Capítulo 19
A la mañana siguiente, Arie estaba sentado en su sillón Luis XVI del salón, observando a sus hermanos y a sus respectivas parejas reunidos ante él. A su lado se encontraba Annabelle, de quien había oído a Xander comentarle a Damien que parecía su reina.
A Arie en realidad no le importaría que lo fuera, aunque jamás se lo reconocería a sus hermanos. Apenas estaba empezando a admitírselo a sí mismo.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Diana, con el ceño ligeramente fruncido mientras lo escrutaba, como si supiera que algo no marchaba bien—. Wade tiene asuntos que atender.
—Solo será un minuto —dijo Arie—. Quiero poneros al día de cómo va todo.
—Vaya, esto promete —comentó Xander, y se le iluminaron los ojos al recostarse en el sillón. Arie supo que no había ironía en aquella afirmación. A sus hermanos ya les importaba el plan casi tanto como a él. Casi.
Se frotó las manos.
—Annabelle y yo tenemos hoy una última reunión con el señor Montgomery y algunos miembros del patronato.
Les diré que mi última exigencia es conocer a fondo su sistema de seguridad antes de donar el artefacto —con suerte, me lo contarán todo— y conseguiré la información que necesito.
Annabelle ha pasado cierto tiempo en el museo y ha averiguado algunos de sus protocolos, pero quiero saber exactamente a qué nos enfrentamos.
—¿Qué pasa cuando pidan ver el artefacto?
—preguntó Wade, inclinándose hacia delante y apoyando los codos en las rodillas.
Annabelle había descubierto que él era una de las pocas personas que no tenía reparo en cuestionar a Arie, pues se consideraba su igual.
No era que el resto de la familia Hondros viera a Arie por encima de ellos; simplemente lo veían, ante todo, como el hombre que los había rescatado de otra vida, y no conseguían librarse de la sensación de estar en deuda con él.
—No os preocupéis por eso —dijo Arie, desestimando la pregunta—. De eso me encargo yo.
—La última vez insistieron bastante —murmuró Annabelle, y Arie giró levemente la cabeza para mirarla.
Había procurado evitar cualquier contacto con ella durante casi toda la mañana, convencido de que, en cuanto lo hiciera, sus hermanos —Diana, con toda seguridad— sabrían lo que había ocurrido entre ellos.
Intentaba creer que no era tan fácil de leer, que ocultaba sus emociones lo bastante bien, pero cuando alguien lo conocía tanto como Diana, era difícil ocultarle nada.
Inspiró, tratando de contener el fastidio, aunque no era tanto por Annabelle como por el hecho de que le importase su opinión, de que quisiera tranquilizarla.
—Les diré que tengo el artefacto, pero que no quiero cederlo hasta que llegue el momento.
—Eso les demostrará que no confías en ellos —observó Damien, recostándose en su asiento y estirando los brazos sobre el respaldo del sofá.
Uno de ellos quedó detrás de los hombros de su esposa, Grace.
Ella los observaba con unos ojos que parecían recatados, pero que eran tan perspicaces como los de cualquiera de ellos.
—No importa si confío o no en ellos —dijo Arie con paciencia—. Lo que importa es que ellos confíen en mí.
Todos se detuvieron un momento para asimilarlo.
—Después de eso —prosiguió Arie—, el plan se pone en marcha. Ahí es cuando necesitaré que estéis todos preparados.
—¿Cuándo actuamos? —preguntó Xander.
—Dentro de una semana, más o menos. Confío en que acepten organizar una presentación de la donación, lo que debería mantener ocupados a los guardias. Annabelle ha determinado cuáles son los menos rigurosos y ha elaborado una suerte de calendario con sus turnos de servicio.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Juliet, dirigiéndose esta vez a Annabelle.
Annabelle se irguió.
—Usando mis encantos.
A Juliet los labios se le curvaron en una sonrisa, mientras Arie se tensaba al pensar que otro hombre hubiera sido objeto de las atenciones de Annabelle… por fingidas que fueran.
Juliet, evidentemente, intuía la verdad. Arie miró a Annabelle, preguntándole en silencio si le había contado algo a su amiga. Ella negó con la cabeza casi de forma imperceptible.
Cuando él se giró de nuevo, vio que todos lo observaban con la boca ligeramente abierta, y que la cerraban al instante bajo su mirada fulminante.
—De momento, nada más —dijo con sequedad—. Preparad lo más discreto que tengáis y os diré todo lo que necesitáis saber cuando se acerque el momento.
Se oyó un coro de protestas, algo que no habría escuchado un par de años atrás.
