Capítulo 18
A rie había mandado a Annabelle a la cama, pero él no fue; tenía otros planes.
Planes que pasaban por visitar a un hombre para hacerle entender que no tenía ningún derecho a volver a perseguir a Annabelle; ni a ella ni a nadie que estuviera bajo la protección de Arie.
Jamás permitía que se aprovecharan de nadie que estuviera bajo su protección.
Pero esto era distinto. Era Annabelle.
Arie estaba casi hirviendo de rabia cuando llegó al Angel, un club que Wade solía frecuentar. No le importaba que no se reunieran en Aphrodite’s. Prefería que no lo vieran recabando información en su propio club, información que ya debería conocer.
Le hizo un gesto de cabeza a Wade, sentado a una mesa al otro lado de la sala, antes de dirigirse hacia él, pegado a la periferia mientras vigilaba a todos los presentes, siempre atento a posibles amenazas.
Cuando llegó hasta Wade, apartó la silla de madera que tenía enfrente y apoyó las manos juntas sobre la mesa de roble, marcada y arañada. Miró al hombre sentado entre los dos.
—Young Paul —lo saludó con un gesto de cabeza—. Wade dice que tienes noticias.
Young Paul —llamado así para distinguirlo de Old Paul, un habitual del barrio— tragó saliva de forma visible.
—No sé si será verdad, Arie —dijo, sin saber dónde mirar—. No querría causar problemas.
Arie se inclinó hacia delante y clavó la mirada en los ojos esquivos de Young Paul.
—Ya decidiré yo lo que necesito saber —dijo, entornando los ojos—. Cuéntame lo que le has contado a Wade.
—He oído un rumor sobre quién asaltó la joyería de tu hermano.
—Continúa.
—Era joyero también. Desde que abrió la de tu hermano, no ha conseguido sacar adelante el negocio. Decidió causar problemas, a ver a qué se debía tanto revuelo.
Arie respiró hondo para contener la rabia que había empezado a revolvérsele en el estómago, una rabia que amenazaba con subirle por la garganta y ahogarlo.
—¿Quién fue?
—Un hombre llamado Jenkins.
Jenkins. Arie conocía ese nombre. Se quedó quieto un momento, esperando a que la memoria le devolviera por fin aquel recuerdo insistente.
Se quedó inmóvil cuando por fin lo recordó.
Jenkins era el hombre que había empleado a Annabelle. El que la había tratado mal y al que ella y Juliet habían acabado robando.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
Young Paul se encogió de hombros.
—En su joyería, supongo.
Arie se contuvo ante la insolencia del tono del hombre, pero captó el leve gesto de advertencia de Wade con la cabeza y decidió no hacer más comentarios por el momento.
Tenía cosas mucho más importantes que hacer antes de volver a casa, al calor de su cama y a la mujer con la que pensaba disfrutar en ella.
—¿Y dónde está esa joyería? —preguntó entre dientes apretados. No debía de estar en St. Giles, o ya habría oído hablar de ella.
—En Seven Dials; en Little Earl Street, para ser exactos —dijo Young Paul, abriendo mucho los ojos al comprender cuál iba a ser el siguiente destino de Arie—. No irás a...
—No es asunto tuyo lo que haga a continuación, Paul —dijo Arie con tono glacial—. De eso ya me ocuparé yo.
Se levantó bruscamente antes de que Paul pudiera hacerle más preguntas.
—Creo que lo que Arie quiere decir es «gracias» —dijo Wade, lo que le valió una mirada de reproche por parte de Arie. Wade se limitó a esbozar una sonrisa burlona; era de las pocas personas a las que jamás había importado lo que Arie tuviera que decir de él.
Arie metió la mano en el bolsillo, sacó unas monedas y se las tendió a Young Paul.
—Con esto basta como agradecimiento —gruñó—. Que te vaya bien.
Salió del bar sin mirar atrás.
