El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3)
© inepub.com
Prólogo
Contenido
ACERCA DE LA SERIE
—¡Cuidado con ese marco, idiota! —gritó la mujer, y su voz salió como un latigazo entre el humo de cigarrillos y el olor rancio a cerveza derramada.
—Si lo rayas, el jefe me corta la cabeza. Y después la tuya.
El hombre, con la camisa pegada a la espalda por el sudor, soltó un bufido que sonó como un motor viejo.
—Tranquila, Helga. Nadie va a notar un rasguño en esta porquería. —Señaló el cuadro con un dedo que, antes de tocarlo, había rozado el lienzo. El polvo negro se le quedó pegado en la yema, como ceniza de un fuego que nadie apagó.
—¡Mira! Parece que lo pintó un loco borracho. ¿Quién compra esto?
La sala era un caos de luces amarillentas y sombras largas.
El techo bajo, con vigas que crujían cada vez que alguien pasaba, parecía a punto de caer sobre ellos.
El aire estaba espeso, cargado de barniz viejo, de madera húmeda y de ese olor a sudor de días, de esos que viven perennes como un insulto.
Al fondo, un carrito metálico chirriaba cada vez que lo empujaban: ruedas oxidadas contra el suelo de tablas astilladas.
—Calla y sigue —dijo ella, empujando otro marco con el hombro—. Que lo saquen todo antes de que amanezca. Si nos pillan aquí con estas… cosas, no salimos vivos.
Él se limpió el dedo en la pernera del pantalón, dejando una marca gris.
—No seas dramática. Nadie va a venir. Todos están arriba, brindando por la victoria.
Miró alrededor esperando que alguien saliera de las sombras.
—Además, ¿qué es esto? ¿Arte? Esto es basura.
Helga se detuvo un segundo. Sus ojos, enrojecidos por el humo, se clavaron en el cuadro que él había tocado. Era una cosa pequeña, casi ridícula: un rostro torcido o partes de él, colores que no tenían sentido, una firma que parecía garabateada por un asesino serial.
—Basura o no, vale oro para alguien. —Bajó la voz—. Dicen que hay un tipo en Suiza que paga fortunas por estas… aberraciones.
El hombre soltó una risa seca y ahogada.
—Pues que se la lleve. Yo solo quiero terminar y volver a casa. Mi mujer cree que estoy en la fábrica. Si ve que llego oliendo a esto…
No terminó la frase. Un grito lejano de arriba cortó el aire. Alguien había tirado algo pesado. El carrito volvió a chirriar, más rápido.
—Muévete —ordenó Helga—. Esa caja de ahí. La pequeña.
Él la levantó. Era liviana, pero el polvo que soltó al moverla le entró en los ojos. Tosió.
—¿Y si alguien pregunta?
—Nadie pregunta. Nadie recuerda. ¡Tira, vamos!
Y así, entre risas nerviosas, juramentos a media voz y el chirrido constante del carrito, los 650 cuadros desaparecieron de la vista.
Líneas torcidas, colores que sangraban, rostros que no sonreían, óleos descamados.
Los vendieron en subastas secretas, los quemaron en patios traseros, los escondieron en sótanos que nadie visitaba.
Pero entre aquellas obras había una que nunca apareció en ningún catálogo.
Una pintura que no era de nadie conocido. O eso creían.
Treinta y seis años después, en 1973, un hombre entra en una casa antigua, escondida detrás de una puerta gris, en el barrio de Lavapiés.
La madera cruje bajo sus pasos porque el suelo mismo está protestando ante su avance.
El pasillo huele a humedad y a tabaco viejo, a café quemado de hace días.
La luz entra por una ventana sucia, rayada por la lluvia de Madrid, y dibuja cuadrados pálidos en el parqué astillado.
Es la casa de un bibliotecario excéntrico y allí solo queda el eco de sus pasos, el espectro de lo que pudo haber sido un hombre fornido y acicalado.
Las estanterías llegan hasta el techo, cargadas de volúmenes que nadie abrió en décadas.
Libros apilados en desorden con lomos rotos, páginas amarillas, notas garabateadas en los márgenes.
En una esquina, un reloj de pared parado en las tres y siete.
Nadie lo ha puesto en hora desde quién sabe cuándo.
Se detiene frente a una caja de cartón que el bibliotecario le revela.
El cartón está blando por haber absorbido humedad y malicia durante años.
La abre con cuidado. Dentro, envuelta en un paño sucio —un trapo de cocina que alguna vez fue blanco—, hay una pequeña pintura enmarcada.
El marco es de madera oscura, con una grieta fina en la esquina superior.
La saca y el paño cae histriónicamente al suelo con un ruido sordo.
El óleo está en malas condiciones, algo desvaído: los colores se han apagado, el barniz se ha cuarteado.
Es un rostro. No un retrato común. Algo torcido.
Probablemente el pintor haya visto a su modelo desde un ángulo imposible, tal vez cenital.
Los ojos miran hacia afuera, pero no a él.
Miran a través. En la esquina inferior derecha, una firma.
Tres letras que no forman un nombre real.
Un garabato que suena a mentira. Líneas que se entrecruzan y, en el centro, una espiral que se envuelve en sí misma.
El hombre se queda quieto. El piso vuelve a crujir, aunque no se ha movido. No hay ruido en la casa. Solo su respiración y el latido que se le sube a la garganta.
¿Y si esa obra perdida… aún tenía algo que decir?