Capítulo 22
L a familia Hondros estaba llena de secretos.
Pero, tarde o temprano, todos acababan saliendo a la luz entre ellos.
Una semana después de la reunión en el museo —una semana en la que Arie había acudido cada noche al lecho de Annabelle, entregado con el cuerpo y tierno en sus caricias—, toda la familia había sido invitada a cenar a casa de Calli y su duque.
Juliet le contó a Annabelle que no era algo frecuente y que, si por el duque fuera, jamás ocurriría.
Pero significaba mucho para Calli, y por ella el duque haría cualquier cosa.
—¿Una cena en Mayfair? —había dicho Annabelle cuando Arie la invitó a acompañarlos—. ¿Yo? De ninguna manera.
Arie se había limitado a gruñir mientras Diana soltaba una carcajada.
—Nosotras sentimos lo mismo, Annabelle —dijo Diana, y le dio una palmada en la mano—. Estarás bien acompañada.
—¿Por qué no vienen ellos aquí? —preguntó Annabelle, y Diana suspiró de forma bastante teatral, algo raro en ella.
—Lo intentamos una vez —respondió—. Eh… no salió bien. Al menos en casa de un duque, el duque sigue siendo el duque, ¿me entiendes?
Lo entendía, en realidad. Arie o Wade eran tan poderosos como el duque, pero en su reino de St. Giles.
Así que allí estaba, subiendo los escalones de una mansión de Mayfair.
En cuanto entregaron las capas a un mayordomo de lo más intrigado, los condujeron a un salón que tenía aproximadamente el tamaño de la casa donde Annabelle se había criado.
Y todos los hermanos Hondros clavaron los ojos en ella y en Arie… y al instante empezaron a sonreír.
—Basta —su voz sonó grave al decirlo, y Annabelle lo miró sorprendida.
—¿Basta de qué?
—No hablaba contigo —masculló señalando a sus hermanos con un gesto, que ya estaban intercambiando miradas entre sí.
Annabelle sabía que con Arie no iba a sacar nada en claro, así que, cuando la conversación entre los demás se reanudó, se dirigió a Juliet.
—¿Qué está pasando? —insistió.
—Que Arie y tú os habéis acostado juntos —dijo sin más, con una sonrisa de oreja a oreja, y Annabelle contuvo un grito.
—¿Y por qué piensas eso?
—Porque es verdad —respondió Juliet con suficiencia antes de negar con la cabeza—. ¿Quién iba a pensar que la mujer que por fin conquistara el corazón de Arie serías tú? ¿Y por qué no me lo has contado?
—Juliet —dijo Annabelle en un murmullo apremiante—. De acuerdo. Sí, hemos estado juntos. Pero ¿cómo lo sabes? Y tienes que entender que yo, desde luego, no tengo su corazón. Él ha dejado muy claro que nadie se lo llevará jamás
—Lo sé por cómo os comportáis el uno con el otro. Pequeños roces, miradas ardientes. Jamás, jamás he visto a Arie actuar así con otra persona, y lo conozco desde casi toda la vida. Además, lo llevas escrito en la cara.
—No es así —dijo Annabelle desesperada, más para sí misma que para Juliet—. En realidad no siento nada por él. Solo…
Se interrumpió en seco, con la boca abierta. Porque sí. Sí sentía algo por él, más que la simple lujuria que parecía dominarla cada vez que lo tenía cerca.
—Maldita sea —masculló, justo cuando el duque pasaba a su lado.
Él se detuvo en seco.
—¿Perdón?
—Su Gracia —dijo Annabelle a toda prisa, hundiéndose en una reverencia—. Discúlpeme.
—¿Quién es usted? —preguntó él con brusquedad, y una mujer que debía de ser su esposa se interpuso al instante, radiante, delante de Annabelle.
—Annabelle, ¿verdad? He oído hablar tanto de ti… —dijo, tomando una de las manos de Annabelle entre las suyas—. Bienvenida.