Pero ahora, después de haberles dado a sus hermanos cierto margen para hacer lo que les viniera en gana y para desobedecer sus deseos con tal de encontrar a las personas con las que querían pasar el resto de sus vidas, también les había dado margen para cuestionarlo.
No le gustaba.
Pero, mientras paseaba la vista por la sala, cayó en la cuenta de que eran felices.
Decididamente felices. Los cuatro habían encontrado a alguien a quien querían más que a nadie en el mundo.
A él le preocupaba: sabía lo que era perderlo todo.
Pero era una decisión que les correspondía a ellos, y solo rezaba para que nunca tuvieran que aprender lo que significaba un golpe así.
¿Y él? No le quedaban fuerzas para pasar por ello otra vez.
—¿Por qué no de noche? —La pregunta vino de Xander, y era buena.
—Está demasiado oscuro. No podemos llevar faroles porque, si se produjera algún accidente, podríamos quemarlo todo.
—¿Eso te importa? —preguntó Annabelle, sorprendida. Parecía que siempre había algo nuevo que descubrir de Arie.
—Me importa —dijo él con los dientes apretados.
—¿Arie? —intervino Juliet con inocencia—. Esta mañana tuvimos una visita interesante.
Cuando todas las miradas se volvieron hacia ella, a Arie no le gustó la curvatura de sus labios, como si estuviera satisfecha por algo… algo que tenía que ver con él.
—Ah, ¿sí?
—Un agente… Drake, creo que se llamaba.
El resto de sus hermanos giraron la cabeza hacia Juliet y se tensaron al instante ante la idea de que un agente hubiera visitado uno de sus negocios… aunque fuera uno completamente legítimo.
—¿Y qué tenía que decir? —preguntó Arie, aunque sabía muy bien a qué había ido aquel hombre.
—Llevaba una de nuestras joyas… la misma que desapareció de las habitaciones de Annabelle. ¿No te parece interesante ?
—Mucho —gruñó Arie, preguntándose qué más habría decidido compartir el agente. Prefería que Annabelle no supiera hasta dónde estaba dispuesto a llegar para protegerla.
Juliet se limitó a sonreír más abiertamente, mientras Annabelle miraba alternativamente a Juliet y a Arie con curiosidad, aunque no preguntaría delante de los demás qué más había ocurrido…
oh, no, para eso esperaría a que estuvieran a solas.
Si él no se lo contaba, entonces acosaría a Juliet a preguntas hasta averiguar más.
Arie suspiró, sin disfrutar nada de aquello de hacer cosas por los demás.
Al parecer, ya sin preocupación alguna, sus hermanos empezaron a salir de la sala, y él se volvió hacia Annabelle, decidido a dejarle claro que, a partir de ese momento, todo sería estrictamente profesional entre ellos, y el placer quedaría limitado a las noches que compartieran.
—Arie —dijo ella antes de que él pudiera pronunciar palabra—, apenas me has mirado en todo el día.
—He estado ocupado —respondió él—. Ahora…
—Arie —repitió ella, alargando la mano y posándola sobre su brazo—. Necesito que sepas algo.
Parecía muy decidida, así que él cedió por fin y le permitió decir lo que fuera que sintiera que tenía que decir.
—No sé si te arrepientes del todo de lo de anoche, pero sé lo que te preocupa.
—Ah, ¿sí? —Enarcó una ceja y se recostó contra el sillón que le proporcionaba cierto consuelo al recordarle que él tenía el poder… allí y ante cualquiera.
—Te preocupa que yo convierta esto en algo más. Que…, sea cual sea el resultado de nuestras… relaciones…, voy a querer más de ti.
No acertaba del todo, pero se acercaba bastante. Porque no existía ningún escenario plausible en el que él le contara jamás la verdad: que su mayor temor era ser él quien se enamorara de ella.
—Dije lo que dije en serio —prosiguió ella lentamente, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie se hubiera quedado atrás para escuchar—, que esto podría ser un trato beneficioso para los dos.
—¿Qué demonios quieres decir con eso? —gruñó él.
—Te prometo que no te pediré más —dijo ella, irguiéndose—, lo cual significa que, mientras mantengamos esta farsa de ser marido y mujer, podemos seguir disfrutando el uno del otro… de otras formas. Y al terminar, cada uno seguirá su camino con los buenos recuerdos intactos.
Arie sabía que debería estar eufórico con aquella sugerencia. Era el sueño de cualquier hombre: tener a una mujer hermosa, deseosa y dispuesta a estar con él sin la expectativa de un para siempre.
Y, sin embargo, su propuesta le resultaba extraña. Lo que no lograba determinar era si era él quien se sentía inquieto por la sugerencia, o si ella le estaba mintiendo a él, o incluso a sí misma.
