El romance de un robo (Pasiones robadas 5) Capítulo 26
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Capítulo 26

E l corazón de Annabelle estaba a punto de salírsele del pecho ante todas las acusaciones que volaban a su alrededor. Se sentía en el centro de un escenario, con los asistentes observándolos embelesados. El resultado de aquello no podía ser bueno. ¿Cómo iban a escapar Arie y ella?

Él la miró, miró al magistrado y luego al duque. Por suerte, el magistrado le había soltado las manos y ella se sacudió los brazos y se los frotó para intentar recuperar la sensibilidad.

Arie la atrajo de inmediato hacia sí, como si tenerla cerca pudiera protegerla de cualquier cosa que los amenazara.

Fue como si la acusación de robo hubiera conjurado a todo un ejército de agentes de Bow Street: la sala se inundó al instante.

—¡Acabad con esto! —gritó Montgomery mientras salían del salón. Annabelle solo podía rezar para que Juliet, Xander y los demás hubieran huido lo bastante rápido y lejos como para no ser atrapados.

Arie le apretó la cintura, tirando de ella hacia atrás para meterse entre la multitud, pero Burns los vigilaba.

—¡No dejéis que escapen! —gritó, con los ojos desorbitados, señalándolos, y pronto Annabelle se vio de nuevo rodeada de agentes mientras los demás se apartaban para dejarles un amplio espacio—. ¡Ellos forman parte de esto, han orquestado todo el asunto!

El magistrado seguía pareciendo indeciso; miró otra vez al duque, que se rascaba la cabeza intentando determinar qué ocurría exactamente.

—La mujer lleva el collar —dijo el magistrado—. La retendremos hasta que podamos determinar su autenticidad… y qué demonios está ocurriendo en el resto del museo.

Mientras algunos de los agentes se apresuraban por las salas hacia la galería, el magistrado volvió a agarrar a Annabelle de los brazos para llevársela, y ella trató de respirar hondo para no desmayarse de puro pánico.

¿Adónde había ido Arie? Estaba convencida de que seguía justo a su lado. Nunca la abandonaría… ¿o no?

Antes de que pudiera siquiera buscarlo, allí estaba él, cerrando el paso hacia las escaleras.

—Suéltela —dijo, con voz de mando—. Ella no tiene nada que ver con esto. Le pagué para que fingiera ser mi esposa y no sabe nada de lo demás. Iré yo con ustedes.

Annabelle negó con la cabeza, inclinándose hacia él.

—No lo hagas —siseó, sabiendo que ella tenía muchas más posibilidades de quedar en libertad que Arie. No había delitos previos que la relacionaran, mientras que, en cuanto descubrieran quién era Arie… para él no habría esperanza.

Él se volvió hacia ella y se inclinó, susurrándole al oído:

—Vete. Sal de aquí. Huye lo más lejos que puedas, fuera de Londres, lejos de todo esto —luego se echó hacia atrás, con los ojos clavados en ella, transmitiendo más de lo que sus palabras jamás habían expresado ni podrían expresar.

Lo hacía por ella. Y eso casi la destrozó.

El pavor la invadió mientras lo miraba fijamente, con los ojos llenos de lágrimas, y volvió a negar con la cabeza, incapaz de articular palabra alguna que pudiera hacerle cambiar de idea.

—Parad —intentó de nuevo, pero ya era demasiado tarde.

Ya se lo estaban llevando. Él mantenía la espalda recta, la cabeza alta, pero no se giró en ningún momento, algo que Annabelle supo que seguramente era a propósito.

Mientras lo conducían hacia las puertas, con las manos sujetas a la espalda, la certeza la golpeó con tal fuerza que Annabelle retrocedió tambaleándose y estuvo a punto de caerse. Lo amaba.

Amaba a aquel hombre cuyo exterior frío y calculador ocultaba un alma que amaba con tal intensidad que necesitaba ocultar su verdadera esencia para protegerse.

