El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 2. León de Lavapiés
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2. León de Lavapiés

Aquel martes había amanecido con la resaca moral de un lunes que se creía domingo.

En Lavapiés, la luz llegaba tarde y esquiva, colándose a las cansadas por los pasajes estrechos y poco aireados del barrio.

Entre los callejones de aceras irregulares y fachadas que parecían haber envejecido con despecho, un hombre de aspecto desalineado y paso elegante paseaba a su perro con la solemnidad de un aristócrata a medias tintas o de un sacerdote hereje.

Se lo conocía como León Cáceres, aunque pocos en el barrio sabían su nombre y muchos más lo conocían simplemente como “el del perro con nombre de poeta” .

León llevaba un abrigo de lana que debía haber sido negro en su primera reencarnación, ahora tan raído y desganado como sus ideales.

Un sombrero fedora, ladeado con deliberación, coronaba su cabeza como si se tratara de un acto de fe.

Bajo el brazo, siempre algún libro cuyo título cambiaba según la interlocutora, y en la boca, un puro que desafiaba las normativas municipales, las buenas costumbres, el blanco de los dientes y, sobre todo, el sentido común.

—¡Góngora, no tires! ¡Acaba ya con este circo ahora mismo! —masculló mientras el pequeño podenco tironeaba de la correa con la furia de un revolucionario en escasas proporciones.

Góngora, como todo perro con pretensiones literarias, tenía un carácter difícil.

Ladraba solo a los que parecían decentes y se relamía con desconfianza frente a los que no lo eran.

Lo cual, en ese barrio, era una estadística respetable.

Nadie sabía a ciencia cierta a qué se dedicaba su dueño.

Algunos decían que era marchante de arte, otros que vivía de una herencia espuria o de una colección de amantes incautas.

Una vecina del segundo, que se había prendado de sus manos de pianista arruinado, sostenía que escribía ensayos sobre la influencia del esoterismo en la arquitectura gótica.

Otra, más práctica, aseguraba haberlo visto entregar sobres a un notario en la calle Atocha “con la misma delicadeza con que se pasa una amenaza”.

León Cáceres vivía en un tercero sin ascensor, en una finca que olía a azafrán, tabaco, melena engrasada y secretos mal ventilados.

Su apartamento estaba decorado como un museo de rarezas traídas del rastro o de alguna herencia robada a un tío coleccionista.

Había crucifijos sin Cristo, frascos con etiquetas en latín, un reloj de péndulo que no funcionaba desde que el Generalísimo había ingresado a La Moncloa y un retrato a carboncillo de un hombre que tal vez fuera su padre o su peor enemigo.

Cada tarde, como quien cumple una liturgia privada sin necesidad de altar, León descendía al Café de las Ruinas, establecimiento que jamás había conocido ruina alguna pero que la evocaba con una convicción decorativa admirable, entre lámparas de hierro forjado y estanterías cargadas de libros que nadie leía completos.

Allí se congregaba una tertulia que combinaba erudición y vanidad en proporciones tan exactas que uno sospechaba que habían sido medidas con balanza de boticario.

El grupo lo integraban un poeta crónicamente abatido que componía haikus sobre animales disecados —porque la vida, según él, ya estaba suficientemente muerta—, una profesora de Historia Antigua que sostenía, con una fe digna de Jesucristo, que los templarios habían fundado Lavapiés antes de que el barrio tuviera nombre, y un actor jubilado que, tras dos vasos de absenta, sólo se expresaba en pares de heptasílabos, convencido de que el verso alejandrino lo eximía de pagar la cuenta.

León que no creía en Dios, sin embargo, era devoto de la elegancia de las formas y del poder redentor de un buen sombrero, se instalaba siempre en la mesa del rincón, desde donde podía observar la puerta con la discreción de un conspirador ilustrado y, al mismo tiempo, vigilar el desfile irregular de sus propios pensamientos, que a menudo resultaban más sospechosos que cualquier parroquiano.

—Lo mejor de la cultura es que no exige coherencia —decía, encendiendo un puro con la parsimonia de un verdugo filosófico y acomodándolo entre sus dientes de tintes ocres.

Esa tarde, sin embargo, había algo diferente en su forma de estar. Una tensión sorda, apenas perceptible para el ojo desacostumbrado. Llevaba tres días sin aparecer por la tertulia y había vuelto con la mirada de quien ha visto algo que no debía o leído algo que no quería entender.

