El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 1. Donde todo comienza sin permiso
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1. Donde todo comienza sin permiso

Inés Elorza se levantó y, sin pensarlo, tomó su bata de lino.

Fue un movimiento automático, casi doméstico, como quien se pone una prenda que ya forma parte del cuerpo y no del vestuario.

El atuendo colgaba donde siempre, con esa paciencia inerte de los objetos que esperan sin ansias ni reproches.

La vistió, se la ató y algo en ella había decidido no ofrecer resistencia.

El otoño entraba por las ventanas abiertas con una lentitud exasperante.

Algo de soledad se le coló adentro, y no era la primera vez que ocurría.

Buenos Aires tenía esa manera particular de llegar a las estaciones: no irrumpía, se infiltraba sigilosamente, tomaba posición con insolencia y se arrellanaba a sus anchas en el talante humano.

Traía olor a hojas vencidas, a jacarandá rendido, a calle transitada demasiado temprano.

Desde la vereda subía el resoplido de un taxi y el murmullo cansino de la ciudad empezando otra vez. Nada extraordinario. Y, sin embargo, todo parecía levemente desplazado.

El taller todavía estaba en penumbra y la calle Honduras amenazaba con comenzar sin permiso.

A Inés siempre le había gustado su ambiente así, cuando la luz aún no decidía qué revelar.

El aire conservaba el perfume de la trementina y ese aliento desgarrador que dejan las pinturas cuando pasan la noche solas.

Caminó despacio, sin encender nada, reconociendo los objetos por su lugar más que por su forma: las estanterías, los frascos, la mesa ovalada con libros abiertos como bocas cansadas. Todo seguía allí. Ella también.

A veces pensaba que trabajaba en una acumulación de restos bien ordenados que tomaban posesión del espacio y lo dirigían como el viento a la veleta. Nada en ese lugar había nacido para ser definitivo. Todo esperaba su buena ventura o su cadalso. Incluso ella.

Las ventanas de arco de medio punto daban al patio, donde las glicinas se aferraban a una palmera que hacía tiempo había decidido morir sin dramatismo, pero que servía de sostén a todo lo que se presentaba aún más débil frente a ella.

La sombra caía exactamente donde debía, sin cálculo ni detalle, pero con certeza.

Se acercó a la mesa y pasó la mano por uno de los libros abiertos sin leer una palabra. No tenía ganas de teorías ni de instrucciones. Sintió una soledad mordaz y, con los brazos cruzados sobre el pecho, logró acogerse a sí misma, como en un acto de auto consuelo.

Había días en que el oficio pesaba más que el conocimiento, y ese era uno de ellos.

Ser restauradora no era una vocación épica.

No salvaba obras ni reparaba el pasado. Se limitaba a sostenerlo lo suficiente como para que no se desarmara delante de otros.

A veces eso alcanzaba. A veces, ni siquiera eso.

Desde la calle llegaban de a poco voces jóvenes, risas, conversaciones partidas.

El barrio de Palermo estaba siempre en tránsito, negándose a permanecer sereno el tiempo suficiente para volverse serio, y mucho menos sabio.

Paredes resquebrajadas, autos brillantes, palabras nuevas superpuestas a un lunfardo que ya no sabía si defenderse o imponerse.

Esa mezcla le resultaba familiar. Era la misma sensación que la acompañaba desde hacía años: capas mal adheridas, historias pegadas con un barniz que empezaba a ceder, resquebrajando todo a su paso.

Inés no recordaba exactamente cuándo había empezado a prestar atención a ciertos detalles.

No había sido una revelación ni una intuición fulminante.

Era más bien un desgaste. Una repetición mínima.

Un trazo que volvía a aparecer donde no debía.

Una insistencia discreta, una melodía pegadiza que uno no reconoce hasta que descubre que la tararea sin darse cuenta.

Esa mañana supo que no estaba empezando el día. Estaba continuando algo que ya había comenzado sin ella.

Se quedó de pie en el centro del taller, respirando ese aire cargado de pasado reciente, y pensó sin angustia, sin miedo todavía, que hay momentos en los que uno deja de ordenar cosas y empieza, sin quererlo, a ser ordenado por ellas. No encendió la luz. No abrió el cuaderno. Esperó.

Sobre la mesa la aguardaba un óleo tristemente pintado y fácilmente olvidable.

Una Virgen del siglo XIX, tan inexpresiva como una esfinge en duelo, de tez mal lograda y mirada cansada.

El título — Inmaculada Dolorosa — no sólo sugería devoción, emanaba también un gusto estético digno de una vitrina de baratija descartable.