Pero no era tan idiota como para decir que no.
—Muy bien, Annabelle —dijo con el menor entusiasmo posible—. Perfecto. Y ahora, señora Callas, tenemos una reunión a la que asistir.
—Antes… —Ella retorció las manos—. Tengo que preguntártelo. ¿Tuviste algo que ver con que la pulsera apareciera?
Él se detuvo un instante, dejando que el pulso recuperara su ritmo normal después de que la ira lo hubiera acelerado de nuevo, y una oleada de protección lo recorrió, llenándolo de la misma urgencia posesiva que había sentido la primera vez que posó los ojos en Annabelle.
—Nadie hiere a nadie… ni a nada… que esté bajo mi protección.
Después, sin volver la vista atrás, salió por la puerta a grandes zancadas, tratando de averiguar qué diablos acababa de ocurrir.
* * *
Annabelle iba sentada, rígida, junto a Arie en el carruaje, intentando decidir cómo hacerle saber lo molesta que estaba.
Ella se había ofrecido a él sin ataduras, y él había respondido como si le estuviera haciendo un favor.
¡Menudo descaro! y además estaba el hecho de que, obviamente, había hecho algo respecto a quien le había forzado las habitaciones, pero no parecía tener la menor intención de hablar del tema.
Al menos en eso, parecía que podía acudir a Juliet para averiguar más.
Apretó los puños sobre el regazo mientras lo fulminaba con la mirada desde el otro lado del asiento. Lo peor de todo era que él no parecía tener la menor idea de haber hecho algo mal.
Él seguía allí sentado, con su mirada glacial paseándose desde la ventana hasta posarse en el rostro de ella.
—¿Vas a explicarme tu disgusto o vas a quedarte ahí sentada el resto de la tarde con cara de que fui yo quien destrozó tu casa?
—No pasa nada —dijo ella con los labios apretados—. Estoy perfectamente.
—Ya —dijo él asintiendo, sin dar la menor muestra de importarle que ella estuviera contrariada—. Repasemos otra vez la reunión, ¿de acuerdo?
Annabelle rechinó los dientes mientras él hablaba de la maldita reunión.
Arie Hondros la sacaría de quicio. Porque no solo quería borrarle de un bofetón esa expresión estúpida hasta arrancarle un atisbo de lo que pasaba por su mente y su corazón, sino que también le gustaría que él compartiera al menos algo de lo que sentía por ella.
Le daba igual qué fuera. Rabia, frustración, algo de atracción… siempre que lo expresara de verdad.
Pero no lo hizo. Ni tampoco reconoció que apreciaba todo lo que ella estaba haciendo para ayudarlo, una ayuda que bien podría haberle retirado.
Después de haber estado juntos, había albergado la esperanza de que las cosas se calentaran entre ellos.
Pero, por el contrario, él se había vuelto aún más frío, mientras ella casi temblaba de impaciencia por volver a hacerlo.
Durante un brevísimo instante, había percibido una grieta en la coraza que él mantenía blindada a su alrededor, y solo podía confiar en que, si volvían a tener intimidad, aquella muralla se desmoronara un poco más.
Pero, de momento, él seguía allí sentado como una ridícula estatua, sin darle la menor idea de lo que pensaba.
Cuando se detuvieron frente al museo, ella estaba a punto de decirle exactamente lo que pensaba de toda aquella farsa, pero no quiso darle la satisfacción de quebrarse antes que él.
Así que, en lugar de eso, lo dejó seguir rumiando en silencio y decidió que, si él quería comportarse así, que se las apañara solo.
Bajó del carruaje lo mejor que pudo por sí sola —su orgullo le impedía esperar a que él la ayudase—, y dio un traspié al pisar los adoquines, aunque se enderezó al instante y cerró los ojos, rogando que él no lo hubiera visto.
—¿Tanto orgullo y luego te tambaleas, eh?
—le murmuró él al oído al pasar por su lado, y ella alargó la mano para abofetearlo, pero se contuvo.
Quizá, si lo hiciera, demostrarían ser un auténtico matrimonio, pues sabía que muchas parejas acababan odiándose y luego se movían en una nube de amor como Juliet y Xander.
Él le tendió el brazo, y Annabelle alzó la vista hacia él, esperando que entendiera, al menos, que no tenía el menor deseo de tomarlo. Él le sostuvo la mirada y luego inclinó la cabeza hacia el edificio, indicándole en silencio que quizá hubiera gente observando.
Ella suspiró mientras le tomaba del brazo —su cuerpo traicionero disfrutaba de su cercanía mucho más de lo que le habría gustado— y subió los escalones con él para entrar en el museo.