—Su Gracia —murmuró Annabelle iniciando una segunda reverencia, pero la duquesa le puso en seguida las manos en los hombros para detenerla.
—Nada de eso —dijo negando con la cabeza—. Tienes que llamarme Calli.
—Oh, pero yo…
— Yo me crié en St. Giles y habría acabado arrestada por carterista si Arie no me hubiera encontrado. Las únicas personas que pueden tratarme de Su Gracia son las de los círculos nobiliarios, ¿me oyes?
Annabelle no tuvo más remedio que asentir, y el duque, aunque resignado a la conversación, aceptó a regañadientes la presencia de Annabelle en la cena. Aun así, ella lo oyó mascullar algo a su esposa mientras se alejaban.
Annabelle le lanzó una mirada desesperada a Juliet, que se limitó a reír y a encogerse de hombros.
La cena transcurrió más o menos en el mismo tono. El duque empezó la velada un tanto exasperado, pero a medida que avanzaba pareció relajarse un poco…, sobre todo cuando uno de los lacayos sirvió una botella de brandy que Arie había llevado como regalo.
Annabelle se inclinó hacia él y le preguntó si había llegado a las costas inglesas por medios legales, y Arie se limitó a arquear una ceja y dar un sorbo a su copa.
Al bajarla, la miró.
—Por supuesto —y le guiñó un ojo.
Annabelle estuvo a punto de derramar la bebida. Le había guiñado un ojo . Arie Hondros le había guiñado un ojo. Xander le guiñaba el ojo a menudo —a ella, a Juliet, a cualquier clienta que entrara en la tienda—, hasta el punto de que le habría extrañado que no lo hiciera. ¿Pero Arie?
—Cualquier día de estos te veremos sonreír —comentó Xander desde el otro lado de la mesa, sin duda observando el intercambio. Annabelle deseó al instante que no hubiera dicho nada, porque bastó aquello para que Arie recuperase su ceño fruncido de costumbre.
—Entonces, ¿es verdad, Arie? —preguntó el duque desde la cabecera de la mesa—. ¿Vas a sentar la cabeza?
Arie miró a Annabelle, sorprendiéndola cuando su expresión se suavizó ligeramente.
—Eso es lo que se rumorea, ¿no? —dijo, sin responder en realidad a la pregunta.
—Me parece maravilloso —dijo Calli con una cálida sonrisa—. Debes de ser toda una mujer, Annabelle, para haber conquistado a Arie. Nunca creí que fuera posible.
—Sí —dijo Annabelle, forzando una sonrisa y una risa que a sus propios oídos sonaba fingida. Ojalá fuera capaz de responderles con la seguridad de una mujer enamorada, pero no tenía ni idea de cómo definir su relación.
—Dime, ¿qué os unió? —preguntó Calli—. Yo tenía entendido que, quizá, en el pasado no sentías especial aprecio por Arie.
—Bueno, teníamos nuestras diferencias —dijo Annabelle, lanzándole una mirada furtiva a Arie, pero su rostro siguió impasible—. Aunque parece que también tenemos algunos intereses en común, y lo estoy ayudando con uno de sus… proyectos.
—¿Qué clase de intereses compartís? —preguntó Calli, y Annabelle inspiró hondo.
—Joyería. Joyería antigua, para ser exactas.
El duque puso un gesto incómodo.
—Creo que ya hemos hablado bastante de esto.
—Por supuesto —dijo Calli, con los ojos brillantes, recordándole a Annabelle que, al margen de la posición que ocupara ahora, procedía exactamente del mismo mundo en el que todos ellos se movían a diario en St. Giles.
Annabelle la vio mirar hacia Diana, que asintió de forma casi imperceptible, y entonces una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Calli.
Se aclaró la garganta con rapidez y se llevó a la boca un tenedor cargado de judías verdes con salsa antes de que su marido se diera cuenta.