Eran ese tipo de obras que no ofenden ni conmueven: simplemente ocupan espacio.

Ya había retirado tres capas de arrepentimientos pictóricos y, aun así, sospechaba que, de seguir hurgando, terminaría encontrando el retrato encubierto de una suegra o, peor aún, de una tía política con vocación de mártir doméstica.

Hay pinturas que no esconden grandes secretos: sólo malas decisiones reiteradas e insistencias de talentos paupérrimos.

Estaba inquieta, y eso se lo producía una cierta pulcritud imperturbable, esa que precede al desastre, como la sonrisa del verdugo o el sol demasiado reluciente antes del apocalipsis.

Inés sabía leer ese silencio cuando se tensaba y se asemejaba a un alambre de acero.

Cada vez que ese escalofrío le rozaba la nuca, algo se fracturaba.

Una obra, una mentira o, por qué no, una vida.

O todo a la vez, prolijamente envuelto y lacrado por el azar.

Iba a retomar el bisturí cuando sonó el timbre.

Se quedó quieta, con el cuerpo inclinado hacia adelante, esperando que ese gesto pudiera volverla invisible.

El silencio que siguió fue breve, pero incisivo.

Pensó que quizá alguien se había equivocado de puerta y había llamado por error.

Pensó también —y eso la molestó— que en 1973 ya nadie se equivocaba del todo.

Aunque lo más desafiante era pensar que ella no estaba acostumbrada a que la visitaran.

El segundo timbrazo llegó unos segundos después. Igual al primero. Ni insistente ni tímido. Presente, con la impaciencia recargada de quien no había venido a traer flores ni cartas de amor.

Inés odiaba que la interrumpieran. Odiaba aún más que lo hicieran con esa vehemencia. La manera más decente de odiar era sentirse sola.

Se limpió las manos sin apuro y fue lentamente hasta la puerta, tal vez para castigar la insolencia de quien había osado sacarla de sus tareas. Había aprendido también que la prisa es una forma de delatarse, aunque no se sepa de qué.

Antes de abrir, apoyó la mano en la madera y sintió la vibración leve del edificio. Algo parecía haberse desplazado en el piso de abajo. Abrió de un solo tirón la puerta de su departamento.

No había nadie. El pasillo estaba vacío, con esa limpieza triste de los edificios que todavía conservan portero eléctrico y una maceta que nadie riega.

Bajó la vista y entonces lo vio. Un paquete descansando en un felpudo áspero que no permitía pies descalzos.

No era grande, pero tampoco liviano. Estaba envuelto en papel madera, ajustado con hilo grueso, sin remitente ni indicaciones.

No tenía la torpeza de los envíos improvisados ni la prolijidad de un encargo formal.

Era un objeto dejado con intención, y no cabía duda de que quien lo había traído sabía exactamente cuánto tardaría ella en abrir la puerta para poder desvanecerse a tiempo.

Miró nuevamente a ambos lados del pasillo y se atrevió a cruzar su umbral para dar unos pasos de reconocimiento.

No había nadie, ni siquiera una vecina curiosa.

El eco de sus propios pasos regresó sin información útil.

Se agachó y levantó el paquete de cierta contundencia.

Ese peso no correspondía al de un libro ni al de documentos.

Tampoco al de un electrodoméstico ni al de una broma.

Lo supo sin razonarlo: era algo que no debía circular así.

Cerró la puerta con cuidado y con esa delicadeza que se reserva para los objetos que pueden quebrarse o, peor, quebrar algo más.

Dejó el paquete sobre la mesa de la cocina y se quedó mirándolo unos segundos.

No había marcas, ni iniciales, ni sellos.

Nada que ofreciera una historia tranquilizadora.

El hilo estaba atado con un nudo simple, casi escolar.

Ese detalle, absurdo y doméstico, le produjo una sensación difícil de explicar.

No lo abrió de inmediato, tal vez para darle al objeto la posibilidad de retractarse si se trataba de un intento insidioso.

Puso agua a calentar, permitiendo al día continuar con su curso normal, respetando el orden de los gestos y de sus rutinas. Mientras esperaba que hirviera, se dio cuenta de que estaba escuchando otra vez la radio del vecino, ahora más clara.

Decían algo sobre acuerdos, sobre regresos, sobre promesas que todavía no tenían cuerpo.

Apagó la hornalla y ese silencio que finalmente dejó en libertad la ebullición molesta de la pava dejó al desnudo la canción que luego se hizo presente en la emisora y que, a quejidos, desgarraba el comienzo del tango “Nada”, en el programa “Matinata” de Radio El Mundo, de LR1.

