El rostro fragmentado (El círculo itinerante 3) 5. Clemente Rodari
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5. Clemente Rodari

Durante siglos, la historia del arte se ha empeñado en imponer un orden allí donde, por naturaleza, reina el desvío.

Las escuelas de pintura surgieron como un intento civilizado de domesticar el impulso creativo, de agrupar estilos, técnicas y obsesiones bajo nombres que prometían coherencia —flamencos, italianos, primitivos, manieristas, barrocos—, jactándose de que el acto de clasificar podía sustituir al de comprender.

Cada escuela se sostuvo sobre un puñado de certezas repetidas con disciplina académica: una paleta reconocible, una manera específica de construir la luz, una devoción particular por el cuerpo, el paisaje o la herida; con el tiempo, esas certezas se endurecieron hasta convertirse en dogma, en refugio y, sobre todo, en excusa.

Sin embargo, incluso en los catálogos más minuciosos siempre hubo obras que se negaban a encajar del todo, piezas esquivas que parecían hablar un idioma aprendido a medias o practicado con una destreza sospechosamente selectiva, nacidas de una mano familiarizada con las reglas hasta el punto de saber exactamente cuándo abandonarlas, alterarlas o retorcerlas apenas unos milímetros, justo lo necesario para dejar detrás esa sensación persistente que producen ciertas falsificaciones demasiado inteligentes o ciertos secretos mal archivados.

A esas anomalías se las despachaba con fórmulas elegantes y tranquilizadoras —escuela desconocida, atribución dudosa, autor anónimo…

—, palabras que no resolvían nada, pero permitían seguir avanzando sin mirar demasiado tiempo el problema.

Madrid amaneció aquella mañana con una melancolía turbia, con una especie de concesión luminosa.

El cielo había decidido otorgar al barrio, en su inmensa misericordia, una tregua tenue y vigilada, y en Lavapiés la luz descendía desde lo alto con la arrogancia de los territorios seguros y se desplazaba lateralmente por las fachadas desconchadas, tanteando balcones corroídos y persianas entornadas antes de atreverse a rozar el empedrado irregular que ya había soportado demasiadas biografías torcidas.

León Cáceres abrió los ojos con la impresión molesta de haber participado en una conversación cuya mitad le había sido deliberadamente escamoteada, una conversación sin palabras, sostenida en la penumbra por algo que no requería voz para dejar constancia de su presencia.

Al incorporarse advirtió que el apartamento no había cambiado en nada tangible, aunque todo parecía haber adoptado una disposición apenas distinta.

Los objetos habían reajustado caprichosamente su lealtad durante la noche.

El reloj de péndulo seguía detenido en su huelga privada contra la cronología oficial, y esa inmovilidad obstinada le produjo una simpatía involuntaria, porque había en ella una coherencia que el resto del mundo parecía haber abandonado con demasiada facilidad a las tres horas y siete minutos.

Góngora permanecía tendido junto a la cama.

Dormía con la inocencia de los animales satisfechos, pero también con la vigilancia tensa de quien presiente que el territorio ha sido modificado sin previo aviso.

Cuando León apoyó los pies en el suelo, el perro alzó la cabeza sin ladrar y percibiendo que el ruido, en ciertas circunstancias, equivale a una revelación innecesaria.

León se acercó a la mesa donde había dejado el sobre de tinta violeta y lo tomó con la misma cautela con que se manipula un objeto cuya peligrosidad reside menos en su peso que en su significado.

Observó nuevamente el símbolo de líneas entrecruzadas que convergían en la espiral central con una intención demasiado consciente para ser ornamental, y asimiló que aquel signo no necesitaba ser comprendido: necesitaba sobre todo ser recordado.

Lo guardó en el bolsillo interior del abrigo y, después de ataviarse malamente y con ropa que ya pedía a gritos un poco de agua y algo de jabón, salió sin desayunar, convencido de que la digestión, en días como aquel, solo entorpecía el pensamiento.

La puerta gris de la calle del Amparo lo recibió con una neutralidad casi ofensiva.

Al tocar con la secuencia acordada, León experimentó la desagradable sensación de que el ritual había sido despojado de interlocutor, pues tras la madera no se insinuó ni el desplazamiento de un cuerpo ni la alteración del aire que precede a la apertura de una cerradura.