Había habido momentos en que le había permitido entrar, en que le había mostrado quién podía ser, quiénes podían ser ellos juntos, momentos por los que vivía.

Él sabría que lo sensato sería dejar que ella cargara con la culpa, pues nada la vinculaba a delito alguno, y menos a aquel.

El Arie que ella había conocido al principio lo habría hecho sin pensárselo dos veces, para mantenerlos a todos a salvo.

Pero, en lugar de eso, se estaba sacrificando por ella.

Contuvo un sollozo justo cuando vio que la cabeza de Burns giraba hacia ella y, antes de que él pudiera reaccionar, Annabelle empezó a retroceder con disimulo, perdiéndose entre la multitud que seguía congregada para no perderse el alboroto.

Cuando creyó que ya no estaba a la vista, se dio la vuelta y se perdió entre la gente que la rodeaba. Por fin siguió a una marea de gente que salía por las puertas, sintió el aire fresco del final de la tarde y echó a correr.

* * *

Arie se obligó a no volver la vista atrás para mirar a Annabelle. Si lo hacía, quizá no sería capaz de seguir adelante, sabiendo que podía ser la última vez que la viera. Solo esperaba que, si acababa en la horca, ella no acudiera a presenciarlo. No quería que lo recordara así.

Había sido todo lo cuidadoso que le había sido posible.

Mientras su familia se hubiera alejado lo suficiente con las estatuas, estarían a salvo.

El plan era que las llevaran a uno de los almacenes subterráneos ocultos de Mulberry para guardarlas hasta que las cosas se calmaran, y con el tiempo las trasladarían a uno de los barcos de Mulberry y las sacarían del país rumbo a Grecia.

Arie rezó para que Annabelle le hubiera hecho caso y se hubiera alejado del museo todo lo posible en cuanto la atención dejara de centrarse en ella.

Le había fallado. Lo sabía. Le había prometido que la mantendría a salvo, que no sufriría ninguna amenaza.

Cuando recordaba la imagen de ella allí de pie, con las manos a la espalda, zarandeada como una delincuente cualquiera, lo invadió una oleada de rabia.

Quería culpar a Burns de todo, pero Arie sabía que el único culpable de verdad era él mismo.

Lo condujeron al carruaje del magistrado.

Se quedó sentado con la cabeza entre las manos, flanqueado por dos hombres, uno a cada lado.

Las cortinas estaban echadas sobre las ventanillas, de modo que no tenía ni idea de adónde lo llevaban, pero le llegaba el olor del Támesis a través de la ventana y al final dedujo, por la corta distancia, exactamente dónde se encontraban.

Newgate.

Observó cuanto lo rodeaba mientras lo hacían entrar, porque tenía la sensación de que aquello podía ser lo último que viera del mundo exterior hasta que llegara el momento de dar sus últimos pasos.

Tal vez no pudieran reunir pruebas suficientes contra él, pero necesitarían a alguien a quien culpar de un robo de esa magnitud, y él no tenía a nadie que intercediera por él, nadie que lo considerara alguien de valía.

Incluso si creían que era el señor Callas —y estaba seguro de que Burns demostraría lo contrario—, ¿a quién le importaría un inmigrante griego sin verdaderos vínculos con Inglaterra?

Estaba condenado.

Pero al menos nadie caería con él, pensó cuando la puerta de la celda se cerró a sus espaldas con un golpe seco.

* * *

Annabelle subió las escaleras de la casa de Arie a toda prisa, con los dedos temblorosos mientras encajaba la llave en la cerradura y abría la puerta de un empujón.

Por favor, que hayan vuelto , rezó, con la esperanza de que el resto del plan hubiera salido según lo previsto.

Su única salvaguarda había sido la posibilidad de entregar a Arie, pero ahora esa opción —que, por supuesto, no era una solución en sí misma— había desaparecido.

¿Qué haría si habían atrapado a los demás?

Se le cortó la respiración cuando una figura apareció en el vestíbulo, pero exhaló aliviada al ver que era Diana, que ahora corría hacia ella para rodearla con los brazos en una inusual muestra de afecto.