—Te ves más lúgubre que un barítono sin contrato —le dijo la profesora de Historia, sin levantar la vista de su libro.

—Es que he estado soñando con más de lo que el onirio permite—respondió él, con una sonrisa ladeada—. Y créame, señora, no hay nada más inquietante que un sueño que no es de uno.

Los demás rieron por compromiso. León, en cambio, no. Se limitó a beber su café solo —negro como una deuda de varias cifras— y a acariciar a Góngora, que dormitaba bajo la mesa con una pata estirada en franco desdén.

Había recibido la carta esa misma mañana, antes de que el barrio terminara de bostezar del todo, y no la encontró en el buzón —ese territorio de facturas vencidas y promesas comerciales— estaba apoyada entre la puerta y el marco, en el punto exacto donde la mirada se detiene por costumbre al salir.

Alguien parecía haber calculado el instante en que sería vista.

El sobre, de un papel grueso y apenas amarillento, tenía una textura ajena a cualquier papelería moderna y no mostraba sello, matasellos ni rastro alguno de tránsito postal, pero aun así León supo que era para él, antes incluso de tocarlo, y esa certeza inmediata, casi corporal, le provocó algo urticante, semejante a la que produce oír el propio nombre pronunciado en un confesionario de iglesia.

La abrió sin apuro, con la cautela adquirida de quien ha aprendido que la prisa suele ser una aliada fiel de las malas noticias, y encontró dentro una sola hoja doblada en dos, escrita a mano con tinta violeta y una caligrafía deliberadamente antigua, de esas que buscan presumir con permanencia, y hacer que cada letra trazada resista el paso del tiempo, o peor aún, lo convoque.

No había nerviosismo ni descuido en esos trazos; por el contrario, la escritura transmitía una calma meticulosa, casi ceremonial, que no auguraba nada bueno.

El texto ocupaba apenas una línea:

El arte miente para decir la verdad. ¿Y tú, León?

No había firma, ni fecha, ni explicación, y León volvió a leer la frase porque buscaba aquello que no estaba escrito, algo recóndito, consciente de que la pregunta no pretendía iniciar un diálogo sino certificar que ese diálogo llevaba tiempo en marcha, sin haberle pedido nunca permiso.

Fue al dar vuelta el sobre, casi a desgano, cuando el malestar adquirió una forma concreta, porque en el reverso, trazado con la misma tinta violeta, aparecía un símbolo compuesto por líneas entrecruzadas y una pequeña espiral cerrada sobre sí misma, un signo que no tenía nada de ornamental pero sí de caprichoso y que León reconoció de inmediato como un marcador, una señal que había visto antes en contextos mucho menos presentables que los círculos culturales por los que solía moverse.

No lo había encontrado en museos ni en catálogos.

Fue en fotografías que no circulaban, en archivos incompletos, en el reverso de imágenes que alguien había preferido no exhibir, siempre ligado a desplazamientos, a objetos arrancados de su lugar original, y nunca como presagio de algo benigno.

Cerró el sobre y lo guardó en el bolsillo interno del abrigo con el gesto automático de quien esconde un objeto peligroso sin saber aún cómo deshacerse de él.

La carta exigía algo más que una respuesta inmediata, algo mucho más eficaz y difícil de neutralizar: una reacción tardía, lenta, inevitable, que ya había comenzado a trabajar en él.

Y entonces, sin anunciarlo —porque los personajes más interesantes rara vez anuncian sus decisiones—, se levantó y salió del café con el perro a cuestas y sin pagar la cuenta, lo cual no sorprendió a nadie, ni siquiera al camarero quien sabía que ningún tertuliano estaba dispuesto a hacerse cargo de los consumos de un excéntrico como él.

León descendió por la calle de la Fe, ese tramo de adoquines fatigados donde los bares africanos se entreveran con librerías anarquistas y peluquerías dominicanas.

Caminaba sospechando que el suelo pudiese traicionarlo en cualquier momento, con la certeza de que lo perseguía algo más que la policía fiscal.

Compró sus vicios en el Estanco de Tabacos del número 16 y, en la esquina de la calle del Amparo y la del Sombrerete, se detuvo frente a una puerta gris, sin timbre ni mirilla.