Allí brilló una quietud excesiva, demasiado compacta para pertenecer a una vivienda ocupada.

El portal parecía haber envejecido en un suspiro.

Esperó el tiempo suficiente como para que la paciencia dejara de ser virtud y comenzara a parecer ingenuidad; apoyó la palma contra la superficie fría y advirtió que se trataba de una temperatura sin uso, la temperatura de los espacios clausurados.

La madera no tenía la vibración de una casa habitada; la cerradura no mostraba la fatiga de manos frecuentes; el polvo acumulado en el buzón sugería una desocupación prolongada que no se correspondía con la frecuencia de visitas que él creía que se recibían en ese antro.

Retrocedió un paso a modo de toma de decisión y permitió que una hipótesis extraña se abriera paso en su mente con la disciplina de un argumento bien construido: la posibilidad de que el bibliotecario, del incienso y los pergaminos, de las columnas de libros mal apilados, hubiese sido menos anfitrión que escenario.

Regresó al Café de las Ruinas con cierta prisa y con la intención de verificar si el mundo exterior conservaba todavía alguna lógica compartida.

Al sentarse en su mesa habitual, observó que la tertulia mantenía su equilibrio entre erudición y vanidad con una premeditación que rozaba lo coreográfico.

Tal vez ninguno de sus integrantes había advertido que la realidad había decidido introducir una nota discordante.

Cuando la profesora de Historia Antigua mencionó, con una naturalidad inquietante, la aparición de un cuadro religioso intervenido con unas líneas caprichosas en una casa antigua en Chamberí, León no necesitó formular preguntas explícitas, porque la información parecía haber sido pronunciada para confirmar que el símbolo ya no era un gesto aislado: era el comienzo de una sintaxis.

Mientras escuchaba detalles fragmentarios acerca de la pintura agrietada y la presencia reiterada de la espiral violeta y las líneas trazadas a tajos, vislumbró que la serie pretendía escandalizar y consolidarse, y que alguien había decidido escribir una narrativa cuyo soporte eran las superficies, más que las palabras.

Superficies que podían ser lienzo, cuerpo o memoria con idéntica eficacia.

Abandonó el café con la convicción de que la tarde ya no ofrecía respuestas, apenas demoras, y caminó por Lavapiés con la sensación creciente de que el barrio había dejado de ser territorio para convertirse en tablero, donde cada esquina parecía haber sido colocada con la intención de conducirlo a una conclusión que aún se resistía a formular.

La segunda visita a la puerta gris obedeció a la esperanza y a la necesidad de desmontar la ilusión.

Cuando probó la manilla sin obtener más que resistencia muda, decidió interrogar a un vecino cuya expresión oscilaba entre la curiosidad y la impaciencia y quien afirmó, con la tranquilidad de quien no sospecha la magnitud de su declaración, que la vivienda llevaba meses deshabitada y que ningún hombre de ninguna edad, nombre o estado civil o psíquico había cruzado aquel umbral desde antes del invierno.

León escuchó la explicación con una atención que buscaba convencer y evaluar, y al despedirse supo que la conversación no había resuelto la incógnita, la había desplazado a un terreno más díscolo, porque si el bibliotecario no existía como presencia estable, entonces alguien había construido su aparición con una minuciosidad que desafiaba tanto la casualidad como la cordura.

León podía jurar —con esa clase de certeza que resiste cualquier ironía— que había compartido aguardiente con el bibliotecario, que se hacía llamar Strappo, apenas unas horas antes, o tal vez la noche anterior, en una mesa arrinconada donde la luz no llegaba completa y el humo hacía de telón discreto para conversaciones que no deseaban ser archivadas.

Recordaba con precisión el sonido del vaso al apoyarse en la madera, la manera en que aquel hombre inclinaba apenas la cabeza cuando una frase merecía atención, y sobre todo la fotografía extendida sobre la mesa, ese fragmento de pintura oscura intervenida por líneas que parecían trazadas por alguien decidido a reescribir la imagen desde dentro.

Recordaba incluso el olor, mezcla de incienso barato y papel antiguo, que se le había adherido al abrigo como una prueba involuntaria de proximidad.

No eran recuerdos brumosos ni escenas reconstruidas a conveniencia: eran detalles concretos, táctiles, demasiado específicos para pertenecer al territorio de la imaginación.