—Menos mal que estás aquí —dijo Diana, con palabras atropelladas—.

Wade me ha mandado a casa con uno de los hombres de Arie en su carruaje.

He intentado decirle que el carruaje era para que volvieras tú y que a mí no me importaba ir andando una distancia tan corta, pero no ha habido manera de convencerlo.

Lo he mandado de vuelta para que te trajera, pero veo que ha llegado demasiado tarde. ¿Qué ha pasado?

—Diana —dijo Annabelle, agarrándola por los hombros mientras las lágrimas le anegaban los ojos otra vez—. Se han llevado a Arie.

Las palabras apenas habían salido de su boca cuando la voz se le quebró y las lágrimas empezaron a rodarle por la cara, toda la angustia precipitándose en un solo torrente de emoción.

Diana, hay que reconocerlo, no dijo nada, claramente preparada para afrontar cualquier adversidad que se le presentara.

—¿Los demás han conseguido escapar? —logró preguntar Annabelle entre lágrimas, necesitando saber que al menos esa parte del plan había funcionado.

—Sí, al menos de entrada —dijo Diana, retrocediendo mientras la preocupación le fruncía el ceño—. Los perseguían, pero creo que llevaban suficiente ventaja. Deberían estar aquí pronto, si han conseguido llegar al almacén sin que los detectaran y descargar el cargamento.

—Bien —dijo Annabelle con un suspiro.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Diana, y Annabelle le contó la historia: cómo Burns había mandado llamar al magistrado para que se la llevara y el caos posterior al descubrirse el robo.

—¿Y Arie se entregó en tu lugar? —preguntó Diana.

—Más o menos —dijo Annabelle, desesperada—, les había dicho que él me había pagado, que yo no sabía nada y que me dejaran marchar y se lo llevaran a él.

Diana se llevó una mano a la frente y empezó a pasearse de un lado a otro en un movimiento tan parecido al de Arie que Annabelle estuvo a punto de echarse a llorar otra vez.

—¿Saben la verdadera identidad de Arie? —preguntó, y Annabelle asintió.

—Creo que Burns sí —respondió Annabelle.

—Maldita sea —maldijo Diana, pero su expresión cambió cuando la puerta se abrió de nuevo y entró el resto de la familia Hondros—¡Gracias a Dios! —dijo, corriendo hacia los brazos de Wade.

A Annabelle le brotaron las lágrimas de nuevo al verlos, lo que hizo que Juliet se precipitara hacia ella.

—Annabelle, ¿qué ha pasado? ¿Estás herida? —dijo Juliet, aunque la emoción de todo lo que habían hecho aquella noche aún bailaba en sus ojos.

—No —dijo Annabelle, negando con la cabeza antes de contar la historia una vez más. Todos se quedaron en un silencio estupefacto, mirándola a ella y luego mirándose unos a otros.

Lo cual tenía sentido. Porque ninguno de ellos había estado nunca al mando.

Siempre había sido Arie la cabeza de la familia, diciéndoles a los demás lo que tenían que hacer.

Ahora que era él quien estaba en apuros, parecía producirse una especie de reajuste interno mientras intentaban dilucidar quién estaba al mando ahora y qué se suponía que debían hacer a continuación.

Wade, un líder por derecho propio, dio un paso al frente y se situó junto a Diana, dedicándole un gesto de asentimiento, lo que sorprendió a Annabelle.

¿Por qué no les decía él a los demás lo que tenían que hacer?

Entonces se dio cuenta: le estaba dando a Diana la fuerza para tomar el mando.

Diana sabía tan bien como cualquiera de ellos qué era lo más sensato.

—Estoy segura de que Arie quizá ya tuviera un plan para sí mismo, pero a estas alturas creo que está atrapado sin remedio. Por lo que sé, solo hay una cosa que podemos hacer —dijo Diana, mirando fijamente a Annabelle—. Tenemos que sacarlo de allí.