Cuando terminaron de cenar, no se quedaron mucho rato, lo cual era comprensible. A Annabelle le costaba imaginarse a Arie y Wade sentados contando historias y bebiendo con el duque, aunque quizá Xander y Damien pudieran tender puentes entre ellos.
Esperaron mientras Diana subía a decirles a Tiger y Penelope que había llegado la hora de irse.
Mientras tanto, Calli se acercó a Annabelle.
—¿Annabelle? —dijo en voz baja, y Annabelle le devolvió una leve sonrisa—.
Sé que en realidad no me corresponde decirlo y a Arie no le haría ninguna gracia saber que te he dicho nada , pero…
todas hemos pasado por momentos así con él.
Momentos en los que creímos que no le importábamos en absoluto y que solo miraba por sí mismo.
Pero ya ha perdido antes, y creo que le da miedo volver a perder.
Sé que eso no explica ni excusa cómo a veces puede arremeter, pero si alguna vez algo se interpone entre vosotros…
bueno, debes saber que probablemente haya más de lo que él diga.
O de lo que no diga. Arie no es precisamente de compartir sus sentimientos, ¿verdad?
Annabelle no pudo evitar una risa irónica.
—No —dijo, sacudiendo la cabeza—. En absoluto. De hecho, esa es la mayor parte de nuestro problema: se niega a decirme nada de lo que pasa por esa cabeza suya.
—Si alguna vez lo descubres, serás la primera en hacerlo —dijo Calli con ironía—. Pero he de decir que lo conozco desde hace casi toda la vida, y nunca lo había visto tan… ay, no lo sé. ¿Cómodo? Como estaba esta noche… contigo.
Annabelle asintió despacio. Estaba empezando a encajar las piezas.
Arie la deseaba; eso lo sabía. Y no parecía gustarle la idea de que ella saliera de su vida una vez hubieran dado el golpe en el museo.
La única pregunta era si disfrutaba de estar con ella solo en lo físico o si había algo más.
Y, si lo había, ¿llegaría ella a saberlo alguna vez?
—Gracias, Calli —dijo en su lugar, sorprendida cuando la duquesa se inclinó hacia ella y la abrazó.
—Gracias a ti —dijo Calli—, porque estás haciendo feliz a mi hermano. Eres un milagro.
Ante eso, se echó a reír, pero antes de que Annabelle pudiera responder nada, el resto de la familia regresó con los niños y salieron a la noche.
Cuando llegaron a casa, Annabelle subió con intención de acostarse, pero, antes de que le fallara el valor, acabó yendo por el corredor hacia el dormitorio de Arie. Justo cuando había levantado la mano para llamar, Arie abrió la puerta, y pareció sorprendido al verla al otro lado.
—Annabelle —murmuró—. ¿Qué haces?
—Yo… —De pronto pareció quedarse sin palabras—. Venía a verte.
—Tengo que salir.
—Ah —las mejillas se le incendiaron al sentirse ridícula al instante—. No… no lo sabía.
—¿Y cómo ibas a saberlo?
—Yo… supongo que no estoy segura. —Dio un paso atrás, queriendo volver al calor y la comodidad de su habitación, lejos del corredor donde cualquiera podía verla lanzándose vergonzosamente a Arie, que no parecía especialmente entusiasmado con ello.
Deseaba desesperadamente saber adónde iba, pero él no parecía dispuesto a decírselo.
Como su mirada seguía atravesándola, al final ya no pudo soportarlo más y se dio la vuelta, huyendo pasillo abajo. Acababa de llegar a su habitación cuando la mano grande, cálida y fuerte de Arie se posó sobre su hombro. Ni siquiera lo había oído seguirla.
—Annabelle.
Se puso rígida, sin darse la vuelta.
—¿Sí?
—Cuando vuelva, iré a verte. ¿Te parece bien?
Asintió.
—Sí.
—Bien.
No se volvió, y aunque sus pasos eran casi silenciosos, supo que se había ido.