Si la casa llevaba deshabitada tanto tiempo, ¿con quién había estado conversando? ¿Quién había colocado la fotografía sobre la mesa, señalando con el índice la espiral violeta como si se tratara de una firma? ¿Quién había pronunciado su nombre con esa entonación neutra que no admitía réplica?

La pregunta dejó de ser externa y comenzó a desplazarse hacia un territorio más escabroso: ¿y si la memoria, tan confiada en su propia arquitectura, estaba empezando a fabricar interlocutores con la misma destreza con que fabrica justificaciones?

León no era hombre propenso a desvaríos, o al menos eso había creído siempre, pero la coincidencia entre la desaparición histórica de Strappo y la reciente intensidad de su presencia abría una fisura que no podía sellarse con ironía.

Intentó reconstruir el encuentro con una lógica casi forense: la mesa, el vaso, la fotografía, la frase pronunciada al pasar, la inclinación del cuerpo hacia la luz.

Cada elemento encajaba con una coherencia alarmante.

No había saltos ni vacíos narrativos. Y, sin embargo, la ciudad insistía en desmentirlo, negando la existencia actual de ese hombre con la tranquilidad burocrática de quien certifica una defunción sin haber visto el cadáver.

¿Quién era Strappo? ¿Un hombre real que había decidido reaparecer en su vida para desaparecer de nuevo con mayor eficacia?

¿Una identidad compartida por varios, utilizada cuando la conveniencia lo exigía?

¿O una proyección demasiado elaborada de una mente que comenzaba a desdoblar sus propias sospechas en figuras tangibles?

Lo más perturbador no radicaba en creer en la posibilidad de que Strappo no existiera.

Por el contrario, era la alternativa inversa: que existiera de un modo que no respondiera a las reglas habituales de presencia y ausencia.

Porque si había estado con él hacía, si habían brindado sobre la fotografía de un cuadro intervenido y habían discutido la lógica de una firma que comenzaba a repetirse, entonces la desaparición no era un hecho del pasado: era, sin dudas, una estrategia del presente.

Y León no supo si debía buscar pruebas externas o examinar la estabilidad de su propia memoria, que empezaba a comportarse como una sala de espejos donde cada reflejo devolvía una versión plausible pero nunca definitiva de la verdad.

Al regresar a su edificio encontró, apoyada en el punto exacto donde había aparecido la carta, una fotografía que no estaba allí por la mañana y cuya colocación evidenciaba una familiaridad con sus hábitos que no podía atribuirse al azar.

Al examinar la imagen, reconoció el fragmento de un rostro sagrado atravesado por las mismas líneas violetas que ya se habían infiltrado en su memoria, y percibió que la frase escrita en el reverso —«Las superficies son intercambiables»— pretendía implicarlo.

Era la misma fotografía, o al menos eso creía, que había estado examinando con Strappo.

Entró en el apartamento sin encender la luz, permitió que la penumbra redistribuyera las jerarquías del espacio y sintió, mientras Góngora dirigía su atención hacia el interior y no hacia la puerta, porque la amenaza provenía de la reorganización de lo que ya estaba dentro, no del exterior.

Se acercó al retrato a carboncillo colgado en la pared y, aunque no pudo señalar una alteración concreta, percibió que la mirada del dibujo parecía haber adquirido una intencionalidad nueva, o tal vez era la suya la que había cambiado, porque cuando uno acepta que forma parte de una narración ajena, comienza a examinar cada objeto.

El problema no consistía en descubrir quién enviaba las señales: se trataba de determinar si esas señales estaban convocándolo o construyéndolo.

Y mientras apoyaba la fotografía junto al sobre de trazos violetas sobre la mesa, admitió que el bibliotecario podía haber sido otro ser en vez de un hombre.

Tal vez un prólogo cuidadosamente escenificado.

El verdadero peligro residía en la posibilidad de que alguien hubiera decidido narrar su vida desde fuera, utilizando símbolos que pedían poca comprensión, pero más obediencia, e intuyó que la restauradora argentina, a quien todavía no conocía personalmente, no era una pieza eventual del rompecabezas: era la confirmación de que la historia ya había comenzado mucho antes de que él recibiera la primera misiva.

5. Clemente Rodari