Capítulo 23
A rie no disfrutaba especialmente destruyendo vidas ajenas.
Solo hacía lo necesario, cuando era necesario.
Como esa noche.
Arie contaba con una red bastante extensa por todo Londres: gente que le era leal, que compartía información con él.
La mayor parte de esa lealtad procedía del pago que les prometía, pero a él no le importaba demasiado.
Era la forma más rápida de conseguirla, a pesar de lo que Wade le repetía siempre, que la verdadera lealtad se concedía cuando alguien confiaba en ti de forma implícita.
Wade. Aquel hombre era demasiado romántico para el gusto de Arie, aunque Arie tenía que admitir a regañadientes que, desde que se habían asociado, los negocios de ambos habían florecido de forma espléndida.
A Arie le había costado fiarse de él al principio, pero después de que Diana lo convenciera para contratar a algunas de las mujeres del negocio de Wade para que llevaran la contabilidad, enseguida vio el valor que podían aportarse mutuamente.
Arie subió los escalones del club, pensando que aquel era justo el tipo de local que un hombre como Burns frecuentaría: no tan acomodado como para sentirse inferior a los demás socios, pero con el suficiente prestigio como para atribuirse una importancia legítima.
Arie mantuvo el sombrero bajo, tapándole el rostro, y le pagó al portero lo suficiente para que no cuestionara ni su identidad ni su falta de membresía.
Se mantuvo en los bordes exteriores de la sala, observando los sillones de cuero del club, los asientos bajos, la iluminación tenue. Y entonces, allí, en un rincón, encontró a Burns sentado a solas, tamborileando con los dedos sobre la copa.
Arie se deslizó en el asiento frente a él, lo que hizo que Burns se sobresaltara, aunque recuperó la compostura al instante.
—Hondros —inclinó la cabeza.
El verdadero nombre de Arie.
—No parece usted especialmente sorprendido por verme —dijo Arie, sin devolver el saludo.
—Es usted lo bastante observador. Sabía que me había dado cuenta —dijo Burns encogiéndose de hombros, con evidente intención de aparentar despreocupación—. Supuse que no tardaría en venir a sobornarme.
—No he venido a comprar su silencio.
—Ah, ¿no? —dijo Burns, removiéndose en el asiento con cautela. Era un hombre listo y sin duda sabía cuál era la otra opción—. ¿A qué, entonces?
—Creo que los dos podemos beneficiarnos de guardar los secretos del otro.
—¿Y qué secreto me ofrece usted guardar tan amablemente ?
—Bueno —empezó Arie con parsimonia, lo que hizo que Burns se inquietara aún más—, tiene que ver con el registro de su descubrimiento.
—He hecho muchos descubrimientos a lo largo de los años —dijo Burns con la arrogancia suficiente para que Arie empezara a sentirse menos culpable por chantajearlo—. Tendrá que ser más concreto.
—Muy bien —dijo Arie, despidiendo a un lacayo con un gesto. No había ido allí a beber—. Los artículos que publicó.
—¿Qué pasa con ellos? —Burns palideció considerablemente.
—Además de por sus descubrimientos, su estilo de redacción le ha dado una notoriedad considerable y una buena dosis de atención.
—Vaya al grano —espetó Burns.
—Pues ahí va: aunque el descubrimiento sea discutible, usted, señor mío , no escribió esos artículos. Ningún hombre lo hizo.
Burns gruñó, sin negar ni confirmar el hecho.
—Su ayudante, tengo entendido, está excepcionalmente dotada —dijo Arie, disfrutando ya—. Me dicen que es sumamente inteligente.
—Basta —dijo Burns, inclinándose sobre la mesa, con los ojos oscuros, duros e implacables—. ¿Qué quiere?
—No le diga a nadie quién soy en realidad —dijo Arie, inclinándose hacia delante—, y yo también guardaré su sucio secretito.
Burns lo examinó un instante, como sopesando hasta qué punto hablaba en serio. Por fin, debió de llegar a la conclusión de que Arie no era hombre de mentir, sino alguien que no dudaría en llevar a cabo sus amenazas.
—De acuerdo —dijo Burns, con más presteza de la que Arie esperaba—. Sin embargo, tengo una condición más.
—¿Ah, sí?
—La señora Callas —dijo, y los labios se le curvaron en una mueca de desprecio que Arie no le había visto antes. Puede que no fuera el nombre verdadero de Annabelle, pero oírlo en labios de aquel hombre, en semejante tono, hizo que Arie se irguiera a la defensiva.
—¿Qué pasa con ella? —preguntó, manteniendo el rostro como una máscara de piedra, sin querer dejar traslucir ninguno de sus verdaderos sentimientos.