Tocó tres veces. Esperó. Dos golpecitos.

Silencio. Y luego, la puerta se entreabrió.

Lo recibió un hombre de edad indescifrable y aliento desafiante —podía haber nacido con la República o con el polvo de los anaqueles—, con ese perfume persistente a incienso de bazar que se adhiere a la ropa y a la conciencia; el aire a su alrededor parecía haber sido consagrado por una divinidad de liquidación permanente.

Tenía la piel del color de los pergaminos mal ventilados y una mirada que parecía haber archivado más confesiones que una sacristía en guerra.

Vivía —o eso sugería su manera de desplazarse— entre altares improvisados, budas con expresión de funcionario resignado y estanterías que crujían mientras guardaban vidrios envueltos en trapos.

—¿Vienes por lo de la fotografía del cuadro que te mencioné? —preguntó sin rodeos.

León asintió con la cabeza.

—Y por lo que viene después.

El hombre hizo un gesto levantando la barbilla.

León entró con Góngora, que se meneaba inquieto.

El lugar era una mezcla entre archivo judicial, santuario gnóstico y despacho de detective retirado.

En las paredes colgaban litografías de iglesias arrasadas, símbolos alquímicos y planos de casas que ya no existían.

En el centro, sobre una mesa de mármol, reposaba una fotografía ampliada de un lienzo.

Un cuadro que, a simple vista, parecía religioso.

Oscuro. Agrietado. Con un rostro femenino que ofrecía un estado de constante fragmentación, esa que va descamando una superficie y un pasado.

Y en la esquina, el mismo símbolo de la carta.

Esas líneas obsesivas cruzándose entre sí, hechas a tiralíneas, y el rosetón de espiral en el centro.

—¿Lo reconoces? —preguntó el hombre que León había bautizado con el oficio de bibliotecario.

—No aún —respondió León, encendiendo otro puro a modo de exorcismo.

—No es una escuela conocida, es algo más antiguo, o más nuevo...

o ambas cosas. Alguien parece estar falsificando cuadros con símbolos de una logia que no figura en ningún archivo…

oficial. Y lo más curioso es que el descamamiento es únicamente en la zona del rostro.

León hizo una pausa que supo a eternidad.

Luego dijo, retomando el hilo:

—He oído que alguien ha visto el cuadro original, o al menos eso se cree, en Argentina, en una ciudad del norte.

—Y eso no te extraña.

—Lo que me extraña es que esta fotografía todavía esté itinerando.

Se volvió hacia ella, observándola como quien observa una herejía disfrazada de milagro.

—¿Y tú qué crees? —preguntó el bibliotecario.

—Creo que hay alguien detrás de esto que sabe cómo contar una mentira, cómo seguir manteniendo vivo un mecanismo que creo sigue existiendo. Lo interesante ahora es saber por qué está otra vez apareciendo.

—¿Y qué harás?

—Esperar. Y fumar. El placer de los dioses— comentó sarcásticamente.

—¿Nada más?

— Aparecerán más fotografías, o más cuadros. Ya verás.

León sonrió con lentitud, mientras Góngora se desperezaba bajo la mesa intuyendo que la calma era solo la antesala del caos.

—Ya me preparo para cuando la restauradora argentina me busque. Porque lo hará, y más tratándose de un cuadro que supuestamente fue visto en Argentina. Y si no me busca, la buscaré yo.

—¿Y te fías de ella? ¿De dónde la conoces? —insistió el bibliotecario incisivamente.

—No la conozco personalmente, pero el mundillo de la restauración es muy pequeño y sé que ella en Buenos Aires es una de las pocas que podría estar entrelazada con estos temas. Ya verás que en poco tiempo te vendré a hablar de ella.

León tomó el camino hacia la puerta de lo que se le antojó por nombrar santuario y salió sin decir adiós.

Al doblar la esquina, el sol comenzaba a ponerse con ese tono indeciso de los que no quieren terminar el día. León se detuvo. Encendió otro puro y contempló Lavapiés con la resignación de quien se sabe parte de un rompecabezas del que no quiere ver la foto de la tapa.

—Vamos, Góngora, ¡andando! —murmuró—. Esto recién empieza. Y huele a barniz viejo y a escondrijo pútrido.

El perro ladró. Nadie más lo oyó.