* * *
Arie permanecía frente a la joyería, recorriendo con la mirada la fachada y las joyas expuestas tras el escaparate.
Podría haberle dicho a ese tal Jenkins exactamente qué le pasaba a su tienda.
Necesitaba una limpieza, quitar el polvo, dejar los cristales tan relucientes que una persona pudiera mirar a través de ellos para ver lo que ofrecían.
Si así era el exterior del edificio, solo podía imaginar el aspecto que tendrían las joyas dentro.
Se acercó un poco más, esperando alguna señal de vida en el interior. No oyó nada procedente del local en sí, pero le llegó un ruido de arriba —un grito, tal vez—, y al alzar la vista distinguió una luz tenue a través de la ventana que tenía encima.
Arie se afianzó sobre los talones y se palpó la espalda, notando las armas que llevaba guardadas, por si le resultaban útiles.
Era muy consciente de que debería haberle pedido a Damien que lo acompañara en aquel pequeño recado, pero no había querido molestar a su hermano.
Para empezar, estaba harto de oírles a Damien y a Grace que, al parecer, se había aprovechado de las habilidades excepcionales de Damien; pero, además, sabía de sobra que Damien prefería pasar el tiempo con su esposa antes que ir haciendo los trabajos de Arie.
Ahora Arie tenía que encargarse él solo.
Rodeó el edificio hasta la parte trasera de la tienda y encontró la puerta de acceso abierta. Qué estupidez.
La empujó, ignoró la puerta que daba a la joyería propiamente dicha y empezó a subir las escaleras sin hacer ruido.
Arie se detuvo ante la puerta del piso de arriba, que estaba entreabierta, y la empujó apenas lo justo para ver el interior de la habitación, a fin de calcular con cuántos hombres tendría que vérselas.
Y por poco se le escapa un suspiro al comprobar lo fácil que iba a ser.
Un hombre dormía, o quizá estaba borracho, en una silla cerca de la puerta, mientras que otro estaba sentado en un rincón, copa en mano, dando un sorbo perezoso tras otro.
Había un tercer hombre al otro lado de la mesa, que parecía algo más despierto, aunque, si el semblante del bebedor le decía algo, era que su contrincante lo estaba dejando ganar a las cartas. Supuso que el bebedor era Jenkins.
Por lo que alcanzaba a ver, aquello no era una vivienda, sino un taller.
Arie entrecerró los ojos al fijarse en una pieza que reposaba sobre una mesa al otro lado de la habitación.
Annabelle había dicho que lo único robado era una pulsera que acababa de terminar.
No se la había descrito, pero, por lo que conocía de sus diseños, aquella era inconfundible.
Arie se preparó antes de abrir la puerta de un empellón, dándose cuenta en ese instante de que no tenía la menor idea de lo que iba a hacer una vez que tuviera su atención.
—¡Jenkins! —dijo con una voz que era mitad gruñido, mitad llamada, y el bebedor que jugaba a las cartas se puso en pie tambaleándose mientras buscaba la amenaza con la mirada. El otro hombre se levantó al instante y se llevó la mano al costado en busca de su pistola.
Pero Arie fue más rápido y contaba con la ventaja de la sorpresa. Su propia arma ya estaba alzada y apuntaba a Jenkins, el cabecilla del grupo.
—Yo que tú dejaría eso en el suelo —le espetó al segundo hombre.
—Déjala, Ballard —ordenó Jenkins, y Ballard vaciló un momento, mirando alternativamente a Arie y a Jenkins, antes de bajar el arma lentamente.
—Muy bien —gruñó—. ¿Qué significa esto?
Arie, pendiente del hombre dormido al otro lado de la habitación, se aseguró de que siguiera así antes de avanzar hacia Jenkins. No se detuvo hasta que la pistola se apoyó en la frente de Jenkins, y Arie curvó los labios en una sonrisa sombría.
—He venido a hacer una advertencia.
Jenkins tragó saliva, y se le movió la nuez al tragar.
