos eléctricos.

Supuso que hallaría el zumbido neutro y burocrático del tono inicial, ese murmullo impersonal que antecede a toda llamada y que, en su monotonía, tranquiliza.

Pero no fue así.

En lugar del timbre mecánico que certifica la normalidad del mundo, encontró algo distinto: una hendidura muda, un vacío espeso que no emitía señal alguna.

No era silencio; aquello era un abismo sin respiración, una presencia negativa que parecía observarla desde el interior del auricular, desde una línea que lejos de estar desierta, estaba ocupada por algo que no necesitaba voz para hacerse notar.

—Me dijeron que usted puede ayudarnos a identificar ciertas… intervenciones.

La voz surgió con una claridad estudiada.

No era grave ni aguda; no pertenecía a ninguna edad ni a ningún lugar.

Había sido pulida hasta la neutralidad, despojada de acentos, de respiraciones superfluas, de cualquier huella que delatara una biografía.

Era la clase de voz que uno podría imaginar detrás de una cortina o de una máscara cuidadosamente barnizada.

Inés no respondió de inmediato. Su mirada se detuvo en una pequeña grieta del revoque, una fisura casi invisible que llevaba años allí, insignificante y muda, y que en ese momento parecía ensancharse con deliberada insolencia.

Las imperfecciones tienen memoria, pensó.

Sólo esperan la ocasión adecuada para hacerse notar.

—Me gustaría saber con quién hablo y de qué intervención estamos hablando —dijo al fin, con una serenidad fingida.

Al otro lado hubo cálculo sin vacilación.

Un silencio medido por un relojero que desmonta el mecanismo de una bomba sin saber si está activa.

Inés imaginó a la figura —porque no podía imaginar un rostro— sentada en una habitación desnuda, quizá sin ventanas, sosteniendo el auricular con dedos largos y pálidos que no dejaban huellas.

—Algo que no figura en los catálogos —respondió la voz—. Algo que no debería estar ahí.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire del taller, densas, casi palpables. Inés tuvo la sensación absurda de que, si extendía la mano, podría tocarlas.

—¿En una pintura? —preguntó.

—En una pintura, en un cuerpo, en una historia… —replicó la voz, con un matiz apenas perceptible de ironía—. Las superficies son intercambiables.

Inés notó entonces un detalle inquietante: el murmurio previo había desaparecido. No había respiración. No había fondo. La voz no necesitaba aire para existir, o al menos, eso parecía.

—¿Con quién hablo? —preguntó nuevamente, sin esperar realmente una respuesta.

Una pausa. Más larga esta vez.

—Con alguien que ya no figura en los registros —dijo finalmente— y que preferiría seguir así.