—La quiero para mí.
A Arie le costó todo su autocontrol no levantarse del sillón y estamparle el puño en la cara.
—Ella no entra en este trato —dijo Arie, con los labios apretados.
—Si puedo pasar un rato con ella, entonces considere que su secreto está a salvo.
El hombre se recostó, a la espera de la respuesta de Arie. La ira iba creciendo dentro de Arie, a punto de estallar contra aquel arrogante, y respiró hondo para intentar contenerla.
—El trato es que usted no le dirá a nadie quién cree que soy en realidad —Arie no estaba dispuesto a admitir nada—, y yo permitiré que todo el mundo siga creyendo que usted es el gran escritor y naturalista que aparenta.
—Si dice una sola palabra —Arie se inclinó hacia él, atravesándolo con la mirada, y Burns se encogió visiblemente—, todo el mundo sabrá que es un impostor.
La vida tal como la conoce cambiará. ¿Está claro?
Burns parpadeó un instante y luego pareció darse cuenta por fin de que aquella era su mejor opción, de que si se negaba, se enfrentaría a algo mucho peor.
—Entendido —consiguió decir, y Arie asintió.
—Bien. Lo veré en la velada de la entrega.
Y dicho esto, se marchó, antes de que la fuerza plena de su furia estallara y moliera a golpes a aquel hombre hasta dejarlo inconsciente y ensangrentado.
Tenía que controlar lo que sentía por Annabelle. Y tenía que hacerlo antes de que llegara el momento del golpe más importante de su vida.
* * *
—Creo que ya está todo —dijo Annabelle, recorriendo la habitación con la mirada.
Juliet y ella habían estado dedicando tiempo a dejar la casa en orden.
No había habido más intentos de intrusión después del primero.
Seguramente gracias a la protección reforzada y a lo que Arie había hecho correr por el barrio sobre lo que les ocurriría a quienes intentaran dañar un negocio propiedad de un Hondros.
Entre los actos a los que asistía con Arie, Annabelle había pasado el resto del tiempo allí, en la tienda misma.
Seguía teniendo trabajo que hacer: creaba joyas como siempre, antes de subir y dejar sus habitaciones tal como estaban.
No eran gran cosa, pero eran suyas, y para ella significaba algo asegurarse de que pudieran volver a sentirse como un hogar, sobre todo si pronto volvería a vivir allí.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Juliet, sentada en el sofá que Annabelle había reparado. Nunca recuperaría del todo su aspecto original, pero Annabelle pensaba que había hecho un trabajo decente cosiendo los desgarros de los cojines.
—Bueno, de momento me quedo en casa de Arie —dijo Annabelle, deseando que el calor que empezaba a subirle a las mejillas se desvaneciera de inmediato.
—El evento es dentro de dos días —le recordó Juliet con suavidad—. ¿Y después de eso, qué?
Annabelle se encogió de hombros, impotente. —La verdad es que no lo sé. Ojalá lo supiera.
—¿Te ha ofrecido Arie… seguir alojada con él? —La sonrisa de Juliet indicaba que no se refería solo al lugar donde Annabelle viviría.
—Ay, Juliet, es que no lo sé —dijo Annabelle, abandonando por fin todo fingimiento y dejando caer la cabeza entre las manos—.
No ha dicho nada, pero también dejó claro que no desea que vuelva aquí.
Claro que él no tiene voz ni voto en lo que yo haga, porque soy una mujer adulta sin ningún vínculo real con él, pero…
—¿Pero? —esperó Juliet.
Annabelle le dirigió una mirada horrorizada.
—Pero ojalá lo tuviera. Ay, ¿no es horrible?
¿Que deseara estar ligada a un hombre así, que se opone por completo a la idea?
Pensé que si estábamos juntos, quizá él me contaría algo de lo que siente, pero parece…
parece que solo está conmigo por el placer que nos damos.
Para su horror, las lágrimas empezaron a rodarle por la cara, y trató desesperadamente de contenerlas parpadeando, enjugándose las que ya habían caído. No es que no quisiera llorar delante de Juliet; es que no quería llorar por Arie Hondros.
Juliet se levantó de la silla y en unos segundos estaba junto a Annabelle, rodeándola con los brazos y estrechándola con fuerza. Annabelle se recostó, aceptando el consuelo que le ofrecía.
—No hay nada malo en querer a alguien —dijo Juliet con voz tranquilizadora—. Creo que Arie te ha mostrado una faceta de sí mismo que nunca ha dejado ver a nadie más.
—¿Por qué piensas eso?
—Persiguió a los ladrones que entraron en tus habitaciones.
—Nunca llegaste a contarme más sobre eso.