Volvió a la mesa y, antes de sentarse, pasó los dedos por el papel madera. Estaba intacto, pero no nuevo. Tenía esa textura de las cosas que ya han pasado por otras manos o estuvieron bajo otros ojos.

Cortó el hilo y, debajo del papel, apareció una carpeta rígida.

Sobre ella, envuelto en una tela oscura, algo plano no muy grande.

Demasiado pequeño para ser importante y demasiado cuidado para ser inocente.

No lo desató. No era aún el momento. Se limitó a tomar la carpeta y apoyarla contra el pecho un segundo.

Tal vez ese gesto pudiese medir el alcance de lo que acababa de entrar en su casa.

El día de Inés no había empezado al sonar el despertador, ni siquiera con el timbre.

Había comenzado mucho antes, bajo el designio de quien había decidido esfumarse por las escaleras de su edificio, dejando un paquete como un niño abandonado dentro de un canasto frente a los portales de una iglesia.

Apoyó la carpeta sobre la mesa y se quedó un momento con las manos quietas, queriendo con ese gesto contener algo que aún no podía descifrar.

El cartón rígido tenía una aspereza familiar, un modo peculiar de ofrecer resistencia.

Fue entonces cuando pensó en su padre, pero no con nostalgia ni con afecto melancólico. Lo recordaba por su método.

Él era abogado y decía sostener la férrea convicción de que los objetos también declaran. Y lejos de afirmarlo como una metáfora, lo hacía como una advertencia afilada. Solía repetirlo mientras ordenaba expedientes en su estudio, alineando papeles con una pulcritud casi supersticiosa.

—Nada llega solo —decía—. Todo viene acompañado de una intención, incluso cuando se disfraza de descuido.

Inés lo escuchaba desde la puerta, sentada en el piso, mirando cómo ajustaba los bordes de una carpeta antes de cerrarla, temiendo que una hoja mal colocada pudiese delatar una verdad inoportuna.

Recordó, sin buscarlo, el sonido de la lapicera apoyándose sobre el escritorio. Ese golpe breve marcaba el final de una frase que no admitía réplica.

—Lo que no está escrito, igual existe —agregaba a veces, con una paciencia que era un poco de indulgencia y mucho más de contención calculada.

Así aprendió que la diferencia entre la verdad y la prueba, más que moral es estratégica. Y que hay cuestiones que se guardan más por supervivencia que por puro pudor.

Pasó el dedo por el borde de la carpeta. Ese desgaste leve, apenas perceptible en las esquinas, era el tipo de detalle que su padre habría señalado sin levantar la voz.

—Las cosas viajan —habría dicho—. Y en el viaje aprenden a mentir mejor.

Nunca le habían gustado los sobres cerrados con exceso de celo. Desconfiaba de los sellos perfectos, de las firmas demasiado claras, de los paquetes que pretendían explicarse solos.

Pensó en la manera en que le había enseñado a no abrir nada de inmediato.

—Primero mirá, observá, sacá algunas conclusiones y no te apresures —insistía—. Después, recién después, tocá.

Ella asentía sin entender del todo, convencida de que se trataba de una manía profesional. Recién años más tarde comprendió que era una forma de defensa: retrasar el gesto para ganar tiempo, permitir que el objeto se delate por cansancio.

Levantó la carpeta y la acercó a la ventana.

La luz de la mañana resbaló sobre la superficie sin ofrecer ninguna pista.

Nada escrito, nada subrayado, nada que reclamara atención.

Esa ausencia, tan cuidada, le resultó elocuente.

Su padre habría sonreído apenas, esa mueca mínima que usaba cuando encontraba una trampa bien armada. Solía decir:

—Cuando no hay marcas, es porque alguien se ocupó de borrarlas.

Volvió a dejar la carpeta sobre la mesa y se cebó un mate. El agua estaba demasiado caliente del hervor y quemó un poco la yerba. Así y todo, no la cambió y optó por sorber despacio, con la sensación de que aquel recuerdo había llegado para advertirla, no para consolarla.

Todo seguía allí, intacto en lo esencial.

Ella también. Y entre ambos, como un hilo que no se ve, pero tensa el aire, quedó flotando la certeza aprendida en la infancia: cuando algo aparece sin explicación, no pide ser necesariamente entendido, pide ser ubicado.

Y ubicarlo, lo sabía desde entonces, rara vez es un gesto inocente.

Iba a ir en su búsqueda.