—¿De parte de quién?
—De parte mía —respondió Arie con los labios tensos—. Entraste en una tienda donde no tenías ningún derecho a poner un pie. Y destrozaste la vivienda de alguien que está bajo mi protección.
Los ojos de Jenkins relampaguearon.
—Así que está bajo tu protección, ¿eh? —sonrió con suficiencia, y Arie le apretó la pistola contra la frente, sabiendo que le dejaría marca cuando la retirara.
—¿Has oído hablar alguna vez de Arie Hondros? —le preguntó Arie, y el hombre asintió de forma casi imperceptible.
—Puede ser.
—Si no quieres que sus hombres vuelvan aquí y te muestren con todo detalle lo que pasa cuando te metes con nosotros, en el futuro dejarás en paz a Annabelle Kennedy, ¿me entiendes?
—¿Y si no lo hago? —dijo Jenkins, y Arie no estaba del todo seguro de si era valiente o estúpido.
—Entonces, la próxima vez que pase por este establecimiento no será para hacer una advertencia.
—Puedes decirle a esa zorra…
Antes de que pudiera terminar, Arie echó el brazo izquierdo hacia atrás y lanzó el puño contra la nariz de Jenkins, que crujió de forma satisfactoria.
Arie sonrió y se giró, preparándose para vérselas con el amigo, cuando la puerta se abrió de nuevo, esta vez dejando paso a dos hombres con mucha más autoridad y nada contentos con la situación.
—¿Alguien quiere contarnos qué está pasando aquí? —preguntó uno, mientras Arie reconocía al otro y comprendía quiénes eran.
—Los de Bow Street —fue todo su saludo.
—Hondros —respondió el hombre al que Arie solo conocía como Drake. Astuto pero inexperto, ya había intentado atrapar a Arie antes y había fracasado siempre. Arie nunca dejaba pruebas suficientes—. ¿Quieres contarme qué haces aquí?
—Recuperar una joya para mi… para mi hermano y su esposa —dijo Arie, sin querer vincular a Annabelle con él de ninguna manera—. Jenkins, aquí presente, se la llevó la otra noche. Y de paso destrozó toda la vivienda encima de la joyería.
—¿La tienda que se llama Una joya por robar?
—Esa misma.
—Habíamos oído algo, aunque nadie presentó una denuncia formal.
Cosa que no harían, estando relacionados con Arie, que operaba más bien al margen de la ley.
—Nos llevaremos la joya y hablaremos con ellos. Mientras tanto, Jenkins se vendrá con nosotros hasta que determinemos si es culpable de robo o no.
—Puedo llevarme yo la joya.
—Déjanos hacer nuestro trabajo, Hondros —dijo Drake, clavándole una mirada que podía competir con la del propio Arie—. A no ser que quieras que nos involucremos más en tu línea de negocio.
Arie lo despachó con un gesto que esperaba que pareciera despreocupado.
—Haz lo que debas. Si necesitas algo, seguro que sabes dónde encontrarme.
—Ten por seguro que lo sé. ¡Y te sugiero que guardes esa pistola, a menos que quieras que te llevemos junto con Jenkins!
Arie odiaba que le ordenaran lo que tenía que hacer. Pero había ocasiones —como aquella— en que no le quedaba otra opción. Guardó la pistola en la pistolera, no sin antes lanzar una mirada elocuente a Jenkins y después a su amigo.
—No volverás a molestar a mis amigos, ¿verdad? —le preguntó Arie a Jenkins, que negó con la cabeza, sombrío, mientras se apretaba un trozo sucio de tela contra la sangre que le manaba de la nariz.
—¡Lárgate de aquí, Hondros, antes de que te lleve con ellos! —dijo el detective, y, tras una última mirada a la joya, Arie se dio la vuelta y salió de la habitación.
No estaba del todo satisfecho, pero, al menos, había defendido a Annabelle.
Lo que lo aterraba era lo perfecto que le había resultado hacerlo.