—Sabes que un detective se presentó aquí al día siguiente. Llevaba la pieza que habían robado de tu cuarto, y dijo que le dijéramos a Hondros que todo estaba zanjado, que no tenía nada más que reclamar.
—¿Dónde encontró la joya?
Juliet vaciló. —Estaba con Jenkins.
—¿Jenkins? —dijo Annabelle, abriendo mucho los ojos—. No sabía que seguía por aquí. ¿Crees que sabe que le robamos hace todos esos años? ¿Volverá a por nosotras?
Juliet ya estaba negando con la cabeza. —Puede que sospeche, pero no hay forma de que lo sepa.
Aun así, ahora está en Newgate, por lo visto.
En cuanto los investigadores encontraron aquella única joya, indagaron un poco y descubrieron que llevaba robando en tiendas de toda la ciudad, copiándolas antes de revenderlas.
Con suerte, estará allí dentro una buena temporada.
Y aunque salga, Arie ha dejado claro que no debe acercarse a nosotras nunca más.
Annabelle soltó un largo suspiro, de alivio, sí, pero también de preocupación por lo que aquello pudiera significar. Sin embargo, conocía a Arie y sabía que lo que más odiaba era que alguien perjudicara sus propios intereses.
—Habría hecho lo mismo por cualquiera a quien tuviera a su cargo: por orgullo —replicó Annabelle, pero Juliet volvió a negar con la cabeza.
—Es más que eso. Lo noto por cómo te mira.
Esa barrera que siempre mantiene delante de los demás se resquebraja por un instante cuando te contempla, como si fuera incapaz de mirar a otra parte.
El simple hecho de que te acogiera en su casa, en su cama, dice más que cualquier otra cosa.
Por lo que cuenta Xander, creo que Arie nunca antes había estado con la misma mujer más de una vez.
A Annabelle no le gustó el nudo incómodo que se le formó en el estómago al pensar en Arie con otra persona, pero eso no significaba que le restara valor a lo que Juliet le decía.
—¿De verdad? —preguntó, apartándose un poco para poder mirar a Juliet a los ojos.
Juliet asintió.
—Siempre ha tenido demasiado miedo a dejar entrar a alguien. Hasta que llegaste tú. —Hizo una pausa—. Eso no significa que no sea demasiado terco para darse cuenta, claro, así que no creo que puedas estar completamente segura de nada. Pero… ¿quizá deberías decirle lo que sientes?
Annabelle bajó la mirada hacia las manos que tenía en el regazo.
La sola idea de mencionar algo semejante le provocaba un aleteo de pánico en el pecho.
Odiaba el efecto que él ejercía sobre ella.
La noche anterior había estado atenta a su regreso, se había emocionado al oír sus pasos en la escalera y, cuando él entró en su dormitorio, la envolvió en sus brazos y hicieron el amor.
Por un instante se había permitido sentirse amada.
Valorada. Aunque él no lo sintiera de verdad, su cuerpo parecía empeñado en convencerla de que había algo más.
Quizá ahora le correspondía a ella hacerle ver que lo que existía entre ellos valía la pena explorar.
—Prácticamente te veo pensar —dijo Juliet con una risa, mientras Annabelle se incorporaba y se secaba las lágrimas.
—Creo que tienes razón —dijo Annabelle con determinación—. Después del sábado hablaré con él. Antes tendrá demasiadas cosas en la cabeza. Aunque aún tengo que pensar dónde voy a vivir. No puedo… no pienso … poner mi futuro en manos de los cambios de humor de Arie.
—Me parece sensato —reconoció Juliet.
—Creo que podría volver aquí —dijo Annabelle—. Es mi casa, y con la protección adicional y sabiendo ahora que los ladrones han sido atrapados, estaré bien. Quizá un par de cerraduras más en las puertas, y tal vez debería conseguirme una o dos pistolas.
El rostro de Juliet se contrajo de preocupación.
—No estoy segura, Annabelle —dijo Juliet—. Por una vez, creo que estoy de acuerdo con Arie. Deberías vivir con nosotros.
Annabelle ya estaba negando con la cabeza.
—No puedo.
—Bueno, piénsatelo —dijo Juliet—. Solo por un tiempo, quizá. De verdad, no es ninguna molestia.
—Ya veremos —dijo Annabelle, dándole unas palmaditas en la mano, agradecida por el ofrecimiento y por tener una amiga como Juliet—. Mientras tanto, tengo otro favor que pedirte.
—Claro.
—¿Me ayudas a encontrar un vestido para este evento?
Juliet sonrió de oreja a oreja. —Me preguntaba si alguna vez ibas a pedírmelo.